De arcabucero castellano a capitán maya: Gonzalo Guerrero

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Traidor, renegado, infiel, padre de mestizos, excomulgado e impuro a ojos de sus compatriotas; pero jefe, amante padre y protector del pueblo que lo capturó para los indios del Yucatán; arcabucero durante la conquista de Granada, embarcado a América y náufrago tomado esclavo por los Tutul Xiúes. Cuando años después una expedición española llegó para conquistar el territorio, se encontró con un anciano indio blanco, barbudo musculado, con la piel bronceada y tatuada, capitán de los mayas, gran estratega militar, que negándose a rendir a sus hijos, esposa, nuevos hermanos y dioses, se enfrentó al invasor europeo.

«Hermano Aguilar, yo soy casado y tengo tres hijos, y tiénenme por cacique y capitán cuando hay guerras. Id vos con Dios, que yo tengo tatuada la cara y perforadas las orejas, y viendo estos mis hijitos cuán hermosos son, sabréis que ahora este es mi lugar»

A principio del siglo XVI Vasco Núñez de Balboa acaba de fundar Santa María la antigua del Darién, la primera ciudad española duradera en continente americano, en el istmo de Panamá: Colón ya había establecido fortificaciones en las breves Belén o Santa cruz, extintas en ese momento y la corona necesitaba hallar un lugar seguro en donde prosperar. Balboa llegó a la región y aplacó a los indígenas de la zona para inmediatamente fundar un cabildo y ser elegido el primer alcalde del primer pueblo continental en América. Tras establecer relaciones con los caciques indios prohibió que fueran esclavizados, compartió con ellos la cría del primer animal importado para tal razón, el cerdo, y con su colaboración convirtió a los soldados en agricultores de maíz y yuca.

En 1511 Balboa manda una expedición de retorno a Cuba pero, a medio camino, esta se encuentra con una gran tormenta que le hace naufragar. Su capitán, Juan de Valdivia, «en la misma carabela en que había venido e ido, se hundió con su oro y con sus naves en unos bajos o peñas que están cerca o junto a la Isla de Jamaica, que se llaman las Víboras». Dos mujeres y dieciocho hombres consiguieron subir a un batel, una embarcación aún más pequeña que un bote, y arrastrados por la corriente llegar a las costas del Yucatán.

Nada más saltar de la barca fueron atacados por los indígenas y muertos casi todos, solo sobrevivieron tres: uno al que le hundieron el cráneo con una especie de porra que «quedó como tonto; nunca quiso estar en poblado, y de noche venía por la comida a las casas de los indios, los cuales no le hacían mal, porque tenían entendido que sus dioses le habían curado, paresciéndoles que herida tan espantosa no podía curarse sino por mano de alguno de sus dioses. Holgábanse con él, porque era gracioso y sin perjuicio vivió en esta vida tres años hasta que murió»; otro que era Gerónimo de Aguilar, fraile franciscano, sevillano, que sería el único que volvería a la cristiandad para narrar y escribir la vida y memoria del tercer superviviente, Gonzalo Guerrero, que años después, y al contrario que el clérigo, rechazaría ser rescatado por Hernán Cortés.

Ilustración de Carlos Rivaherrera

Esclavo que ve un nuevo mundo

Gonzalo Guerrero nació en algún lugar de la provincia de Huelva cerca de 1470. Era arcabucero del ejército de Castilla y estuvo presente cuando Boabdil rindió Granada a los Reyes Católicos. Siguió al Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba hasta Nápoles, pero no era caballero ni hidalgo, ni hijo legítimo o bastardo de ninguno, por eso se sabe tan poco de su origen o su trayectoria militar: un arcabucero era un simple soldado ligero armado de un arcabuz, lo único que le diferenciaría de otro soldado armado de espada, porra o hacha; un arcabucero, en esos tiempos, ni tan siquiera disponía de un caballo, su título lo ganaba por el manejo de esa primitiva arma, antecesora del mosquete, ineficaz a más de cuarenta metros, letal a menos de veinte. Así combatió en la primera Guerra Italiana contra Francia por reconquistar los santos lugares, para después ir a América con Diego de Nicuesa y ayudarle a tomar posesión, en 1510, de la gobernación de Veragua, en Centroamérica.

No hay más datos sobre la vida de Gonzalo Guerrero en el viejo mundo: se estima que no dejó esposa ni hijos en España, dada la juventud con que se unió al ejército. En la península, en su supuesta Huelva natal, ningún familiar pidió nunca informe de él, nadie reclamó ni litigó herencia a su nombre. Como tantos hijos de nadie, ni registro de bautismo tendría, pues probablemente su familia fuera demasiado pobre como para pagar la voluntad que la escribanía eclesiástica exigía.

Aguilar, fraile, había recibido en España las órdenes menores cuando se embarcó con Valdivia en la conquista de Panamá. Tenía tan solo veinte años cuando naufragó y, a pesar de su juventud, siempre fue fiel a su creencia cristiana. Tal vez por eso siempre fue esclavo vigilado, sin ningún privilegio, al contrario que su compañero Guerrero, que supo adaptarse a las circunstancias. Cuando Hernán Cortés se interesó por la suerte de unos cristianos atrapados entre indios, mandó cartas y negociadores a rescatarlos, pero Gonzalo Guerrero se negó a irse: había encontrado su casa, su hogar, su lugar en el mundo.

Ser liberado sería volver a ser esclavo

Cortés había llegado a Cuba en 1511 para participar en la conquista dirigida por Diego de Velazquez, que fue gobernador de la Isla y que lo nombró alcalde de Santiago de Cuba, hasta que fue encarcelado por conspirar contra su señor. Liberado, se casó con la cuñada del gobernador y, para quitárselo de en medio, este le mandó organizar una avanzadilla para explorar el Yucatán, creyendo que no sería capaz de reunir dos docenas de tripulantes; pero Hernán, que era querido entre las gentes y gozaba de elocuencia y dotes de persuasión, reclutó a seiscientos voluntarios para la expedición. Sabiendo que sería cesado de su cargo dado su éxito inusitado, escapó de Cuba para abastecer a sus once naves en Trinidad. Llegó a Cozumel, isla frente al actual estado mexicano de Quintana Roo, donde tras negociar con los nativos supo de la existencia de un par de indios barbudos, como los españoles, que habitaban las costas de Chetumal: «Desta familiar comunicación con los indios, dice el cronista Herrera, resultó que algunos dieron á entender que cerca de aquella Isla en Tierra firme de Yucatan, había hombres semejantes á los españoles con barbas, y que no eran naturales deste reino, con que tuvo ocasión Hernando Cortés de buscarlos». Sabiendo esto, y la importancia que en sus planes podría tener la existencia de españoles entre los indios que conocieran su idioma y costumbres, fue en su búsqueda a la costa.

«Mandó el general llamar á los caciques, y por lengua del indio Melchor (que ya sabia algún poco de la castellana, y la de Cozumel -Cuzamil- es la misma que la de Yucatan) se les preguntó si tenían noticia de ellos. Todos en una conformidad respondieron, que habían conocido unos españoles en esta tierra, y daban señas dellos, diciendo que unos caciques los tenían por esclavos, y que los indios mercaderes de aquella Isla los habían hablado pocos días había, que estarían de distancia la tierra adentro, andadura y camino de dos soles».

Cuando el fraile esclavo recibió carta de Cortés, ni tan siquiera se atrevió a leerla si no era con permiso de su amo. Cuando, tras traducción, se la leyeron, este dio permiso al cristiano para irse, regalando además algunos esclavos con él, pues «solicitaba la amistad, así, de hombres tan valerosos como los españoles». Como contara Bernal Díaz del Castillo, «grande fue el alegría de los españoles con esta nueva, y así les dijo Hernán Cortés á los caciques que con cartas, que les daría para ellos se los enviasen á buscar. A los que señalaron los caciques (para ir, halagó) y dio unas camisas y cuentas, prometiendo darles más cuando volviesen. Los caciques dijeron al general, enviase con los mensajeros rescate para dar a los amos, cuyos esclavos eran, para que los dejasen venir, y así se les dio de todo género de cuentas y otras cosas, y se dispusieron los dos navíos menores con veinte ballesteros y escopeteros, por su capitán Diego de Ordaz. Dióles orden el general que estuviesen en la costa de Punta de Cotóch aguardando ocho días con el navío mayor, y que con el menor se le viniese á dar cuenta de lo que hacían. Dispusose todo, y la carta que el general Cortés dio á los indios, para que llevasen á los españoles, decía así: Señores y hermanos, aquí en Cozumel he sabido, que estais en poder de un cacique detenidos. Yo os pido por merced, que luego es vengais aquí á Cozumel, que para ello envió un navío con soldados, si los hubieredes menester, y rescate para dar á esos indios con quien estáis, y lleva el navío de plaza ocho días para os aguardar. Veníos con toda brevedad: de mi sereis bien mirados, y aprovechados. Yo quedo aquí en esta isla con quinientos soldados y once navíos. En ellos voy mediante Dios la vía de un pueblo que se dice Tabasco ó Potonchán».

Gerónimo de Aguilar, con permiso de su amo, con licencia para volver a la cristiandad y extrañado de que su compañero Guerrero no hubiera aparecido aún, fue en su busca para interesarse por su sino, y tal vez interceder. Se encontró con que Gonzalo Guerrero no solo había recibido, como él, la misiva de Cortés, sino que la había rechazado: «Hermano Aguilar, yo soy casado y tengo tres hijos. Tienenme por cacique y capitán, cuando hay guerras, la cara tengo labrada, y horadadas las orejas que dirán de mi esos españoles, si me ven ir de este modo? Idos vos con Dios, que ya véis que estos mis hijitos son bonitos, y dadme por vida vuestra de esas cuentas verdes que traéis, para darles, y diré, que mis hermanos me las envían de mi tierra».

Gonzalo Guerrero había pasado de esclavo desahuciado y naufragado a ser padre de familia y estratega militar entre su nuevo pueblo, alguien respetado y considerado a pesar de su barba. Los salvajes, en pocos años, le habían dado más reconocimiento y bienestar que su famélica castilla en toda la vida. Tenía la cara tatuada, escarificada, y las orejas perforadas. El cabello largo trenzaba su espalda y una piel en torno a la cintura, justa para tapar las cristianas vergüenzas, era su vestimenta: «De su natural color era moreno, venía tresquilado como un indio esclavo, traía un remo al hombro, una ruin manta, sus partes verendas cubiertas con un paño á modo de braguero, que los indios usan y llaman puyut, y en la manta un bulto, que después se vio eran horas muy viejas, y con este arreo llegó». Y tras parlamentar, con su familia india volvió.

La integración os hará libres

Tras el naufragio, Gonzalo Guerrero había sido hecho prisionero por H’Kin Cutz, cacique de Xamancaan. Mientras que Gerónimo de Aguilar tenía su religión para aferrarse, su misión en esa tierra lejana, Guerrero, que pertenecía a otra clase de hombres, solo entendía la supervivencia como razón. Venía de una tierra cristiana, cierto, con otra cultura y costumbres a ojos de la historia, pero tal vez las condiciones de vida en un territorio como el de Yucatán, a pesar de la diferente orografía, no difirieran tanto de sus orígenes; imaginen que, si excluyéramos la lengua y la tecnología, la vestimenta y la forma de las construcciones, la motivación para vivir tanto de un europeo como de un indígena americano sería similar: sobrevivir, conseguir excedentes, criar hijos sanos y llegar a la vejez con ahorros suficientes para calentar el estómago en invierno. Guerrero probablemente se resignó pronto a la imposibilidad de su vuelta a España y fue capaz de adaptarse, con sobresaliente nota, al destino que le tocaría vivir.

Los yucatecos hacían ofrendas a los aluxes, suerte de duendes que cuidaban (o destruían) las cosechas. Manufacturaban figurillas que colocaban en lugar destacado y consagrado de sus tierras, y prohibían que fueran mancilladas. ¿Qué gran diferencia habría entre esta costumbre «pagana» y la de la tradición de San Juan, o las honras a la virgen de cada región para celebrar la cosecha? Tenían un dios llamado Itzamna, creador del universo, que a la vez encarnaba el cosmos y también era deidad del sol; creían en Bacaabs, especie de ángeles que sostenían el firmamento; así como en otros encargados de la lluvia y las tormentas e incluso temían a un señor del inframundo. ¿Qué tan distinta sería esta cosmogonía, compartida a la luz de la hoguera, de la instruida en latín en un templo, de espaldas a los feligreses? Al final, lo que este pueblo deseaba era alimentar a su familia, vivir en un lugar protegido, alejar la enfermedad y ver crecer a su descendencia. Para proteger esto, como cualquier otra cultura en cualquier lugar del mundo y de la historia, estarían dispuestos a combatir cualquier amenaza que quisiera arrebatarles esta paz, fuera vecina o trasatlántica. Y a estas costumbres, primitivas a ojos del conquistador, Gonzalo Guerrero se adaptó pronto.

Cuando hablamos de esclavos o prisioneros, en este entorno americano, debemos desprendernos de la imagen de encadenado o encarcelado de la cultura europea. Un esclavo, prisionero o sirviente vendría a ser lo mismo en estos lugares: no estaría encadenado, pues no tendría a donde huir; podría moverse por el poblado, ya que estaría obligado a realizar tareas para subsistir; y debería servir a la familia que lo poseyera, servidumbre no tan distinta de la feudal. Probablemente así, de ser esclavo, la vida entre indios habría sido más venturosa que la de entre católicos. Tendemos a subestimar a las culturas precolombinas, a deshumanizarlas como pretendieron los evangelizadores del nuevo mundo, pero estos pueblos no eran tan diferentes de lo que pocos siglos antes habían sido los habitantes de los territorios ahora cristianos.

Gonzalo Guerrero, entonces, tuvo que ganarse la confianza de su nueva gente: primero acometió las tareas más brutas y pesadas, bajo férrea vigilancia, para paulatinamente ir aprendiendo a realizar otras laboras más técnicas o dedicadas, integrarse, conocer el idioma y las costumbres. El punto de inflexión, lo que diferenció su vivencia de la de su compañero fraile, fue que cuando su poblado fue atacado por una tribu enemiga, en vez de mantenerse al margen intervino determinantemente en su defensa. Fue esta acción la que le hizo ganarse el derecho a deambular libremente y establecer su hogar.

 

Y por libre elección, general maya

Guerrero, siendo ya considerado un igual, comenzó a destacar por sus conocimientos en la crianza de animales domésticos y su destreza con las armas. Consiguió así con el paso de los años obtener una posición destacada dentro de su pueblo adoptivo, hasta contraer matrimonio con la hija de Na Chan Can, el cacique de Chetumal. Cuando en 1519, tras ocho años entre nativos, recibió la misiva de Hernán Cortés, la rechazó porque en ese periodo había obtenido más paz, reconocimiento y recompensa que en toda su anterior vida entre cristianos. Supo en ese momento, además, que la llegada de los españoles no sería anecdótica, por efímera, pues no se conformarían con establecer diplomacias: volverían para conquistar el territorio. Su paraíso estaba amenazado.

Empezó a instruir a los indios en el manejo de las armas, en las técnicas de estrategia de la guerra, compartiendo sus dotes militares. Les enseñó a construir fuertes, trincheras y baluartes, los disciplinó y entrenó con la convicción de que la defensa llegaría a ser necesaria, de que se avecinaba una batalla entre dos mundos. Ocho años después su suposición se volvería certeza, la expedición extranjera llegaría para someter el territorio, conquistarlo, pero se encontraría con una inesperada resistencia.

En 1526, el emperador Carlos V nombra a Francisco de Montejo «adelantado, gobernador y capitán general del Yucatán», lo que necesariamente implicaba la invasión de la península. Cuando, un año después de partir de San Lucar, llega a Chakan Putum, sus cuatro naves y quinientos ochenta soldados son rechazados impecablemente por las fuerzas instruidas por Gonzalo Guerrero.

En 1531 Alonso Dávila regresa a la región: la red de espías que estableció mientras fuera alcalde de México le informa de la ubicación en Chetumal del que ya se conoce como «Renegado», traidor culpable de que las avanzadillas españolas sean una vez tras otra rechazadas. A estas alturas Gonzalo Guerrero ya había organizado una guerra de guerrillas (aprovechándose de su conocimiento del terreno), que eran capaces de establecer fuertes combates y proteger las cabezas de playa de la región, impidiendo el desembarco de los conquistadores; y el capitán Dávila entiende que para poder llevar a cabo su misión debe eliminarlo. Cuando llegan al poblado, se encuentran a este abandonado, yermo, con los pozos de agua envenenados. Junto con la desolación llega el rumor, además, de que el renegado había fallecido de muerte natural, bulo difundido por el propio Gonzalo, con el que logra desalentar la ocupación y salvar el territorio, un triunfo a sus ojos.

Mas al final, aunque más tarde, la muerte alcanza

En 1536 Guerrero tiene sesenta y seis años, lo que le convertiría en un anciano en la España de la época y en un prodigio de longevidad entre los indios. Lleva veinticinco años integrado entre los mayas, es abuelo y señor, jefe de su pueblo, y con honor enfrentará su última batalla para morir con la gloria únicamente destinada a los héroes. Al sur de sus dominios, en lo que hoy es tierra hondureña, acude con cincuenta canoas para ayudar a su vecino y cacique Ticamaya, acorralado por las tropas de Lorenzo de Godoy. A orillas del río Ulúa se enfrenta al enemigo, enérgico y determinante a pesar de su edad y de la saeta que asoma clavada en su estómago, cuando se topa con un arcabuzazo en pecho. Alcanzan los suyos a arrastrarlo a refugio tras unas palmeras, donde exhalando sus últimos hálitos, insta a unos pocos al cuidado de su familia y al millar restante a combatir hasta la muerte.

Será así el fin de este tan bien apellidado Guerrero, que como tantos otros olvidados jamás volvió a ser nombrado entre los españoles. Dicen, y esto ya entra en el terreno de la leyenda, que los indios que tanto lo amaron, antes de ser derrotados tras la muerte de su general, antes de dejar que su cuerpo fuera objeto de venganza o profanación, lo dejaron ir corriente abajo; que por un momento ambos ejércitos interrumpieron el combate para ver flotar el cuerpo bronceado, musculado, de aquel honorable anciano indio blanco; que respetuosamente, antes de seguir matándose, lo vieron desaparecer a lo lejos más allá de la desembocadura hacia el Océano, aquel de donde vino. «Y andaba este español, el que dicen que destruyó al adelantado Montejo, que fue muerto defunto labrado el cuerpo y en hábito de indio».

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