Cinefórum CXII: Mandarinas

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La guerra, nos guste o no, es una parte esencial de la historia y la psicología humanas. Quizá por ello el género bélico es uno de los más fecundos de la historia del cine, al que ha regalado muchas de sus obras maestras. Sin embargo, por cada muchacho deseoso de ir a la guerra, hay miles de hombres que, como Boris Grushenko la semana pasada, están deseando escapar de ella. Los que lo logran quedan relegados a la retaguardia, alejados del peligro, de la acción, y por lo tanto también de las cámaras. Es el caso de Ivo, un anciano estonio que vive lejos de su país junto a su amigo Margus, rodeado de una guerra que no entiende.

Aferrado a un terruño del noroeste de Georgia por motivos a los que no nos referiremos, Lembit Ulfsak da vida a un ebanista que pasa los días haciendo cajas para la cosecha de mandarinas de su vecino. Margus, por su parte, vive entregado al cultivo de una fruta que sirve, en este caso, de anaranjada metáfora de una buena vida acosada por la sinrazón. La idílica sencillez con la que ambos viven se ve truncada cuando la plaga de la guerra llega a sus campos bajo la apariencia de dos soldados enemigos, un georgiano y un mercenario checheno, a los que no obstante deciden socorrer.

Las Mandariinid (Tangerines) del director Zaza Urushadze se convierten de este modo en una versión doméstica e íntima de la magistral En tierra de nadie (Danis Tanovic, 2001), en la que la proyección internacional de un conflicto local queda sustituida por la vida en comunidad de cuatro hombres capaces de resolver la guerra dentro de los muros de su hogar. Mandarinas entra de este modo en el subgénero de las películas antibelicistas, recordándonos que la guerra existe en la medida que los hombres buenos desaparecen. Son otro tipo de personajes los que, entonces, volverán a llamar a la puerta.

Con la pérdida de una cosecha de mandarinas puede quedar rota la conexión de un anciano con la tierra que ha trabajado, con el suelo que dio de comer a su familia y por el que hombres que él no comprende están deseando matarse. A Ivo ya solo le quedará continuar enterrando lo que le depare la vida en un montículo que mira al valle de Abjasia en el que ha vivido toda su vida; el valle en el que su bondad se va quedando sola y en el que pronto le alcanzará la muerte.

Víctor Muiña Fano

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