Yo quiero ser Bochini

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Ricardo Enrique Bochini, el Bocha, solo jugó un partido en el Mundial de 1986 que ganó la Argentina de Bilardo y Maradona. Saltó al campo en el minuto 85 en sustitución de Burruchaga, su compañero en Independiente. Maradona se le acercó cuando estaba en la banda y le dijo: «Pase maestro, le estábamos esperando».

Independiente de Avellaneda se fundó el 1 de Enero de 1905, aunque unos meses antes los jóvenes que lo constituyeron se habían independizado de A la Ciudad de Londres, la galería comercial para cuyo club jugaban.

Tras esa fecha, las dos más importantes de la historia, gloriosa, del club, están relacionadas con Bochini: el 25 de Junio de 1972, cuando saltó al Monumental de River Plate, y el 5 de mayo de 1991, cuando se retiró. Su último partido fue contra Estudiantes de La Plata. Salió del campo lesionado y ya no volvió. Diecinueve años de rojo. La camiseta de Independiente destiñó un poco cuando se la quitó para siempre.

Independiente ya era un grande antes de Bochini. Con él, se hizo clásico, admirado, querido. La identidad del club de balón al piso y juego de combinaciones se convirtió en una fe. Bochini era su oficiante, la Doble Visera su templo. Pero predicaba en todos los campos, y en todos ellos tenía su congregación.

Bochini era el jugador ideal, al que todos querían y el que querían ser. Cuando le marcaba a Racing en el Cilindro, y sucedía tan a menudo que su primer gol en la Primera lo hizo allí, Bochini se daba la vuelta y se regresaba a su parte del campo. Pensaba que ya era suficiente con haber hecho el gol; no hacía falta añadir insulto a la herida.

Cuando jugó su partido quinientos en 1986, portada en El Gráfico, en el José Amalfinat, el fortín de Vélez le ovacionó. El blanco y azul se tiñeron de rojo mientras el Bocha saludaba sonriente a la grada. En Boca lo adoraban como si fuese un local, e incluso coqueteó a finales de los ochenta con un traspaso cuando a los xeneizes los entrenaba Omar Pastoriza, su ex-compañero y ex-DT en Independiente.

Mientras en 1984 el gran Rojo de mitad de la década aplastaba al Liverpool en la Intercontinental jugada en Tokyo, aquella prolongación de la Malvinas por otros medios, todos los argentinos empujaban, tocaban y levitaban con Bochini. La camiseta del 10 era rojo puro, pero le pertenecía un poco a todos. Tal vez porque su fútbol permaneció en el país, porque jugó siempre para los aficionados argentinos, secreto al resto del mundo. El genio doméstico, el mejor 10 que nunca viste.

En los setenta, cuando apareció aquel Independiente demoledor que coleccionaba Libertadores, cuatro consecutivas entre el 72 y el 75, Bochini era tan rápido que ni se le veía. Gambeteador y vertical al tiempo, desarrolló su estilo sutil y quirúrgico junto al mejor amigo que pudo tener: Daniel Bertoni.

Extremo derecho, Bertoni era un maestro de la pared. Para Bochini, combinar con Bertoni era como hacerlo con un espejo. Entre ellos había telepatía. Parecían compartir pie, cerebro y una sensibilidad particular por el juego de pase. Una de sus largas jugadas destruyó a la Juventus en la final de la  Intercontinental en Roma, tal vez el más brillante destello del Bocha que se pudo ver en Europa.

Era, aquel Bochini joven, la quintaesencia del futbolista argentino: jugaba sobre el campo como lo hacía en el potrero. Pequeño y frágil, tenía que llegar antes y desaparecer rápido, tocar y salir, romper una fracción primero, mandarla al rincón. Bochini respetaba tanto a la pelota que nunca le pegaba: la acariciaba, le pedía amablemente que entrase en la portería. Los mejores goles (y son casi todos) del Bocha son un pase a la red.

Cuando Bochini perdió esa velocidad extra, transfiguró en un mejor futbolista. El balón, que corre más que ningún jugador, le hacía caso en todo y sus conocimientos del campo lo convertían en superior. Retrocedió unos metros y conquistó la mitad de la cancha. Era un natural. Todo lo que hacía era lo más sencillo. Rápido y suave, hermoso sin caer en el arabesco, el exhibicionismo o la arrogancia. Era tan bueno que no sentía la necesidad de demostrarlo.

Aquel Independiente lo rodeó de lo mejor que nunca tuvo en el sitio donde se fabrica el fútbol: la clase de Burruchaga, el cerebro de Marangoni y el empuje de Giusti. Bochici, de quien se decía que hacía goleador a cualquiera, hizo parecer a Percudani un Arsenio Enrico revivido.

Era una falta de respeto fallar un balón puesto por el 10; ni el juego ni Bochini se lo merecía y los delanteros lo entendían así. Aquel Independiente era el último ejemplar vivo de la edad lírica del fútbol argentino de los setenta, el que su propia tradición representaba y que el Huracán de Menotti y su selección había llevado a un punto de debate nacional, opuesto al Bilardo de Estudiantes y la selección del 86.

Bochini encarnaba, con su tipo de jugador atemporal, una honestidad y una ética que no era solo futbolística, sino vital: una manera de estar. Bochini no engañaba porque la pelota es sincera. Su palmarés, impresionante, hizo que esta manera de interpretar no fuese un brindis al sol. Valía pagar la entrada para verlo, porque en todo partido y todo campo dejaba algo de verdad; pero también retribuía la fidelidad al final de casi cada curso en la forma de un nuevo trofeo.

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