Federer vs. Nadal (I): la primera en la frente (Miami, 2004)

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Las batallas más legendarias del deporte necesitan antagonistas: Frasier y Alí o Bird y Magic fueron mucho más que grandes campeones cuyas carreras deportivas coincidieron en tiempo y lugar. Eran también arquetipos opuestos que ayudaban al público a identificarse con uno u otro: un autómata imparable contra el rebelde más carismático de los cuadriláteros; un blanco metódico e introvertido contra el negro más popular de Hollywood. En un ámbito milimetrado como el deportivo, la más mínima alteración de cualquier variable podría haber eliminado alguno de los grandes capítulos de esta historia. Y, sin embargo, es algo difícil de imaginar: los unos parecen haber nacido para enfrentarse a los otros.

Quizá Federer podría haber existido sin Nadal pero, muy probablemente, Nadal no habría sido el mismo sin Federer. Todo fue como tenía que ser para que fuéramos testigos de lo que ocurre cuando un talento acompañado de voluntad se enfrenta a una voluntad acompañada de talento.

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En trayectoria de colisión

Es posible que algún espectador de los que acudieron al estadio de Crandon Park en Cayo Vizcaíno (marzo de 2004), sospechara que aquel partido podía ser complicado para el flamante número 1 del ranking ATP. Con tan solo veintidós años, Roger Federer ya había ganado el torneo de Wimbledon en 2003 y venía de conquistar el abierto de Australia en lo que sería la primera de una serie de temporadas estratosféricas. Rafael Nadal tenía entonces diecisiete años y, aunque ya había ganado a dos top ten, todavía era el número 36 del mundo. Pero la temporada que debía confirmar la aparición de un mito y preparar la irrupción de otro tenía previsto algo más: hace una década, nacía en las pistas de Miami la primera gran rivalidad deportiva del siglo XXI.

Algo menos de un lustro, media generación deportiva, separa a los dos mejores jugadores de la historia del tenis. Cinco años que han sido compensados, además, por dos maduraciones deportivas opuestas. Federer ha sido uno de los últimos grandes campeones que ha respetado, en el nuevo milenio, los ritmos más tradicionales del deporte: tras ingresar en el circuito profesional con diecisiete años, el helvético pasó cinco temporadas mejorando poco a poco resultados y condición física, hasta conseguir dotar a su prodigiosa técnica del sustento que necesitaba para construir la mejor trayectoria de la historia de su disciplina. Nadal, en cambio, antes de su primer encuentro con el suizo ya había tenido tiempo para convertirse en el tenista más joven en ganar un partido de tenis, a la edad de quince años y cuando ni siquiera era aún profesional. Además, al inicio de su primera temporada completa en el circuito mundial (2004), había tenido un papel estelar en la eliminatoria de Copa Davis en la que España venció a la República Checa, arrebatándole un punto decisivo nada menos que a Radek Štěpánek.

Tras aquella victoria del manacorí y mientras el público español empezaba a conocer al mejor deportista de su historia, Federer se alzaba con el primer título estadounidense del calendario (Indian Wells), a pesar de la leve enfermedad que empezó a incubar en los días previos a la disputa de la final. Su mal estado físico de cara al torneo de Miami bastó, por aquel entonces, para explicar su rendimiento de aquel día frente a Rafa Nadal. Sin embargo, esta es la gran sombra de la carrera del suizo y, al mismo tiempo, la luz que ha guiado la del español hasta su altura: este partido dejó de ser uno cualquiera hace ya mucho tiempo porque fue el primero que enfrentó a dos mitos tan parecidos en su genialidad como diferentes en sus estilos. El 29 de marzo de 2004, Nadal despachó al número 1 del mundo con una facilidad sorprendente.

Una superioridad aplastante

Federer vs Nadal I 02El primero de los miles de puntos que Nadal y Federer han disputado cayó del lado del español. En cualquier caso, los compases iniciales del partido fueron de tanteo y Federer logró mantener sus primeros servicios sin demasiados problemas. El balear, mientras tanto, parecía tener más dificultades para entrar en juego y, cuando jugaba al resto, simplemente bloqueaba los saques del suizo para tratar de alargar los puntos.

Como suele ocurrir, durante el primer tramo de partido los errores no forzados hicieron subir rápidamente varios juegos al marcador. Nadal tenía problemas para proponer intercambios largos pero pronto dejó asomar una de sus grandes armas en los duelos directos con Federer (especialmente en el primer tramo de su rivalidad). En el cuarto juego, el español aprovechó la enorme audiencia de todos los partidos de su rival para mostrar al mundo su increíble capacidad para recuperar bolas imposibles: tras perder la iniciativa en un punto que él mismo había servido, Nadal optó por golpear con su drive una pelota que caía claramente en el dominio de su revés. Federer, con la precisión que le caracteriza, optó por ajustar su golpe a la línea opuesta, pero el balear llegó a tiempo de levantar la bola y pasar de forma inverosímil a su rival. Nadie sabía, entonces, que este iba a ser uno de los leivmotiv de esta historia: Nadal rema contra la corriente de las bolas inalcanzables de un Federer que cubre la red con academicismo, pero no puede impedir que le arranquen de las manos un punto seguro. La cantidad de errores que el tesón del manacorí ha hecho cometer al suizo en sus más de treinta enfrentamientos resulta imposible de cuantificar.

A partir de ese momento, con 2-2 en el electrónico, el tanteo inicial entre ambos dio paso a un tramo más disputado del encuentro en el que Nadal impuso su juego rápidamente. Mucho más ágil que su rival, el mallorquín desarrolló una estrategia muy diferente a la que años más tarde los seguidores de Roger Federer llegarían a odiar: buscando rápidamente golpes ganadores (incluso desde el resto), arriesgando con alguna dejada y sirviendo a un grandísimo nivel, Nadal avanzó con solvencia a través del primer set que disputaba contra Federer, obligando al número 1 a luchar para permanecer dentro de la pista y poder mantener de este modo posibilidades de llevarse algún peloteo. Ni rastro de la tortura física y psicológica a la que Nadal empezaría a someter a su rival un par de años más tarde, a base de bolas altas, pesadísimas (con mucho efecto), especialmente complicadas para el revés a una mano del helvético; ni rastro, tampoco, de los repetitivos tics que el balear reproduciría meticulosamente, entre punto y punto, el resto de su carrera. Nadal aún no había terminado de pulir la configuración mental del campeón superlativo, metódico pero impetuoso, que llegaría a ser: se desvivía por llegar a pelotas inalcanzables y gastaba demasiada energía celebrando puntos más espectaculares que importantes.

Federer Vs Nadal I 04A estas alturas, solo un extraño «vamos Rafita, lo estás haciendo muy bien» proveniente de las gradas permite al espectador contemporáneo recordar que quien se enfrentó a Federer en Miami aún no ese jugador al que nadie, en su sano juicio, le pondría un diminutivo. Porque lo cierto es que el nivel mostrado por aquel chico de diecisiete años a lo largo del segundo set fue tan alto que, por un momento, uno siente la tentación de preguntarse a dónde habría podido llegar con el juego agresivo que exprimió en Cayo Vizcaíno. No podría haber hecho más de lo que ya hemos visto, es evidente, pero impacta verle dominar de tal modo a un Federer exclusivamente refugiado en los golpes inverosímiles que siempre, cada pocos minutos y en cualquier situación, le brotan de la raqueta. Esos puntos nadie ha podido jamás quitárselos (ni siquiera Nadal) y aún hoy hacen que invertir una tarde en verle jugar siempre merezca la pena. Sin embargo, aquel no era su día: su rival postadolescente no parecía sentir demasiado vértigo ante la idea de ganar al mejor tenista del mundo.

Rafa Nadal siguió creciéndose a medida que avanzaba la segunda manga e incluso fue capaz de convertir un 40-0 en contra en la segunda rotura del set, que quedaba encarrilado con un 2-4 en el marcador. Si pueden ver un tramo de este partido histórico, esta es la mejor elección: con 40-30 en el electrónico y tras dos errores de Federer al tratar de buscar las líneas para cerrar el juego, el español consiguió el deuce con un descomunal revés cruzado (el otro gran golpe de fondo, junto al drive, sobre el que ha construido su carrera) despachado desde varios metros fuera de la pista; el suizo se encomendó entonces a ese saque con el que tantas veces ha salido de situaciones complicadas, pero Nadal fue capaz de poner la bola en juego y llegar al otro extremo de la pista en cuestión de décimas, pasar nuevamente a su rival y celebrar el punto con un arrebato de aquellos que, al principio de su carrera, no solían gustar a sus rivales.

Unos segundos después, un error no forzado finiquitó el encuentro. Aún quedaban tres juegos por disputarse, pero el partido había acabado. La superioridad de Nadal no fue óbice para que la victoria pillase al joven tenista español tan desprevenido como al resto del mundo. Hasta tal punto fue así que, olvidando el protocolo o quizá aturdido por el respeto que infundía su contrincante de aquel día, Nadal saludó al juez de pista antes que Federer a pesar de haber sido el ganador del partido.

El primer capítulo de la historia más grande del tenis reciente había terminado y la muesca del revólver de Nadal era profunda.

Un partido poco significativo

Federer vs Nadal I 03La superioridad que Nadal demostró en su primer partido contra Federer no fue parecida a la misma que, posteriormente, le serviría para dominar con claridad sus duelos directos. Tampoco hubo siquiera un amago de reacción por parte del campeón suizo que, en cualquier otra jornada desafortunada, puede ganar un partido casi sin querer. Incluso contra Nadal (y siempre que no se tope con el balear sobre arcilla), Federer puede soltar una de esas demostraciones de suficiencia que le caracterizan, apareciendo como por arte de magia allí donde su rival envía los golpes (esta es, seguramente, la más importante de sus habilidades menos evidentes) y jugando a que la pelota bote en la línea para entretenerse.

Nada de esto ocurrió. Buscando continuamente golpes ganadores y con un ritmo de juego inusualmente rápido, un jovencísimo Nadal despachó al número 1 del ranking ATP en menos de una hora de juego, una duración inusualmente breve para un duelo de estas características y que da una idea de lo desnivelado de este primer encuentro.

Su primer enfrentamiento no pasa, por tanto, de ser una rareza en la historia de una rivalidad que se extiende a lo largo de una década y, por desgracia, se nos va terminando. Aunque resulta tentador buscar en este doble 3-6 un patrón que explique la anomalía que ha catapultado la popularidad del tenis (la incapacidad del mejor de la historia para imponerse a su perseguidor), hacerlo es un ejercicio inútil. Al fin y al cabo, aún quedaba un año para que Federer y Nadal volviesen a encontrarse, de nuevo en Miami, aunque ya en la final del torneo.

Con cientos de horas de lucha por delante, en marzo de 2004 nadie podía saber que la siguiente era del tenis no iba a estar marcada por un cruce de caminos, sino por la lucha de dos gigantes del deporte obligados a compartir uno solo.

Víctor Muiña Fano

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1 comentario

  1. En pocos sitios se hace referencia a la capacidad de Federer para moverse por la pista y desde luego que es una de sus máximas cualidades, aunque destaca menos que otras, claro… Porque, se habla del revés cruzado a dos manos de Nadal, pero qué decir del de Roger… Para ponerlo en cámara lenta todas las mañanas

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