Concepción Arenal, la primera gran mujer española

0

«Abrid escuelas, y se cerrarán cárceles». La frase, revolucionaria en la España de 1867, lo era aún más por haber sido concebida por una mujer. Se llamaba Concepción Arenal y no solo fue jurista, escritora, periodista y funcionaria de prisiones, además de intelectual, sino que está considerada una de las primeras feministas de nuestro país. Si bien fijarse tan solo en la defensa que hizo de la igualdad entre hombres y mujeres sería reducir su aportación al mínimo.

Entre sus muchas luchas intelectuales estuvo también la reivindicación de un sistema de asistencia social a la gente pobre, de escuelas públicas y gratuitas, y de la promoción de viviendas sociales. Todo ello como medio de erradicar la necesidad que tenía la gente más necesitada de valerse de la delincuencia para sobrevivir. Para ellos, además, defendió un sistema penitenciario encaminado a la rehabilitación del delincuente, reintegrándolo a la sociedad, en vez del mero castigo, como imperaba en la sociedad de su tiempo.

Retrato de Concepción Arenal por Olga OC

Arenal compartió protagonismo con un elenco de mujeres que en el siglo XIX español ya no se conformaban con ser meras comparsas de los hombres. Ellas, Rosalía de Castro, Gertrudis López de Avellaneda, Fernán Caballero y Emilia Pardo Bazán aparecen aún hoy por derecho propio en los libros de literatura escolares. No hay sin embargo hueco para una escritora como Arenal, cuyo único libro de ficción, sus Fábulas, fue incluido como lectura obligatoria en las escuelas. Y a quien la propia Pardo Bazán presentó como candidata a la Real Academia de la Lengua. Cierto es que no admitían mujeres, pero es que eso era precisamente lo que Pardo Bazán quiso hacer resaltar. Que alguien como Arenal, reconocida internacionalmente, y con una abundante obra publicada tanto en periodismo como en derecho penitenciario, además de su libro literario, no podía ocupar uno de los sillones de la academia por llevar faldas. Méritos le sobraran, y eso ya era de por sí una hazaña vital casi inconcebible en la España del XIX.

El año de su nacimiento, Rafael del Riego, el del himno, obligó a jurar la Constitución de Cádiz, la Pepa, al rey Fernando VII. Algo que el monarca solo hizo para disimular. Apenas seis años después ya había reinstaurado las leyes del Antiguo Régimen. Buena muestra de ello es que la Junta de Fe de Valencia, heredera de la Inquisición, ahorcó entonces a un maestro de escuela acusándole de no otorgar importancia a los sacramentos. Ese proceso está considerado el último juicio inquisitorial de la historia. Arenal vivió por tanto en el siglo de la lucha encarnizada entre progresistas y conservadores. Con un carácter firme, se opuso a los dictados de su familia y especialmente a los de su madre, negándose a entrar en sociedad, y dedicando en cambio el tiempo a estudiar de forma autodidacta italiano, francés, inglés, ciencias y filosofía.

Pero su ansia de conocimiento no pudo pararse ahí. Con diecinueve años decidió estudiar derecho, y tuvo que hacerlo disfrazada de hombre, ya que no estaba permitido el acceso de las mujeres a las aulas universitarias. Una anécdota de su biografía, no sabemos si apócrifa, describe a un grupo de estudiantes intentando golpearla, incluso lincharla, a la salida de la facultad, tras haber descubierto el engaño. Sería su futuro marido, Fernando García Carrasco, quien la libró de la agresión, además de introducirla en las tertulias literarias, también disfrazada de varón. Un hombre adelantado a su tiempo, al que no le pareció mal que su esposa estudiara, trabajase, y aportara incluso el fruto de su trabajo a la economía familiar. Algo impensable para la concepción de hombría imperante en el siglo XIX.

La vida de Arenal fue una lucha permanente entre sus logros personales y una realidad obstinada en arrebatárselos debido a su femineidad. Estuvo ejerciendo como periodista hasta 1857, momento en que la Ley de Imprenta obligó a firmar con nombre y apellidos los artículos que trataran sobre política, filosofía y religión. El objetivo era reprimir aquellas afirmaciones no tolerables por el régimen absolutista de Fernando VII, pero a ella le afectó de otra forma. Siendo impensable que una mujer escribiera en un periódico, fue despedida. También se quedó viuda, pues Fernando moriría con treinta y cinco años, dejándola con dos hijos.

Lejos de arredrarse, Arenal tomó impulso, y dos años después presentaba un ensayo a la Academia de Ciencias Morales y Políticas bajo el seudónimo de Fernando. Increíblemente los académicos, una vez conocido el hecho de que era autora, y no autor, no se opusieron a premiarla, tal era el mérito de su trabajo. Lo interesante de aquel libro, titulado La beneficencia, la filantropía y la caridad, es que establecía por primera vez una clara distinción entre estos tres términos, sentando además las bases para la ayuda social a los pobres. Pero no como algo azaroso, o dependiente de la buena voluntad cristiana, que era la idea imperante hasta entonces, sino organizado sistemáticamente desde el gobierno, para ayudar a estas personas de forma efectiva. Previniendo por tanto los perjuicios sociales derivados de la pobreza, especialmente la delincuencia. Ideas en todo semejantes al sistema social que hoy impera, o al menos debería imperar si nos atuviéramos fielmente a la Constitución de 1978.

La popularidad alcanzada por este ensayo hizo que la reina Isabel II la nombrara Visitadora de Prisiones, convirtiéndose en una de las primeras funcionarias femeninas. Sus estudios de Derecho (que completó, aunque debido a las normas machistas no la permitieron obtener el título) y la confrontación con aquella realidad sórdida en que las presas eran mal alimentadas y explotadas laboral y sexualmente, la llevó a defender la reforma del Código Penal. Apostando porque debía abandonarse la expiación del delito, promoviendo en cambio la reforma del delincuente en las cárceles. Precisamente el pensamiento de Arenal parece haberse volcado en nuestra Constitución, concretamente en el artículo 25.2, donde se establece que «Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social y no podrán consistir en trabajos forzados».

Pero las ideas que fueron válidas en 1978, y lo son hoy, eran demasiado avanzadas para 1864. Isabel II ordenó cesarla de manera fulminante debido a estas propuestas, e incluso la acusaron de ser krausista. Es decir, de formar parte del movimiento que defendía la libertad de cátedra. Un cese sin mayores consecuencias, porque tras la Revolución del 68 y en el gobierno del general Serrano volvería no solo a ser funcionaria de prisiones, sino a emocionarse con una opción política que coincidía con su pensamiento. Lamentablemente, la vida política le demostró que las medidas nunca acababan de implantarse, siempre perdidas en el juego político del parlamento, entre los dos principales partidos opositores. Impotente para encontrar un foro en el que expresar su pensamiento, fundó el periódico La voz de la caridad, y en él, a lo largo de catorce años, denunció los abusos de que eran objetos las personas acogidas en cárceles y hospicios.

A partir de 1870 Concepción Arenal comenzó a ser una intelectual de referencia, tanto dentro como fuera de España. En nuestro país impulsó el «patronato de los diez», un sistema por el cual diez familias adineradas ayudaban solidariamente a una pobre. Propuso crear una Constructora Benéfica destinada a proveer de viviendas a obreros, en la que fue la primera iniciativa de vivienda social protegida en España. Estaba encaminada no a proveer de casa a quien no podía pagarla, sino sobre todo a impedir que las malas condiciones económicas y laborales empujasen a esas personas pobres a la delincuencia. También en ese momento participó en la recién creada rama femenina de la Cruz Roja, dirigiendo el Hospital de Sangre de Miranda de Ebro. Un ejemplo de asistencia hospitalaria, que en el desarrollo de la Tercera Guerra Carlista atendió por igual a soldados de ambos bandos, sin hacer distinción de ejército o ideología.

Ya entonces no cesaba de escribir ni un solo día, en una actividad frenética. A través de cuatro ensayos, La mujer del porvenir, La mujer en su casa, Estado actual de la mujer en España, y La educación de la mujer, construyó el primer corpus del feminismo español. El cual puede resumirse en la defensa de una idea principal: la capacidad intelectual de una mujer es igual a la de un hombre, y por tanto puede desempeñar cualquier profesión en condiciones de igualdad. Arenal, siempre con la vista en el problema económico de una sociedad con gigantescas bolsas de pobreza, comprendía que la doble aportación económica al hogar de marido y mujer facilitaría el disponer de comida, vestido y vivienda a la mayoría de los españoles. Y naturalmente, defendía que así se hiciera.

En cada uno de los congresos internacionales sobre derecho penitenciario sus cartas eran demandadas para ser leídas en público. Capaz de expresarse en inglés, francés e italiano, su pensamiento fue capaz de traspasar muchas fronteras. Comprendiendo además que el rechazo a lo femenino era el concepto imperante, procuró ocultar su nombre y no acudió jamás en persona a los congresos. Sin la popularización de la fotografía, ni medios de comunicación desarrollados, los varones que elogiaban sus ideas jamás repararon en que era mujer. Porque de haberlo sabido jamás hubieran leído sus cartas en público. El engaño alcanzó tal dimensión que la Asociación para la Reforma de las Prisiones, de Reino Unido, al nombrarla su representante en España, remitió su nombramiento a «sir (caballero) Arenal».

Aunque quizá la mayor aportación que esta mujer hizo a nuestra sociedad fue su recomendación al Congreso de los Diputados de no crear colonias penitenciarias. España podría haber tenido los mismos penales de exilio que Francia, Inglaterra u otras naciones y que tan bien fueron reflejados en la película Papillon, de 1973, con Steve McQueen y Dustin Hoffman en los papeles protagonistas. Pero, si los diputados consideraron razonablemente argumentada y muy válida la exposición de Arenal, fue gracias a la ingente labor de documentación que había realizado. Gracias a su conocimiento del inglés se valió de las crónicas sobre Australia, concebida como inmensa colonia penitenciaria del Imperio Británico. Leyendo todos los perjuicios que había ocasionado, para el propio país y sus reclusos, y argumentándolos como sistema impensable para la rehabilitación del delincuente, se acordó de forma unánime no establecerlas en el Golfo de Guinea, como se tenía pensado.

Quién se acuerda hoy de ella o la conoce. Hay una razón histórica para que Arenal apenas ocupe espacio en el imaginario colectivo de nuestro país, contrariamente al lugar que para ella reclaman sus méritos. Y es que nació demasiado pronto como para poder participar en la II República, segundo momento histórico en que hubo diputadas, intelectuales, escritoras y en general mujeres en puestos destacados de la cultura y la política del país. Obviamente el franquismo, dictadura empeñada en devolver a la mujer española a su papel de madre y esposa, no se ocupó en absoluto de reivindicarla. Después la Transición recuperaría a las figuras que habían sido silenciadas o represaliadas en la Guerra Civil y en la Dictadura, pero entre ellas, obviamente, no estaba Arenal, muerta mucho antes. Por eso su memoria ha quedado para historiadores, amantes de la literatura infantil, y especialistas en Derecho. Una de sus admiradoras más firmes es Manuela Carmena, hoy alcaldesa de Madrid, que obviamente comprende la dimensión de sus aportaciones al campo del Derecho por su antigua condición de jueza.

Con las citas de Arenal podría construirse uno de esos libros para tener siempre en la cabecera. Porque no solo no han pasado de moda ni han dejado de tener vigencia, sino que en los retos que enfrentamos en la sociedad española de hoy vuelven a cobrar pleno sentido. Fue ella quien dijo, mucho antes que habláramos de desigualdad salarial, que «si razonamos sobre si se le paga menos que a su compañero hombre, no es machismo sino injusticia». También razonó que «la prostitución debe limitarse a ser oficio, y no empresa», explicando que muchas veces las jóvenes se veían esclavas de empresarios en un país extranjero, como esas emigrantes que la policía descubre a veces explotadas en nuestros prostíbulos del siglo XXI. Arenal lanzó una pregunta a los varones de su tiempo: «¿el hombre más inepto es superior a la mujer más inteligente?». Y dijo además una de las frases más bellas del pensamiento liberal español: «La hora suprema para los pueblos es aquella en que aspiran a la libertad, y deciden su futuro aceptando la desigualdad establecida, o revolviéndose contra ella».

Arenal fue mucho más que una pensadora feminista. Esa condición la obtuvo por sus méritos, pues en todo se comportó como si fuera persona, y no mujer, realizando grandes aportaciones intelectuales a su país y al extranjero, donde a menudo sería más escuchada que aquí. A la vez era capaz de la mayor de las moderaciones, y leyendo sus obras a veces parecemos estar escuchando a una beata conservadora, aunque a párrafo seguido sea capaz de asegurar que una mujer sería mejor sacerdote que un hombre, y argumentarlo. Hacia el final de su vida aún diría que «¡sería fuerte cosa que los señoritos respetaran a las mujeres que van a los toros y faltaran a las que entran en las aulas!».

Foto por Jose Alejandro de la Orden

Pero tres años después de su muerte tal idea no había calado en los españoles. En 1896 la científica y médico ginecóloga Concepción Aleixandre era apedreada por sus compañeros de estudios al salir de la Facultad de Medicina de Valencia. Aquellos bárbaros estuvieron a punto de privar a la ciencia de una médico que desarrolló el instrumental ginecológico, difundió la necesidad de higiene sexual y cómo practicarla, y la importancia de educar en igualdad a hombres y mujeres. Aunque nada pudieron las piedras, porque la corriente que habían despertado Concepción Arenal, Pardo Bazán y las demás era ya imparable.

Olvidada o no, su legado está conservado en una de las Constituciones más modernas y avanzadas del mundo, la de 1978. Mejorable sin duda, y no intocable, pero anclada al ideal de que el delincuente debe ser rehabilitado, los derechos de mujeres y hombres iguales, la educación universal para todos, y los derechos y libertades reconocidos sin distinción de sexo o credo. Eso que Clara Campoamor llamó El pensamiento vivo de Concepción Arenal. Libro que recomiendo para aproximarse a su pensamiento a todos los lectores de este artículo, y para que ninguno olvidemos además, en el ocho de marzo, que la gran lucha por los derechos de la mujer también se libró en español desde sus mismos orígenes.

Martín Sacristán

Martín Sacristán es periodista, escritor y creador de contenidos editoriales

http://www.martinsacristan.com/
Martín Sacristán

Latest posts by Martín Sacristán (see all)

About Author

Martín Sacristán es periodista, escritor y creador de contenidos editoriales http://www.martinsacristan.com/

Leave A Reply