Cine y TV

Miscelánea lovecraftiana y cthuloidea: «En la hierba alta», de Vincenzo Natali

Si existe un nombre en la historia de la literatura de terror contemporánea que puede jugar de igual a igual con Lovecraft, ese es Stephen King. Dean Koontz nunca estuvo a su nivel, aunque vendiera novelas como churros; Clive Barker no supo mantenerse en la cresta de la ola… Stephen King, sin embargo, sigue al pie del cañón cuarenta y siete años después de haber publicado Carrie. Casi medio siglo de hegemonía en un género no es algo que suela verse y menos en uno tan dado a la novedad como el terror.

Tal vez uno de los secretos del éxito de Stephen King haya sido, precisamente, que se aprendió muy bien todos los trucos de Lovecraft. Su Maine imaginaria, con pequeñas poblaciones malditas, nace en el fondo de la Arkham lovecraftiana, de Kingsport o Innsmouth. Sus entidades malignas casi todopoderosas no dejan de ser una reinterpretación de los Primigenios, baste pensar en su Pennywise. Desde luego, King suele hacer una reinterpretación libre del canon lovecraftiano, pero estoy casi seguro de que al de Providence eso le gustaría más que una adhesión firme e intransigente a sus textos.

Algo parecido sucede con su hijo, Joe Hill, que ha ido construyendo una carrera notable en solitario, en particular en el mundo del cómic, apoyándose en parte en la fama que le viene gracias a un apellido con el que no firma pero que nadie ignora. Al igual que su padre, gusta de referencias cruzadas y mundos literarios, con el agravante de que no se contenta con unir sus obras entre sí, sino que cuando puede juguetea con referencias a las creaciones de su progenitor o incluso de David Mitchell.

Cuando ambos autores, padre e hijo, se reunieron por segunda vez para firmar lo que se publicitó como una novela corta a cuatro manos, la cosa tuvo su repercusión. En la hierba alta se publicó en dos entregas en la revista Esquire, en 2012. Como suele pasar con este tipo de proyectos, pronto pasó la moda y el relato (porque lo de novela corta es excesivo lo mire uno como lo mire) acabó formando parte del recopilatorio de 2019 Full Throttle, junto a otra colaboración con su padre y once relatos más. No hace falta saber mucho de matemáticas para suponer que, si en un libro de cuatrocientas ochenta páginas puedes meter al menos dos novelas cortas y once relatos, igual solo son historias cortas y el título de novella (que tanto les gusta a los americanos) le viene grande a tu cuento.

El caso es que En la hierba alta, el relato, podría parecer poco más que un boceto de una historia mayor. En realidad, parece que King y Hill solamente hubiesen tenido una idea muy general y hubiesen escrito lo justo y necesario para que aquello, más o menos, funcionase. A cambio, el punto de partida es realmente bueno: la idea de perdernos en un mar de hierba alta y ser incapaces de salir de allí, de vernos atrapados y sin poder confiar en nuestros sentidos, es realmente efectiva. El problema es que nos la tratan de vender sin crear personajes de los que tengamos que preocuparnos. Nos obligan a permanecer durante todo el relato junto a una pareja de hermanos con una relación un poco malsana pero muy poca personalidad; algo que, además, se ve reforzado porque los escritores parecen sentir la necesidad de citar de manera reiterativa elementos culturales contemporáneos para que aquello resulte más natural, logrando, en su lugar, que suene anticuado en cuanto la tinta acaba de secarse.

Los intereses lovecraftianos del conjunto ya están presentes en el relato. Así, la única pista que tenemos de que algo va mal cuando los hermanos escuchan a un niño perdido en la hierba alta son los coches abandonados en el aparcamiento de una iglesia. Esta, aparentemente no tiene demasiada importancia, pero su nombre resulta cuanto menos inquietante: La roca negra del redentor. La figura de la iglesia y ese nombre hacen que uno se acuerde de la Iglesia de la sabiduría estrellada que Robert Blake descubriera en Providence. Es una pena que ni en el relato ni posteriormente en la película se nos cuente más de la iglesia, aunque se puedan intuir algunos inquietantes detalles.

El otro aspecto netamente lovecraftiano del relato es la gran piedra negra que habita en algún lugar de la hierba alta. Este es un tratamiento muy interesante de las figuras de los Primigenios de Lovecraft o los seres todopoderosos de King. Esa roca negra parece estar viva y haber existido en ese mismo lugar desde hace milenios, alimentándose de aquellos que se pierden en la hierba. Se nos cuenta que está allí desde que un glaciar la trajo en la última edad de hielo y, desde entonces, está sedienta. La piedra se apodera de la voluntad de aquellos que la tocan y miran los extraños grabados que la cubren, unos dibujos que parecen representar a hombres que bailan. La piedra es a la vez un Primigenio lovecraftiano, una representación parecida a El que camina detrás de las filas de Los chicos del maíz, a Pennywise, a todo ser todopoderoso y antiguo que atormente y se alimente de la humanidad, tomando ahora la forma de una enorme roca impasible en mitad de un mar de hierba cambiante.

El relato de En la hierba alta es un ejercicio de terror casi minimalista. No tiene problema en caer en las descripciones desagradables, la sangre y el gore, pero, por desgracia, desarrolla muy poco sus personajes y consigue que a uno no le importe qué pasa con ellos. La habilidad de conseguir crear un protagonista o un antagonista en unas pocas páginas es algo muy preciado y en esta ocasión King y Hill no son capaces de hacerlo, con lo que convierten lo que podía haber sido un viaje a lo más oscuro de nuestras pesadillas en un paseo intrascendente en el que el terror termina difuminado. Es muy difícil sufrir por el destino de un personaje que no te importa en absoluto.

Vincenzo Natali leyó este relato y le encantó. Debo dejar claro que él se declara fan de Stephen King y yo no lo soy; además, el criterio de un tipo capaz de dirigir Cube o Cypher debe ser necesariamente más digno de cofianza que el mío. Sea como fuere, Natali escribió su propio guion y trató de vendérselo a Netflix. Lo conseguiría en su segundo intento, cuando el éxito de la nueva versión de It había vuelto a poner en el candelero el nombre de Stephen King y el canal de streaming ya había estrenado dos adaptaciones del trabajo del de Maine: 1922 y El juego de Gerald.

Ya hemos mencionado dos de sus obras más importantes, pero aún así merece la pena pararse un momento en la obra de Natali. El director canadiense saltó a la fama en 1997 con una opera prima que fue un auténtico shock para los aficionados al terror: Cube. Con pocos medios, mucha imaginación y un guion tremendamente efectivo, la película se convirtió en un clásico instantáneo. Todos los aficionados esperábamos ver cómo continuaba la carrera del director y guionista, que por entonces contaba con veintiocho años y se convertía de manera inevitable en la gran esperanza blanca del género. El resultado fueron cinco años de espera hasta su siguiente película: Cypher se estrenó en los cines de países como España, pero quedó relegada al mercado directo de DVD en Estados Unidos. Que fuese una gran película de ciencia ficción es lo de menos; el caso es que Natali había perdido su oportunidad de conquistar la industria.

Desde entonces, su carrera no se ha recuperado. Nothing fue un pequeño proyecto personal; Splice era más ambiciosa, pero aun así no consiguió triunfar; Haunter fue un proyecto de terror canadiense de los que hay muchos cada año… Natali acabó refugiándose en la televisión con créditos en Hannibal, Westworld, American Gods o Locke & Key. Finalmente, para su vuelta al largo, eligió apostar por esa adaptación de Stephen King que había escrito unos años antes. Por desgracia para los que seguimos su carrera y esperamos que reverdezca los laureles pasados, no fue una buena elección.

En la hierba alta es un proyecto que parte de un problema conceptual: por un lado, pretende ser lo más fiel posible al texto original, pero por otro se encuentra con que este solo da para un cortometraje; quizá un medio escaso si somos generosos. Para alcanzar más de cien minutos de duración uno tiene que ir alargando cada detalle, complicando cada trama y añadiendo nuevos giros que van mezclando acontecimientos que acaban dinamitando el principal mérito de la historia original, que no es otro que el ir directamente al grano.

Así, apenas transcurridos veinte minutos, la película introduce un nuevo personaje mencionado en el relato y pasa de una narración lineal a otra llena de vericuetos, con viajes en el tiempo, el espacio, encuentros inesperados… La idea podría estar bien, pero la ejecución es pobre y el resultado termina causando la apatía del espectador. Una apatía que va aumentando con cada giro de la trama, hasta el punto de que, cuando llega la gran traca final, uno está más pendiente de cuánto metraje queda que de disfrutar de lo que está viendo.

Volviendo al tema que más nos ocupa: en una entrevista le preguntaban a Vincenzo Natali qué opinaba de que se calificara a la película como lovecraftiana. Su respuesta, ejemplar, era que sabía que Lovecraft había influido mucho en Stephen King, Joe Hill y en él mismo. También que en este caso el villano de la función, si se le podía calificar así, era una especie de dios lovecraftiano, un ente primigenio anterior a la humanidad, por lo que no tenía ningún problema con la calificación.

En ese sentido, la película es totalmente fiel al relato y consigue transmitir lo mismo que él: esa idea de antigüedad incomprensible, de la entidad que no podemos explicar. ¿Puede una roca sentir? ¿Puede estar sedienta? Puede que así fuera hace incontables eones y puede que vuelva a ser así. Si entras en un campo de hierba alta de Kansas, quizá nunca puedas salir y te conviertas en un adorador de un dios antiguo y vengativo, un ser que no se puede entender salvo si te entregas a él y pierdes tu cordura, convertido en un seguidor sin escrúpulos ni humanidad.

Es una pena que todo esto no fuese acompañado de un poco de trasfondo local, sobre todo en la novela, en la que se explica que la gente sigue viviendo junto al campo de hierba y la vieja iglesia, saqueando los coches de los pobres incautos que entran en el campo. Y es todavía más triste que el relato no diese lugar a una película por lo menos pasable. No es que el material literario diese para una obra maestra, pero se merecía más de lo que Netflix y Natali han sido capaces de darle.

Ismael Rodríguez Gómez
Etiquetas

Publicaciones relacionadas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Mira también
Cerrar
Botón volver arriba
Cerrar