Miss Hokusai de Hinako Sugiura, viajando al Japón del periodo Edo de la mano de la pintura

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Resulta fácil entender por qué los comentarios en torno a Miss Hokusai se centran en su recuperación de la figura de Katsushika Oei, la tercera hija de uno de los principales pintores del periodo Edo, cuya figura artística se vio empequeñecida por dos aspectos de los que nunca pudo escapar: ser mujer y ser hija de Hokusai. Pero esa necesaria recuperación de la figura de Oei puede ocultar el verdadero valor de un manga que funciona en coordenadas muy alejadas de la mera biografía y que consigue ir pintando un fresco fascinante del principio del siglo XIX en Japón.

 Tengo que reconocer que mi conocimiento del mundo del manga no es en absoluto destacable. Sus series más largas y populares no suelen despertar mi interés y cuando termino decidiéndome por un acercamiento al cómic japonés, acabo en manos del Lobo solitario y su cachorro de Kazuo Koike y Goseki Kojima o de La espada del inmortal de Hiroaki Samura. Ambas coinciden en ser obras que alcanzaron un gran éxito fuera de Japón, sin duda impulsadas por un argumento y un dibujo muy del gusto occidental. Por eso, al acercarme a una obra como Miss Hokusai debo empezar por admitir que el contexto en el que se produjo su edición me resulta totalmente desconocido.

Esa lejanía con la génesis de la obra trae consigo, también, una absoluta falta de condicionantes previos. En ese sentido es refrescante poder enfrentarse a un cómic sin apenas referencias directas a las que poder asirse. En ese momento es difícil que los juegos del metalenguaje te traicionen y que desarrolles un aprecio o un antagonismo irracional basados en lo que te recuerda la obra, en lugar de juzgarla por sí misma. Y, por suerte, Miss Hokusai es un manga perfecto para que cualquier aficionado al cómic en general se acerque a la producción japonesa.

Entre autoras anda el juego

Si la historia de Miss Hokusai sirve en parte como reivindicación de la figura de Oei, lo más cercano a una protagonista que tiene la narración, lo cierto es que es la obra en sí debería servirnos como plataforma para recuperar a su autora, Hinako Sugiura.

Habiendo crecido en el seno de una familia de mercaderes de kimonos, Hinako Sugiura (nacida como Junko Suzuki) abandonó sus estudios de diseño en la Universidad de Nihon para dedicarse al estudio del periodo Edo y acabar en el mundo del manga. Desde los veintidós a los treinta y cinco años fue una autora de éxito y notable popularidad, pero en 1993 abandonó el mundo del cómic para volver a sumergirse en la historia del periodo Edo. Acabó siendo una celebridad en Japón gracias a sus apariciones en el programa Comedy: O-Edo de Gozaru, en las que hablaba de las tradiciones y las costumbres de la época.

Cuando dejó el programa dijo que quería dedicarse a un sueño que había tenido toda su vida: un crucero alrededor del mundo. La realidad es que sufría un cáncer de garganta que acabó con su vida poco después. Cuando falleció, el veintidós de julio de 2005, hacía doce años que había dejado los cómics y dieciocho desde que había acabado la publicación de Sarusuberi, el título original de Miss Hakusai.

Desde luego, su vida no se pareció en nada a la de Oei, puesto que pudo disfrutar del éxito y su nombre apareció destacado junto a sus obras; no obstante, es difícil no ver en ella un lejano recuerdo de su personaje protagonista. En su obra, Oei no parece precisamente una artista arrebatada por su trabajo, sino más bien alguien que se ve arrastrada al mundo que la rodea por el destino. A diferencia de su padre, Oei no es una artista de genio, sino que basa su éxito en la dedicación y el trabajo. Tal vez al leerla estemos ante un estudio de Hinako Sugiura acerca de su propia relación con el manga, un medio para el que indudablemente estaba muy bien dotada, pero que evidentemente no la llenaba tanto como a muchos de los autores que debían rodearla.

El periodo Edo llevado a las viñetas

Hemos empezado este artículo señalando que es comprensible centrarse en la figura de Oei para hablar de Miss Hokusai. Pero también debemos subrayar que sería un error monumental quedarse en ese aspecto. Estamos ante una obra coral y aparentemente abierta, donde los personajes entran y salen de una escena sin aparente continuidad en que lo importante es crear una auténtica sensación de lugar, relatar un momento más que una vida concreta.

El periodo Edo japonés se extendió desde 1603 a 1868. El momento elegido por la autora para contar su historia se sitúa, sin embargo, cerca del final del mismo, en 1814. El lugar escogido es la entonces capital, llamada Edo y actualmente conocida como Tokio. Es un momento en el que los autores de las ilustraciones llamadas ukiyo-e florecieron y triunfaron. Precisamente uno de los últimos grandes maestros de la época fue Hokusai, padre de nuestra protagonista nominal y realmente tan protagonista como ella misma. Junto a la pareja de padre e hija nos encontramos con la figura de Zenjiro Ikeda, un gorrón y aspirante a pintor que terminaría convertido en Keisai Eisen, un maestro del ukiyo-e por méritos propios.

De la mano de estos tres personajes y de aquellos que les rodean, iremos conociendo el fascinante mundo de un Edo ya decadente y caótico, una gran urbe en la que se sucedían las tabernas, los burdeles y los festivales; en el que un pintor podía presentarse frente al shogun buscando sorprenderle con la más peregrina de las ideas y los dibujantes eran auténticas estrellas que llegaban a crear un universo propio y paralelo al de unas clases burguesas que los alimentaban con su dinero pero no llegaban a asimilarlos dentro de su clase social.

En este sentido, la elección de los protagonistas es perfecta. Hokusai y su hija malviven con lo que ganan de sus dibujos, mientras a su alrededor su hogar se va destruyendo hasta que tienen que buscar uno nuevo. Viven al día y disfrutan de la vida, discuten y dan esquinazo a sus empleadores. En un momento dado, Oei acude a ver su madre y esta se preocupa por el estado económico de su hija, pero ella le aclara que no están tan mal: después de todo, ahora tienen un perro y un gorrón. Ese es el espíritu que nos transmite Hinako Sugiura y que nos permite empatizar con los protagonistas, un trío de pintores disfuncional pero que consigue ir tirando.

En cualquier caso, esa visión del lado más canalla del periodo no impide la aparición de pasajes tremendamente poéticos. Lo mejor del trabajo de la autora, sin embargo, es su capacidad para que estos se vayan imbricando en la historia. La aparente frialdad de Oei, la extraña languidez de su padre y la hiperactividad etílica y festiva de Zenjiro, sirven para ir relatando diferentes acercamientos al mundo que van dejando momentos de introspección que funcionan precisamente al nacer de los mismos personajes y no ser algo impuesto.

Reivindicando la figura femenina en papel y pantalla

No debería resultar muy aventurado suponer que en la publicación en España de Miss Hokusai en este 2018 por parte de Ponent Mon (en una edición impecable, por cierto) haya tenido algo que ver la realización, hace tres años, de una película de animación japonesa, vulgo anime, adaptando el material original que además contó con un notable éxito de crítica, hasta el punto de ser ganadora del premio a mejor largometraje de animación en Sitges en el 2015. La película, sin embargo, puede haber causado también una interpretación más limitada del manga.

El cineasta Keiichi Hara encontró en Oei el centro de su película. Esto hizo que el interés se desviara y la presentación del periodo Edo pasara a un segundo plano. De ahí que se trate de dar un mayor empaque emocional a la protagonista, que se cambie el orden en el que se suceden algunos de los episodios que aparecen en el manga y que haga su aparición durante buena parte del metraje una hermana menor de Oei que en el manga no hace acto de aparición hasta casi el final de este. Convertida aquí en la motivación principal de la protagonista, la figura de O-Nao es uno de los peores aspectos de la película debido a que sus apariciones hacen que se caiga en el melodrama más convencional y se pierdan los ocasionales aciertos en la adaptación de las pequeñas anécdotas sacadas del cómic.

Siendo la Oei del cómic menos protagonista que la de la película, resulta, a pesar de ello, un personaje mejor construido y más complejo que el que nos presenta la cinta. La Oei de Hinako Sugiura es muy parecida a su padre y comparte con este gran parte de su personalidad, pero en ningún momento se convierte en un mero reflejo de su progenitor ni en una figura que responda al tópico de lo femenino. Oei es una mujer segura de sí misma en lo referente a su trabajo, descuidada para con su hogar, dada a momentos de introspección, irónica, acomplejada por su físico excesivamente aniñado, con claros problemas para mantener relaciones interpersonales y que aprecia la libertad que le da vivir con su padre.

A pesar de que Miss Hokusai finalizase su publicación hace ya treinta y un años, lo cierto es que su visión de la mujer no nos puede resultar más representativa del momento actual. Oei es un personaje complejo, lleno de defectos y con grandes virtudes, que en todo momento se presenta como igual a los hombres que la rodean, considerándose muy superior a muchos de ellos a la hora de ejercer su trabajo. Mucho podría decirse del hecho de que sus obras a menudo sean asumidas como realizadas por su padre, pero el mensaje que parece extraerse de la obra es que Oei prefería ser libre a ser famosa, y eso es algo que le permitía vivir con el gran Hokusai.

Superando ideas preconcebidas

Ya hemos comentado que el título original de Miss Hokusai era Sarusuberi. Se trata del nombre de una planta muy común en Japón y que en España ha llevado muchos nombres, tal y como se explica en la propia edición de Ponent Mon gracias a una adecuada nota del traductor, Víctor Illera Kanaya. También en el final del tomo se nos ofrece un texto de Baku Yumemakura acerca de la obra que incide en la simbología del sarusuberi y su relación con el texto. Ese primer título habla del florecer eterno de los genios, se explica con acierto. Y desde ese acercamiento, desde el estudio del genio en lugar de la figura concreta de Oei, tal vez podamos disfrutar aún más de la obra.

Miss Hokusai es una de esas extraños títulos que escapa de los propios límites de su adscripción genérica. Es un manga, pero podría no serlo; funciona de manera universal dentro del cómic y aprovecha de manera ejemplar el medio que eligió su autora. De la misma manera que los mejores autores de 2000 A.D. aprendieron a valorar en su justa medida las escasas páginas completas que podían permitirse dado el modelo de publicación de la revista, Hinako Sugiura supo adaptarse a un formato más pequeño y aparentemente limitado que el americano o el europeo. Así, fue capaz de narrar de manera ejemplar mientras ahorraba en el número de viñetas por página y se permitía alternar entre algunos pasajes dibujados de manera más sencilla, para luego sorprendernos con otros de gran belleza en los que a menudo reconstruye obras del periodo o bien aprovecha el total de la página para transmitir tanto con el espacio vacío como con las figuras.

Cuando escribo estas líneas aún no ha sido publicado en España el segundo tomo de Miss Hokusai. Cuando podamos disfrutar su última parte podremos juzgarla definitivamente y descubrir si consigue convertirse en una obra maestra o queda como una muy notable muestra del arte del cómic, en general y sin necesidad de circunscribirla al manga o cualquier otro género. Pase lo que pase, y mantenga el increíble nivel mostrado o no, Miss Hokusai es por mérito propio uno de esos cómics que hace más grande al medio y que muestra que hay historias que han nacido para ser narradas mediante el arte secuencial. Realmente es así de bueno.

Ismael Rodríguez Gómez

Ismael Rodríguez Gómez

Lovecraftiano con solera y sherlockiano tardío. Veo demasiadas películas.

Twitter: @Darth_Azirafel
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