Cinefórum XLVI: El espíritu de la colmena

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En 1960, una mezcla de actores profesionales y amateurs lograron protagonizar La evasión, una cinta que debe ser considerada como una de las grandes obras del cine europeo de su década. Trece años más tarde, al sur de los Pirineos, Fernando Fernán Gómez ponía rostro a los carteles de El espíritu de la colmena; pero sus verdaderas protagonistas eran todavía más niñas que actrices.

No terminan ahí las semejanzas con la película de Jaques Becker: tanto en La evasión como en la obra de Víctor Erice, reina esa especie de calma pesada que llega tras la tempestad de la guerra (en Francia mundial, en este caso civil). En el caso español, claro, el desgarro de una sociedad suturada a base de fusilamientos sobrevuela la película como una presencia inquietante, pero nunca demasiado evidente. La atmósfera que rodea una historia pretendidamente sencilla es, más que en el caso francés, uno de los principales protagonistas de El espíritu de la colmena. El otro es el tándem formado por dos niñas que, en el momento del rodaje, ni siquiera tenían la capacidad de distinguir la realidad de la ficción y cuyos personajes, llamados necesariamente como ellas mismas, se adueñan con el paso de los minutos del guion firmado por el propio Erice y Ángel Fernández Santos.

Así, El espíritu de la colmena regresa desde el realismo al que se entrega con Fernán Gómez en escena, hacia el mundo de fantasía de Isabel y Ana, en el que no sirven las coordenadas de los adultos; en el que el monstruo puede ser un amigo y una simple broma, algo perturbador.

Y es que Erice había dado con una metáfora brillante al concebir su obra. Una que le permitió hablar de un trauma sin necesidad de hacerlo: solo hacía falta contar que cuando una nueva España quiso cobrar vida, muchos viejos españoles la consideraron un monstruo. La normalidad se impuso entonces, acabando con la aberración. Pero luego se perpetuó durante tanto tiempo que pagó acabar con Frankenstein convirtiéndose en Dorian Grey: España acabó observándose a sí misma, engalanada en su viejo retrato, pero aún no es capaz de escapar definitivamente de su montaña de pecados.

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