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Cinefórum LXXIX: «Tres reyes»

Volvemos a los desiertos de Irak pero esta vez con protagonistas norteamericanos. Retrocedamos doce años en el tiempo desde que Satélite y el resto de niños recogían minas para malvenderlas en el mercado negro en Las tortugas también vuelan (Bahman Ghobadi, 2003); nos encontraremos entonces en febrero de 1991, fecha en la que la primera Guerra del Golfo tocaba a su fin, los países aliados conseguían liberar Kuwait de la ocupación iraquí y se firmaba el armisticio entre la alianza liderada por el ejército norteamericano y Saddam Hussein. Es aquí donde comienza la historia que nos muestra Tres reyes (David O. Russell, 1999), la de tres militares que se lanzan a la búsqueda de un rumor incierto pero que les puede hacer ricos, la localización exacta del búnker donde se esconde el oro kuwaití que robó Saddam Hussein.

La historia no es original y su desarrollo es sencillo, por momentos puede parecer una revisión actualizada de la mítica cinta protagonizada por Clint Eastwood, Los violentos de Kelly (Brian G. Hutton, 1970) ya que aunque sea más cínica y gamberra está cortada por el mismo patrón, pero esto no parece importarle mucho a su director, ya que su intención parece ser otra. Y es que, lo importante no es el hilo conductor, sino todo lo que le rodea y el mensaje antibelicista que trata y consigue transmitir. Porque el momento en el que se sitúa la acción no está elegido por casualidad, se podría haber conseguido una obra más épica si la búsqueda se hubiese situado en plena contienda, a ritmo de ráfagas de bala y bombardeos, con la adrenalina bombeando en cada escena; pero no es el caso, los cielos callan y el silencio ya no es muerte. Los dueños del mundo consiguen lo que quieren, intercambian el oro negro por plomo rojo y vuelven a callar. Y su silencio vuelve a ser muerte porque no detienen la mano de las represalias que caen sobre aquellos que creyendo sus promesas de libertad mordieron la voz de su amo.

David O. Rusell nos muestra el cinismo de la guerra, el mercadeo con vidas humanas, cómo los rebeldes iraquíes son abandonados a su suerte y como, en el arte de la guerra, amigo y enemigo son palabras intercambiables.

Pero esto es Hollywood y una píldora tan amarga hay que edulcorarla para que el público pueda tragarla sin protestar, así que se pone al frente del proyecto a un actor de moda, George Clooney, que realiza un gran trabajo, todo hay que decirlo; se le rodea de caras conocidas como Mark Whalberg y el rapero Ice Cube; y se envuelve todo con un apartado visual molón y un montaje frenético, a ritmo de videoclip, sobre todo en el primer tercio de metraje. A partir de ahí, la historia se vuelve más reflexiva, con diálogos reveladores entre vencedores y vencidos y momentos angustiosos y crudos que desenmascaran la cara oculta de la guerra, ese rostro sucio y maloliente que los medios cómplices prefieren obviar.

Todo está ahí, con pequeñas dosis de humor, con alguna cara guapa, con estética impactante, pero está ahí, sólo hay que querer verlo.

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