Arte y Letras

«La Visión», de Tom King y Gabriel Hernández Walta: viaje oscuro al sueño americano de un sintezoide

Los cómics de superhéroes existen en una contradicción constante. Por un lado, la mayor parte de ellos son aventuras más o menos ligeras que buscan que el lector se evada de la realidad a través de sus colores brillantes, historias grandiosas y enfrentamientos entre el bien y el mal. Sin embargo, cuando llega la hora de ganar premios y recibir el apoyo de la crítica siempre parece que terminan imponiéndose visiones mucho más oscuras y críticas, reconstrucciones del género destinadas a los lectores veteranos y más conscientes de las grietas que aparecen en un modelo de narración que, a simple vista, puede resultar sencillo y limitado. La Visión, sin ninguna duda, forma parte de ese segundo grupo de cómics, no solamente porque ha ganado casi todos los premios que se pueden ganar en la industria, sino porque realmente es una mirada crítica y compleja del universo Marvel en su conjunto, así como una reflexión de ese modo de vida americano que unimos a Superman y, por extensión, a todos los superhéroes.

La Visión es lo que siempre se ha venido llamando en el mundo del cómic americano una maxiserie. En román paladino: una colección que se concibe desde el principio como una obra cerrada y que suele moverse en una duración de doce números. Un año, unas doscientas ochenta y ocho páginas y, muy a menudo, un concepto más rompedor de lo habitual. Las maxiseries, como las miniseries, son a menudo los formatos elegidos para las obras que se sitúan por encima de la continuidad existente y pueden construir una narrativa independiente. No en vano, Watchmen era una maxiserie de doce números. En el mundo editorial actual, además, se trata de un formato muy querido por su sencillez para recopilarlo en un tomo fácilmente distribuible tras su venta en grapas.

Tom King, guionista de La Visión y uno de los más laureados escritores de la actualidad en el cómic de superhéroes, es un habitual de este formato. Sin duda, hay algo en esa extensión de doce números que le atrae y hace que casi todas sus grandes obras se adhieran a esa duración, ya sea por obligación o por propia decisión. Doce números duran sus Omega Men, Sheriff de Babilonia, Miracle Man y doce números tendrán sus Strange Adventures, su Batman/Catwoman o su Rorschach. Es cierto que en medio ha escrito ochenta y cinco números (que se dice pronto) de Batman y que ha trabajado en Grayson, la muy fresca reconstrucción de Nightwing que coguionizó junto a Tim Seeley en una colección que tuvo veinte entregas. Pero desde luego, Tom King no parece un guionista de series abiertas tanto como un autor de maxiseries, de historias cerradas que exploran diferentes aspectos de una continuidad mayor.

El poder de la continuidad

Si existe un valor importante en el mundo del cómic superheroico que funciona, a la vez, como una de sus grandes barreras de entrada, ese es la continuidad. De manera sencilla y funcional podríamos definirla como la construcción de un universo de ficción compartido entre diversas obras y que se extiende en el tiempo. O lo que es lo mismo: no es solamente que los Vengadores y la Patrulla X existan en el mismo universo, sino que lo sucedido en el número de una colección hace varios años es parte del pasado de todas las que comparten su misma continuidad.

Ya hemos dicho que, cuando funciona bien, es uno de los mayores atractivos de los cómics de superhéroes. Cuando un villano reaparece, un viejo aliado se une a la batalla o un antiguo descubrimiento se convierte en la clave de un nuevo misterio, al lector se le iluminan los ojos mientras goza del redescubrimiento. Su recuerdo da a todo el conjunto una apariencia de veracidad que es casi imposible de imitar cuando estamos tratando de sucesos entre personas con superpoderes incomprensibles para el común de los mortales. Cuando asistimos a una confrontación con una escala casi inasumible, la continuidad hace que todo nos resulte más aprehensible. Si uno de los héroes dice algo como «recuerdo cuando nos enfrentamos a este villano» y has leído y vivido ese enfrentamiento, la situación se vuelve más creíble. Pasa a formar parte de un continuo que conoces y que tiene una estructura interna.

No obstante, a veces esta herramienta aparentemente mágica se puede convertir en un problema gravísimo. En ocasiones la continuidad se ignora o se usa de manera errónea: ocurre cada vez que dos personajes se enfrentan y tú estás seguro de que la última vez que se encontraron acabaron siendo amigos. Otras veces la continuidad se convierte en una barrera para la comprensión de la narración: sucede cuando un elemento clave de la historia recibe todo su peso emocional de la confianza del autor en el conocimiento previo del lector, de su comprensión de la propia continuidad, y no a través de la información aportada por el propio relato. Por último, existen los múltiples reinicios de las continuidades, sus constantes ajustes, que provocan que el regreso de un personaje ausente unos cuantos años pueda tener lugar en una continuidad que en su caso resultará confusa, entorpeciendo la suspensión de la incredulidad del lector en lugar de reforzarla.

Todo lo anterior nos sirve para referirnos a uno de los principales valores de La Visión de Tom King y Gabriel Hernández Walta, que es su trabajo con la continuidad de uno de los personajes clásicos de Marvel. Visión, como no podía ser de otra manera, ha ido pasando por todo tipo de situaciones y sagas hasta llegar a configurarse como el superhéroe que todos identificamos a día de hoy: una Visión arquetípica que, en realidad, no parece adecuarse a ninguna de las que de verdad han existido durante su historia editorial. Todo aderezado, por si fuera poco, por la versión del personaje del Universo Cinematográfico Marvel.

Visión apareció por primera vez en el número 57 de Los Vengadores. Estamos hablando de un cómic que se publicó en octubre de 1968. Esto quiere decir que ha vivido más de medio siglo de aventuras y ha protagonizado sucesos que no solamente sirven para que los aficionados se diviertan recordándolos, sino que valen a los nuevos autores para construir su propia versión del personaje. En esa continuidad el personaje ha ido ganando humanidad, la ha perdido, se ha casado con la Bruja Escarlata, ha tenido dos hijos, ha sido desmontado, lo han reconstruido pero eliminando sus sentimientos, los ha recuperado, ha descubierto que sus hijos nunca existieron, ha sido destruido por Hulka, ha resucitado… En fin, que le ha pasado de todo. Y a todo ese pasado es al que acude Tom King para construir una narrativa nueva que funciona por sí misma, pero adquiere nuevas capas de significado para el que conoce los avatares de Visión desde hace años.

Si hay una crítica fácil que hacerle al guionista es la de que parece escribir siempre de lo mismo. Supongo que sigue a pies juntillas la teoría de que uno debe escribir de aquello que conoce, así que básicamente convierte todas sus narraciones en reflexiones sobre la vida de un americano de clase media, con familia y que seguramente haya tenido alguna relación con las agencias de seguridad o el ejército. Y es que Tom King, por si alguien no lo sabe, fue analista de la CIA. También es un americano de clase media que vive en Washington D.C. y tiene tres hijos. Así pues, uno desea que por fin escriba cosas diferentes, pero al mismo tiempo piensa que quizá su capacidad para sumergirse en la psicología de sus personajes y construir protagonistas realistas dentro de mundos tan increíbles se debe a que siempre habla un poco de sí mismo. Si perdiese eso, seguramente sus historias se resentirían.

En La Visión, el sintezoide (que es la manera de Marvel de decir androide y que parezca algo más raro) se convierte en un asesor del presidente de los Estados Unidos que vive en Cherrydale, un barrio de Arlington, Virginia. En un suburbio lleno de casas aparentemente idénticas y de familias aparentemente idílicas se ha establecido junto con su familia. Porque el androide ha decidido que quiere ser humano, así que necesita tener una familia. En realidad, no solamente quiere ser humano, sino que quiere ser un estadounidense de clase media que trabaja para el gobierno de los Estados Unidos. Conoceremos entonces a su esposa Virginia, su hijo Vin y su hija Viv en un uso y abuso de la v que, por cierto, resulta maravilloso.

Los traumas que han llevado a Visión a querer tener su propia familia vienen de los años ochenta, sobre todo de su segunda maxiserie. Ya hemos dicho que en estas a menudo se toman decisiones muy radicales. Fue en La Visión y la Bruja Escarlata donde conocimos a los hijos de ambos superhéroes y donde se estableció la identidad emocional del Visión de Tom King, poseedor de una idílica naturaleza a la que quiere volver sin conseguirlo. Su nueva familia no es más que un intento de ser normal para así recuperar lo que tuvo durante un tiempo con su añorada Bruja Escarlata.

A lo largo de la maxiserie pasaremos tiempo con la familia de Visión. Por sus páginas desfilarán también Victor Mancha, el Hombre Maravilla, Agatha Harkness… Todos ellos personajes que, por diferentes motivos, pueden considerarse muy cercanos a la familia Visión. Ya fuera porque se usaron sus ondas cerebrales para crearle, porque fueron creados por Ultrón (como el propio Visión), porque ayudaron a dar a luz a sus hijos… El universo de La Visión está lleno de personajes cuyo peso se nos explica en el texto, pero que solamente comprendemos de manera absoluta cuando ya los conocemos. Y cuando eso pasa es cuando la continuidad demuestra su poder.

El arte gráfico al servicio de la historia

Si hay algo que se debe aprender a lo largo de muchos años de lectura de cómics es a valorar el trabajo del dibujante. A menudo es fácil obsesionarse con los temas que introduce el guionista y su trabajo, convertirlo en el creador absoluto que ilumina la obra. Y es cierto que, a veces, es así: un buen guionista consigue crear una obra coherente en la que los dibujantes parecen colocarse siempre a su servicio. Pero incluso cuando esto sucede de la manera más evidente, el cómic es un trabajo colectivo en el que el dibujante no es un mero ejecutor, sino que corrige, magnifica y potencia el texto. Es el al menos un codirector (cuando no el director en solitario), el fotógrafo y el montador de la película que formaría el cómic. Dentro del ecosistema que crea el producto final, el dibujante es quien tiene más peso, debiendo convertir el guion en una realidad que luego acabarán de pulir el colorista y el rotulador.

En el caso de La Visión, la importancia de Gabriel Hernández Walta es mayor aún de lo habitual. El de Melilla es uno de los grandes talentos surgidos de España para el cómic internacional en los últimos años, un honor que comparte con artistas como David Aja, Carmen Carnero o Mikel Janín, por citar algunos. No contento con dibujar la maxiserie, también la entinta, dejando el color para Jordie Bellaire, que realiza un trabajo magistral.

La edición especial de La Visión publicada por Panini Cómics en España es una oportunidad de oro para acercarse al verdadero proceso de elaboración de un cómic como el que nos ocupa. Es cierto que quizá se eche en falta la existencia en el mercado de un recopilatorio que reúna el cómic original y permita tener una alternativa más barata al formato de lujo, pero a cambio el material adicional es abundante y muy interesante para conocer el proceso de creación de muchas de las páginas del tomo.

Nunca deberíamos dejar de maravillarnos frente a la creación de una página de un cómic. Ver el boceto, su conversión en algo conocido con el lápiz, su entintando y la aparición del color es algo casi mágico, que justifica en parte que gente como Alan Moore hable de que la creación artística es en sí misma un tipo de magia. Precisamente el de Northampton gusta de guiones muy detallados en los que trata de dar todas las indicaciones necesarias al artista para que el resultado final se parezca lo máximo posible a la idea que tiene en su cabeza. Frente a ese acercamiento, muchos otros guionistas, como Tom King en esta ocasión, optan por un guion mucho más esquemático con el que el dibujante gana en libertad, pudiendo aportar cada vez más a la historia.

Es, por supuesto, una obviedad, pero La Visión no podría existir sin el dibujo de Walta y el color de Bellaire, que construyen juntos un universo que resulta tan convencional como extraño. Los colores de la familia Visión y sus diseños envarados construyen el corazón emocional de los personajes tanto o más que sus palabras y sus actos. Es maravilloso, de hecho, que toda la familia Visión comparta una gestualidad propia que hace que se diferencie incluso de Víctor Mancha, el personaje que más cerca está de ella.

Cabe señalar que, como a veces sucede en los cómics americanos, Walta no pudo encargarse de los doce números, así que tenemos un dibujante invitado en el número siete de la colección. Michael Walsh, un artista al alza que se ha encargado de proyectos tan importantes como el Black Hammer/Liga de la Justicia: ¡El Martillo de la Justicia!. Su trabajo aquí es más que efectivo y cumple a la perfección, apoyado por el color de Bellaire para evitar que se rompa la unidad de la historia.

La depresión de la vida americana

La Visión no es un cómic de superhéroes al uso. No basa su narración en grandes luchas, en amenazas a la existencia del universo o en una especie de culebrón de gente con superpoderes y superpoblemas, aunque algo de esto último sí que hay. En esencia, se trata de una reflexión sobre la naturaleza humana y el lugar en el que esta se reposa: Visión cree que puede encontrarla en la creación de una familia con la que poder imitar el ideal de la familia estadounidense de clase alta. El resultado no es, por supuesto, el éxito que él espera. De su mano descubriremos que hasta en un paraíso preconfigurado existen las grietas y que la sombra del pasado es alargada y nos alcanza aunque tratemos de empezar de cero de la manera más radical.

El éxito de la maxiserie fue absoluto a nivel crítico. No se contentó con ganar en 2017 el premio Eisner a mejor serie del año y el de mejor colorista para Bellaire, sino que en 2019 ganó el de mejor reedición por el mismo tomo recopilatorio que tenemos disponible en España. No debería extrañarnos por varias razones: la primera es que La Visión es una maravilla de cómic, hasta el punto de que uno juguetea con la posibilidad de considerarlo una obra maestra; la segunda es que su mirada fría y gris del mundo superhéroico es muy del gusto de quienes se encargan de dar premios.

Porque cuando acabas de leer La Visión no lo haces con una sonrisa en la boca, sino con una sensación de agobio, incluso de tristeza. Lo que podía haber sido una bufonada, porque el punto de partida prometía una comedia de situación maravillosa, es en realidad una disección de la mentira inherente al sueño americano, ese modo de vida que se vende a la sociedad estadounidense y, por extensión, al resto del mundo. Una mirada idealizada que pinta familias perfectas en las que los problemas siempre son menores y se solucionan con una charla en torno a la mesa de la cocina, aunque los Visión no coman.

Frente a ese mundo de serie de televisión, de La tribu de los Brady o Aquellos maravillosos años, nos encontramos la América verdadera, en la que los Visión nunca podrán dejar de ser unos bichos raros a los que nadie quiere tener de vecinos. No es la América de las nuevas oportunidades, sino aquella en la que el pasado te persigue hasta encontrarte. Es un mundo de malas decisiones, malos actos, un mundo de errores y remordimientos.

Merece la pena emplear unas últimas líneas en comentar que, pese a todo, se intuye que en esta La Visión se encuentra la inspiración para la futura serie de Disney+ Wandavisión. Cualquiera que lea el cómic entenderá, sin embargo, que salvo sorpresa mayúscula el tratamiento de la historia seguramente será diferente, aunque solo sea porque el peso a la hora de desencadenar al acción parece corresponder a la Bruja Escarlata. ¿Estará Wandavisión a la altura del cómic? Aún falta mucho para saberlo, pero lo tiene muy complicado.

Ismael Rodríguez Gómez
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