Arte y Letras

«Star Wars» de Kieron Gillen: la verdadera guerra de las galaxias llega al cómic

El cómic siempre ha mantenido una fuerte relación simbiótica con el resto de las expresiones artísticas. Es algo que con los años no ha parado de fortalecerse, sobre todo gracias al triunfo del concepto de las franquicias multiplataforma; son transatlánticos culturales que lo mismo te producen un juego de consola que una película, un libro que una serie de televisión. Pocos son los que no acaban cayendo en el mundo del cómic, en un movimiento que ofrece resultados muy dispares en calidad, pero casi siempre interesantes para completar un muestrario de las diferencias narrativas y de concepto entre diferentes soportes.

Ya comentamos en el artículo dedicado al periplo de Jason Aaron por el universo de Star Wars que la franquicia espacial por excelencia, con el permiso de Star Trek, ha sido tradicionalmente una de las más exitosas en su traslado al noveno arte. Desde luego, así ha sido a nivel comercial; sin embargo, a nivel creativo la carrera ha estado más reñida y, el éxito, bastante más comedido. En su momento, muchos disfrutaron de sagas como Imperio oscuro, de la vertiente cómic de Sombras del Imperio o incluso de Imperio escarlata. En general, eran obras esencialmente derivativas, con poco nuevo que aportar y una cierta tendencia a llenar la galaxia de nuevos elegidos, personajes únicos que usaban la Fuerza y salían bien librados de cualquier problema. Podría hablarse de un síndrome Luke Skywalker cuyo mejor exponente sería Keyan Farlander.

Esto fue causando en los lectores un natural cansancio. Aquellas narraciones solían beber demasiado de la estructura del viaje del héroe que tan bien usara George Lucas en su primera trilogía. En cierto modo, es inevitable que la multiplicación de material tenga como consecuencia la aparición de mucho contenido mediocre, pero las aportaciones de Dark Horse a la galaxia parecían una mera sucesión de intentos de contar lo mismo una y otra vez.

Frente a esa apatía en la que los cómics de Star Wars parecían sumidos, el desembarco de Marvel en la franquicia nos trajo, por lo menos, una nueva esperanza. La idea de que los cómics de Star Wars pudiesen ser importantes y trascendentes, de vivir una edad de oro. ¿Se cumplió esa promesa? Como suele pasar, no fue para tanto, pero al menos hemos vivido algunos buenos momentos. La serie abierta dedicada a Poe Dameron y la primera miniserie de Lando, ambas de Charles Soule, son dos muy buenos ejemplos. También hemos caído bajo con las miniseries de Mace Windu o Chewbacca, claro. Pero, por encima de todo, a día de hoy el encuentro entre Marvel y La guerra de las galaxias nos ha dado la etapa de Kieron Gillen en la serie central de Star Wars.

La importancia de tener algo que contar

Kieron Gillen es un autor que se ha ido forjando un nombre en la industria del cómic sobre todo gracias a su trabajo en Marvel. A través de sus páginas, se ha paseado por la franquicia mutante, por Asgard en varias ocasiones o por los Jóvenes Vengadores. También tiene varias colecciones importantes en el terreno independiente como The Wicked + The Divine, Phonogram o esa maravilla que es Die, serie en plena publicación y que apunta muy alto. Su llegada al universo de Star Wars coincidió con el regreso del universo a Marvel, aunque se produjo de la mano de Darth Vader, una colección en la que se inició el arco argumental que después completará en Star Wars.

De hecho, desde el primer número de la colección dedicada al villano definitivo de la galaxia quedó claro que, si algo tenía Kieron Gillen, era una historia que contar. Su Darth Vader se centraba en las conspiraciones del Señor oscuro del Sith para mantener el favor del Emperador a cualquier precio mientras trataba de acumular poder para su intento de golpe de Estado en la todavía lejana El imperio contraataca (Star Wars: Episode V – The Empire Strikes Back, 1980). Gillen construye así una narración que hace de puente entre las dos primeras películas de la saga, lo que no le impide ir añadiendo nuevos elementos a la mitología mientras toca una y otra vez aspectos ya conocidos.

Entre los grandes logros de Gillen está, por ejemplo, el haber conseguido crear el primer y hasta ahora único personaje del nuevo canon que llegó a merecer su propia serie abierta. La Doctora Aphra ha tenido un éxito tal que su colección va ya por el segundo volumen y está cerca de alcanzar los cincuenta números, habiendo sido guionizada tras Gillen por Simon Spurrier y Alyssa Wong. Lo único que se acerca a este éxito fue la recuperación de Beilert Valance, un personaje que venía de la primera tanda de cómics de Star Wars en Marvel, allá por 1978. Un caso, por lo tanto, algo diferente.

Kieron Gillen nos trajo a la galaxia un cazarrecompensas wookie llamado Black Krrsantan, dos droides psicópatas conocidos como 0-0-0 y BT-1, el antiguo espía rebelde Eneb Rey, el inspector Thanoth, Cylo y sus creaciones… En su universo, siempre había lugar para nuevas aportaciones que no ignoraban los elementos previos del universo. Desde el principio, se trata de un trabajo ejemplar de ampliación del campo de batalla, de apertura de frentes en lugar de cierre sobre sí mismo. Es cierto que algunos de sus personajes más interesantes pueden perecer quizá antes de lo que querríamos; que otros han sido más o menos olvidados con posterioridad, pero Gillen ha dejado a su paso una galaxia más poblada que antes y con más elementos que explorar.

Shu-Torun, o la batalla de Gillen

Si somos estrictos, la etapa de Gillen en Star Wars debe contarse, como mínimo, junto al tercero de sus arcos argumentales en Darth Vader. Así, comprendería el primer anual de la colección del villano, los números 16 a 19 de la misma y los que van del 38 al 67 de la propia Star Wars. En total, son treinta y cinco números que cuentan un gran arco argumental en medio del que aparecen algunas historias de complemento para desarrollar algo más el universo.

La gran narración de la Star Wars del cómic parte del sometimiento definitivo del planeta de Shu-Torun por parte de Darth Vader, colocando en el trono a la joven reina Trios. Es, además, el centro de poder de un planeta importante por la abundancia de minerales muy valiosos para el Imperio en la construcción de la segunda Estrella de la Muerte. A partir de aquí, se irán produciendo una serie de sucesos que terminarán siendo claves para el devenir de la guerra entre la Rebelión y el Imperio.

 

En su desembarco en la colección principal, Gillen jugará al despiste a lo largo de su primer arco. Las cenizas de Jedha se empezó a publicar en formato grapa el 8 de noviembre de 2017. Habían pasado once meses desde el estreno de Rogue One: Una historia de Star Wars (Rogue One: A Star Wars Story, 2016) y volvíamos al planeta devastado por el Imperio para reencontrarnos, al mismo tiempo, con la nueva reina de Shu-Torun. Ahí ya podíamos intuir que las cosas habían cambiado con respecto al trabajo de Aaron. En lugar de anclarse en los mismos personajes de siempre, Gillen recuperaba a los partisanos de Saw Guerrera, dándonos más información acerca de ellos y de sus acciones al tiempo que construía una continuación, un mundo unificado entre las dos grandes colecciones de la galaxia sin necesidad de ningún tipo de cruce entre ambas. Bastaba con usar en una de ellas un personaje y un lugar que nos había presentado con anterioridad en la otra.

La construcción de la gran saga que nos quiere contar el estadounidense continúa con una historia ubicada en Mon Cala y que entronca perfectamente con lo sucedido en Clone Wars y Rebels, insistiendo en la construcción del universo canónico y preparando el gran giro de toda la colección, que llegaría en su número 50. La muerte de la esperanza se produciría a lo largo de los mejores seis números que nos ha dado el canon de Star Wars hasta este momento: seis números de una larga batalla espacial en la que todo está en el aire y en la que la inmunidad de guion de los personajes principales no resulta molesta en ningún momento, porque Gillen ha comprendido que las dimensiones del enfrentamiento pueden mostrarse a través de otros personajes que ya conocemos de la saga cinematográfica. Ello no resta trascendencia a lo sucedido ni emoción ante el devenir de la propia Rebelión.

En cierta manera, Gillen demuestra una comprensión absoluta de las mecánicas subyacentes en la narración de Lucas, con un recuerdo nada casual de la construcción de la primera trilogía. Estamos ante su propio El imperio contraataca, el momento en el que la historia se torna trágica y gana el peso necesario para que todo tenga sentido. Además, con el valor añadido de haber encontrado una historia de ese calado y lograr encajarla entre las dos primeras películas de la saga; allí donde muchos no son capaces de ver más allá de alguna aventura sin repercusiones reales, un divertimento para pasar el tiempo.

Tras el punto álgido, es de justicia reconocer que el final de la etapa de Gillen baja el pistón, aunque no por ello pierde interés. Nos encontraremos con un aparte dedicado a presentarnos a nuevos personajes y ahondar en la psicología de los que ya conocemos para luego lanzarnos de lleno a una traca final, con el enfrentamiento definitivo entre Trios y Leia. Un desenlace que tiene el problema de no alcanzar los picos de tensión que se lograron en la parte media de la trama.

Star Wars Kieron Gillen

Dos reinas y un destino

Merece la pena detenerse en el enfrentamiento que realmente articula la narración de Gillen. Apartándose de los conflictos más fáciles, sobre todo del que pondría en un lado del cuadrilátero a Luke Skywalker y en frente a Darth Vader, toda la historia se construye en torno a las figuras de Leia Organa y de la reina Trios. Dos mujeres fuertes que se enfrentan a una situación cuanto menos similar y, a la vez,  asumen una enorme responsabilidad sobre el futuro de todo un planeta.

Hemos hablado de la importancia de añadir material a lo existente, pero no menos trascendental es la capacidad de dar giros a lo ya conocido. En este marco debemos situar la profundización en la psicología de un personaje como el de Leia Organa, centrándose en su papel como líder de la Rebelión y huyendo de la mediatización de la gran pantalla. Frente a esa Leia guerrera, general del ejército rebelde, existe una nueva idea que potenciar: la Leia gobernante, la mujer preocupada por el resultado de sus acciones y atormentada por el destino de Alderaan se ha ido ganando un puesto en el canon.

Ya había mucho de eso en la serie limitada que le dedicaran Mark Waid y Terry Dodson, pero aquí Gillen encuentra un mecanismo narrativo perfecto para explorar las contradicciones existentes en la figura de Trios, una suerte de reflejo de Leia. Las decisiones que toma la reina de Shu-Torun se guían siempre por su amor a su planeta y a su gente. No es una villana sino de manera coyuntural, porque sabe que aunque pueda hacer cosas malvadas, al final su único objetivo es el bien de su pueblo.

Así, se nos muestra un conflicto que existe en la mera concepción del personaje de Leia Organa, pero que raras veces hemos percibido de manera clara. La princesa no es solamente una mujer fuerte, sino que porta la carga de haber sido causa de la muerte de millones de personas y la destrucción de su planeta, provocadas en gran medida por sus decisiones políticas. Cuando recrimina sus acciones a Trios se ve obligada a pensar qué hubiese hecho ella en su lugar y si hubiese actuado de manera diferente caso de saber el futuro que esperaba a Alderaan.

En una obra como Star Wars suele ser beneficioso que el conflicto de los personajes se presente tanto en el plano de las ideas como en el de los actos. Ahí se muestra una vez más como Gillen domina la situación, convirtiendo un enfrentamiento físico en la muestra tangible de un conflicto moral.

Una sociedad artística casi perfecta y sus repercusiones

Uno de los mayores placeres que puede tener un lector es la constancia de los equipos creativos. Esto suele ser difícil de mantener en las grandes colecciones, pero no imposible. Durante muchos números, pareció que la saga de Shu-Torun iba a lograrlo. De hecho, Kieron Gillen consiguió mantener a su lado a Salvador Larroca durante los veinticinco números de Darth Vader, logrando una unidad de contenido y continente agradable y que benefició a la obra.

En Star Wars consiguió que Larroca siguiera a su lado hasta el número 55, cuando terminó su obra magna. El valenciano hizo en todo momento gala de un trabajo gráfico que buscaba en los personajes imitar la apariencia de los actores, algo sin duda requerido por las altas instancias de la editorial. Quizá por ello brillaba mucho más con la libertad de las batallas espaciales y los diferentes escenarios de la lejana galaxia.

En su debe podemos apuntar el estatismo que muchas veces acusa cuando los rostros toman el protagonismo, construyendo algunas viñetas que parecen más bien fotogramas tomados azarosamente de una película. No obstante, esto se ve compensado de sobra con una capacidad casi inagotable para situarnos en el terreno de la imaginación y en el espacio exterior, entre cazas espaciales, grandes naves y cuevas aparentemente sin fin. El trabajo de Larroca resulta en todo momento ejemplar para una franquicia como Star Wars, algo que explica que haya sido el elegido por Marvel para recuperar la serie de Alien, todavía sin publicar en el momento en que se escribe este artículo.

Tras su partida, la serie quedará en manos de Andrea Broccardo y Ángel Unzueta. El español será el dibujante principal, no solo al haberse encargado de nueve números frente a los tres del italiano, sino también por dibujar las entregas centrales de los dos arcos argumentales en los que trabajará, dejando que Broccardo se encargue de los números de transición.

Unzueta ya venía de trabajar en Poe Dameron, además de haberse encargado en su momento del primer anual de Star Wars. Su elección se antoja un acierto mayúsculo, puesto que su labor en la serie entronca perfectamente con el estilo de Larroca y, ayudado por el color de Guru-eFX, consigue que la serie mantenga una identidad visual que nos permite hablar de una sola etapa frente a los bandazos que habíamos sufrido en el aspecto gráfico con Aaron a los mandos del guion.

El trabajo bien hecho

Pocas noticias pudieron doler tanto al aficionado como la de que Kieron Gillen abandonaba la colección de Star Wars. A pesar de ello, visto con perspectiva, debemos incluso alegrarnos gracias a la sinceridad del americano. En su momento, lo anunció por medio de su propio boletín, World Mail. En él, dijo que ya había contado todo lo que quería contar sobre los personajes, al menos en el periodo temporal en el que tenía lugar la serie.

A la hora de enfrentarse a una franquicia como Star Wars no va a existir, al igual que en cualquier otra actividad creativa, una sola manera de hacerlo bien. Sin embargo, generalmente podemos pensar en dos posibilidades: una sería la de ir contando diferentes historias sueltas que vayan dando color al universo y que se conviertan en aventuras desconectadas que vayan construyendo su propio mundo. En esa línea podríamos acordarnos de las viejas series de televisión con historias inconexas, pero muy efectivas en su momento. Otra manera de enfocar la creación sería construir tu propia gran saga, tu propia historia para narrarla en varias entregas. El peligro aquí es acabar encontrándote con que tu narración palidece ante el original. A cambio, la gloria aguarda a quien consiga hacerse un hueco en el canon del universo para el que estás escribiendo. Ahí es donde hace falta un objetivo claro, una idea rectora que lo guíe todo. Ahí es donde triunfa Kieron Gillen.

Los recelos ante las obras de franquicia son, por supuesto, comprensibles. Normalmente, son incluso adecuados. También resulta lógico que el recelo se exacerbe si el encargado de realizar la obra es un gran estudio, ya sea en el cómic o en el cine. Pero a veces los prejuicios son solamente eso, ideas preconcebidas sin arraigo en la realidad y que debemos abandonar. La vuelta de Star Wars a los cómics es una buena muestra de cómo en medio de unos trabajos de calidad desigual pueden esconderse joyas absolutas como la etapa de Kieron Gillen. Solamente por eso ya merece la pena que se realizaran muchos otros cómics que no alcanzaron su brillantez,. Al final, algunos los olvidaremos; pero las grandes obras viven con nosotros para siempre.

Ismael Rodríguez Gómez

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