‘El atlas de las nubes’: la matrioska literaria de David Mitchell

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El atlas de las nubes pasó de puntillas por el mercado editorial español cuando, en el año 2006, Tropismos apostó por dar una oportunidad al tercer trabajo del británico David Mitchell. Sin embargo, el éxito cosechado entre la crítica no se vio acompañado por unas ventas realmente significativas hasta que, seis años más tarde, los hermanos Wachowski decidieron arrastrar su historia, sin demasiado acierto, hasta la gran pantalla. Las carencias de la cinta no impidieron, en cualquier caso, que diversas editoriales decidieran conceder una nueva oportunidad a una novela que pudo por fin disfrutar de la difusión que merecía. En España debemos agradecer a Duomo Ediciones la creación de un volumen que permite a El atlas lucir los encantos propios de un libro que obliga a ser degustado desde el cómo (y no simplemente desde el qué) y logra acomodarse en algún lugar entre la «novela verdaderamente original» y el «futuro clásico de la ficción contemporánea».

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Los colores de las muñecas

Ante todo, El atlas de las nubes es una novela armoniosa. Si hubiese que emplear una metáfora para representar su lectura, esta sería la de una matrioska que se abre al lector como y cuando quiere, aunque siempre con delicadeza, alumbrando una heredera rebelde que parece querer escapar a su herencia materna. A pesar de ello, todos y cada uno de los caprichosos capítulos, que bromean rechazando explícitamente las formas y los tiempos de sus predecesores, parecen al mismo tiempo su consecuencia más lógica.

Tras una toma de contacto parsimoniosa con el texto, el lector que desconozca la naturaleza de El atlas de las nubes se encontrará a sí mismo, quizá un tanto estupefacto, ante el tremendo desnivel argumental que separa la calma inicial de la sacudida que se oculta en el corazón, físico y teórico, de la obra de Mitchell. Una sacudida hasta la que deberá llegar sorteando varios géneros literarios que se entrelazan, logrando evitar con naturalidad la sobreexposición del viajero a cualquier atisbo de clímax prematuro.

UnsortedLa profunda libertad desde la que Mitchell construye su obra queda patente cuando, al recorrer las primeras líneas buscando ávidamente algún indicio de ciencia ficción («eso me habían dicho»), uno se encuentra con un diario decimonónico magníficamente documentado y que relata la travesía por el Pacífico de una expedición comercial del siglo XIX. Los primeros apuntes de la geografía de El atlas de las nubes transcurren, pues, entre reflexiones mercantiles y sociales que, en plena fiebre del oro californiana, no pueden escapar a la impronta del esclavismo. Sin embargo, y aunque la paulatina inmersión en el mundo oceánico de Mr. Ewing logra hacernos olvidar a qué habíamos venido, súbitamente la primera muñeca se cansa de nuestra mirada: se ha partido en dos y no hay nada que podamos hacer al respecto. Lo más lógico será, por tanto, dirigir nuestra atención a esa segunda pieza, epistolar, pícara, culta y socarrona, que acaba de nacer al mundo.

No será la única vez que nos ocurra. De hecho, la incertidumbre que provoca desconocer cuándo (o por qué) decidirá Mitchell promover un nuevo salto en la distorsionada línea temporal de la obra, es parte esencial del aterrizaje en la misma. Atravesando el diario marítimo de época, un exquisito fragmento epistolar de tintes románticos (especialmente indicado para melómanos), el relato de suspense y una magnífica sátira social de la vejez, iremos desgranando las capas de la cebolla del tiempo. Para entonces, es posible que algún lector que guste de evitar la ficción más imaginativa haya quedado atrapado en la tela de araña tejida por unos discursos interconectados que quizá no pretenden engañarle abiertamente pero que, desde luego, disimulan sus verdaderas intenciones. El que renuncie desencantado a continuar con la lectura pagará un alto precio: nunca descubrirá que en el futuro (y a la vez, centro) de la narración del autor británico se esconde, efectivamente, la ciencia ficción, conformada por un tríptico de capítulos muy arriesgados a nivel argumental y estilístico, y alrededor de los cuales gravitan, en una órbita más o menos amplia, el resto de las realidades. Quien abandone la ascensión a la montaña mágica de Mitchell no podrá sonreír al descubrir el que quizá es el rasgo más original de la novela: no hay una cara b de la historia. Solo cabe recorrer una vez más el mismo sendero, en lo que será un curioso paseo por una ruta que ya conocimos de cerca y que ahora, además, acabamos de observar tranquilamente desde la distancia de la cumbre. Pero, sin duda, uno de los principales valores de El atlas de las nubes es que, a estas alturas, el lector ya no piensa en nada más que en lanzarse frenético a recorrer nuevamente ese familiar entorno, deseando comprobar cómo le ha afectado el paso del tiempo.

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El rostro de la historia

El desenlace de la historia de El atlas de las nubes se muestra sin rubor cuando el lector comprueba que ninguna separación recorre la cintura de esa última muñeca. Es entonces cuando, tal y como ocurre con las matrioskas, se hace evidente que debemos desandar nuestros pasos, enroscando uno tras otro esa serie de relatos de tonalidades diversas, pero esbozados por la misma mano.

Las líneas maestras de Mitchell son sencillas y contundentes: el rotundísimo éxito en la creación de los personajes y una documentación apabullante permiten al autor hacer olvidar que, tras las recargadas fachadas de cada uno de sus mundos, todos tienen la misma estructura. Desgraciadamente, el propio Mitchell decidió enfatizar este aspecto hasta el absurdo, marcando la piel de los protagonistas de su gran cuento con una mancha de nacimiento, cuyo único propósito parece ser recordar al lector (constantemente) que todos ellos son eslabones de una gran cadena cósmica. Pero, aunque las menciones al signo de los elegidos suponen una pequeña brecha en la sutileza general de la obra (los Wachowski optaron por eliminarla de raíz al emplear a los mismos actores para representar a todos los personajes), es preciso recordar que para romper cualquier hechizo antes ha sido preciso ser capaz de crearlo. Y David Mitchell se recupera con tanta solvencia de estos pequeños contratiempos que nadie, ni siquiera él, podrá convencerme nunca de que el famoso antojo cutáneo no fue la imposición de un editor extraviado.

El atlas de las nubesEn cualquier caso, si verdaderamente hay un elemento que permita a El atlas de las nubes exceder la categoría de «novela original» e intentar penetrar en la tierra sagrada de los clásicos, ese es, con total seguridad, el maravilloso diálogo paralelo que el autor, a través de sus personajes, establece con el lector. Y es que a la inseguridad que genera la repentina interrupción del primer capítulo le siguen, sin solución de continuidad, las carcajadas que nos arrancarán las ácidas opiniones que el resto de personajes se forman con respecto a los fragmentos que ellos, como nosotros, acaban de leer. Ni siquiera la arriesgada arquitectura de la novela se libra de unas críticas que, en un ejercicio de gran humildad, en varias ocasiones son positivas. Así pues, mientras sus creaciones se lamentan por la ingenuidad de sus compañeros de encuadernación, Mitchell nos deja leer brevemente las instrucciones de su librillo de maestro escritor y aguarda expectante nuestro juicio.

Finalmente, ante una novela que logra resguardar tantos elementos bajo el abrigo de la armonía, el veredicto solo puede ser entusiasta. La naturalidad que impregna El atlas de las nubes surge de la mismísima esencia del libro, que permanece protegida por unos protagonistas que, a lo largo de más de seiscientas páginas, jamás osan mencionarla de forma explícita. Algo tan amplio como el hombre y su relación con sus semejantes puede enfocarse desde perspectivas muy diversas y, precisamente por ello, David Mitchell escogió no elegir y optó por ofrecernos una visión caleidoscópica de la historia que fue y de las muchas que aún pueden ser.

Ahora, tal y como vaticinó Robert Frobisher, uno de los personajes más tiernos de la novela, son David Mitchell y el propio atlas quienes, como sus protagonistas, deben observar pacientemente el paso del tiempo para así comprobar si sus páginas son capaces de no arrugarse bajo su inmenso peso:

«He pasado estas dos semanas en la sala de música, reelaborando los fragmentos de este año para integrarlos en un “sexteto para solistas que se solapan”: piano, clarinete, chelo, flauta, oboe y violín, cada uno en su clave, escala y tono. En la primera parte, cada solo se ve interrumpido por el siguiente; en la segunda, se retoma cada interrupción, en orden inverso. ¿Idea revolucionaria o efectismo insustancial? No lo sabré hasta que lo termine y para entonces ya será demasiado tarde, pero es lo primero en lo que pienso cuando me despierto y lo último antes de dormirme, hasta cuando tengo a J. en la cama. Pero tiene que entenderlo: el artista vive en dos mundos».

Robert Frobisher

Víctor Muiña Fano

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