El eclipse de la fraternidad: la vigencia de un clásico

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La historiadora feminista Silvia Federici, dijo en cierta ocasión que las reflexiones de Marx sobre la «acumulación primitiva» como un proceso fundacional revelaban las condiciones estructurales que hacían posible la sociedad capitalista y permitían «leer el pasado como algo que sobrevive en el presente».[1] De la misma forma, la obra que motiva este texto, El eclipse de la fraternidad, ofrece la rara posibilidad de leer el tiempo (cualquier pasado, incluido el que aún no hemos conocido) como un organismo vivo, que se agita en múltiples direcciones, atravesado siempre en su interior por las contradicciones sociales que lo alumbran. Esta obra, publicada originalmente en 2004 y reeditada por Akal en 2019, es considerada, con justicia, uno de los mejores ensayos científicos escritos en castellano. Antoni Domènech reconstruye los orígenes históricos e intelectuales del programa del ala democrático-plebeya de la Ilustración europea, su gran momento de esplendor hasta las revoluciones de 1848, y su posterior decadencia, así como la influencia de los viejos ideales de libertad, igualdad y fraternidad en el proyecto socialista. En esta reseña se intentará presentar, sin afán de exhaustividad, alguno de los elementos que permiten contextualizar los objetivos de la investigación de Domènech, con la esperanza de dar cuenta no solo de su profundidad, sino también de su vigencia.

El objeto de estudio del Eclipse de la fraternidad se centra en la configuración de la tradición democrático republicana tras la constitución del pueblo llano en sujeto político durante la Revolución Francesa y en su devenir histórico; Domènech aborda también los orígenes del pensamiento republicano en la Antigüedad clásica así como su relación con el socialismo revolucionario. El subtítulo de la obra, de hecho, Una revisión republicana de la tradición socialista, deja clara la visión de la tradición socialista como una «terca continuadora, una y otra vez derrotada, de la pretensión democrático-fraternal de civilizar el entero ámbito de la vida social: erradicar el despotismo heredado de la vieja loi de famille (tanto el patriarcal doméstico como el del patrón sobre el trabajador), y erradicar el despotismo burocrático-estatal heredero de la vieja loi politique de los Estados monárquicos absolutistas modernos».[2]

El socialismo sería, en definitiva, el heredero de los principios republicanos, tesis que habla más de la continuidad del proyecto sociopolítico que de una prelación entre ideas (el propio Domènech apuntó en alguna ocasión que el subtítulo de la obra podría haber sido una revisión socialista de la tradición republicana) y que se ve respaldada por la reacción de los viejos poderes aristocráticos frente a las demandas democráticas. Domènech encuentra que el sentido contemporáneo de la idea de la fraternidad, el «gran valor olvidado de la tradición republicano-revolucionaria moderna», cristaliza en el célebre discurso sobre la composición social de la Guardia Nacional pronunciado por Robespierre ante la Asamblea Nacional en 1790. En ese discurso afirmó también la aspiración de abolir la distinción tradicional entre los «ciudadanos activos», que podían pagar un censo, y los «ciudadanos pasivos», relegados social y políticamente.

La fraternidad supondría, pues, la universalización de las libertades republicanas, en un salto conceptual que apunta al corazón mismo de la estructura de dominación del Antiguo Régimen: la distinción política entre propietarios y no propietarios. En síntesis, la nueva sociedad civil no solo habría de quebrar la distinción entre la esfera civil y política, sino que liquidaría también la distinción entre ley civil y ley de familia, con lo que queda amenazado también el «despotismo patriarcal», pues familia proviene de famuli (siervos), y si la fraternidad implicaba el acceso a la sociedad civil de todos los «domésticamente subalternos», ello implicaba que la igualdad y la libertad debía extenderse a «esclavos, criados, clientes, oficiales, aprendices, obreros sometidos a patrón… y ¡mujeres!»[3]. Sin embargo, como recuerda Domènech, inicialmente el sufragio universal no se extendió a las mujeres, y Robespierre no mostró particular interés por la moción que presentó la monárquica Olympe de Gouges para que se aprobase en Asamblea una Declaración de los Derechos de la mujer y la ciudadana. Solo al final de sus días terminó por comprender el Incorruptible que la constitución de una sociedad civil basada en los principios revolucionarios requería que las mujeres también fueran libres e iguales, aunque ello no implicaba que se liberasen, ni siquiera retóricamente, de la sujeción del hogar. De todas formas, y pese a lo limitado de algunos avances, el hecho de que las mujeres ocupasen un papel destacado en las protestas sociales y políticas de su tiempo causó pavor y desprecio más allá de toda medida en la sociedad conservadora. Tal y como expresa Domènech, la «cascada de insultos» que recibieron las mujeres que participaban en los movimientos populares de 1848 resuena particularmente cuando surgen grandes movimientos políticos democráticos tendentes a «dar el poder a los ciudadanos pobres, y con él, un viso de asomo femenino a la vida civil pública».[4]

La amenaza a las jerarquías sociales tradicionales implícita en los principios republicano-democráticos fue cabalmente comprendida por el pensamiento conservador, desde Burke hasta Bismarck, pasando por Tocqueville, que comprendieron que cualquier ideología que vinculase la libertad teórica con la material tendería a disolver la estructura de propiedad del Antiguo Régimen. En este sentido, encuentro que El eclipse de la fraternidad comparte algún objetivo con otra obra magna como es La persistencia del Antiguo Régimen, de Arno Mayer. Mayer, al igual que Domènech, deconstruye la visión de la Edad Contemporánea como un constante proceso de modernización política y social, uno de los lugares comunes más irreductibles de la mitología capitalista. Ambos autores constatan que la reacción conservadora frente al socialismo es, en realidad, una reacción contra el proyecto democrático, que se prolongaría, forzosamente transformado, en el movimiento obrero revolucionario. Arno Mayer recuerda que gran parte de las élites reaccionarias de finales del XIX temían al movimiento obrero no tanto por su proyecto revolucionario como por transportar la herencia radical de los principios democráticos dieciochescos, y pone como ejemplo a Gustave Le Bon, quien «se sentía más amenazado por las consecuencias populistas y democráticas del marxismo que por su desafío socioeconómico».[5]

Marx, de hecho, que reflexionó profusamente sobre la revolución de 1848, insistía en sus escritos a la AIT en la necesidad de extender la idea republicana de la fraternidad entre los trabajadores de todos los pueblos, aunque el movimiento obrero de los años sesenta ya no imaginaba una sociedad civil cuya libertad estuviera fundada en la extensión de la propiedad privada, sino en la apropiación común de los medios de producción, en el contexto del triunfo histórico de la gran industria. En la Europa posnapoleónica había medrado un nuevo tipo social: el burgués que rechazaba el retorno del absolutismo (más aún, sufragar con sus impuestos las cortes decimonónicas) y el poder de la Iglesia, pero que, convertido en patrón él mismo, celebraba la institucionalización del derecho a la propiedad. Esta fue la base material en torno a la que se fraguó el liberalismo decimonónico, que aspiraba a forzar algún tipo de compromiso entre el constitucionalismo, el sufragio censitario y la monarquía. La revolución de 1848, al menos en Francia, fue la última vez en la que en la que el Tercer Estado se uniría bajo la misma bandera, aunque campesinos, burgueses y proletarios tenían un «denominador común mucho más pequeño de lo que dieron a entender las heroicas ilusiones» que terminaron con el reinado de Luis Felipe[6]. A finales del siglo XIX, y sin menoscabo de la fortaleza y conquistas de los partidos socialdemócratas, especialmente del alemán, quedaba lejana ya la aspiración de los Marx y Engels de 1848, de clara impronta republicano-democrática, de que la clase obrera encabezara la lucha de todos los sometidos al despotismo monárquico.

Cuando la llamada República de la Fraternidad fracasó, el ideario revolucionario fraternal, esa estrella rutilante que había venido dominando la escena de la política democrática europea durante décadas y que había servido al «cuarto estado» (los trabajadores pobres) para emanciparse políticamente del «tercero» (los burgueses) desde 1790, quedó eclipsada: su más legítimo heredero, el movimiento obrero de inspiración socialista, apenas pareció acordarse de ella, salvo en momentos de particular, y a veces, enigmático simbolismo.[7]

Parte de la historia del socialismo en el siglo XX, por tanto, tiene que ver con el «eclipse de la fraternidad», esto es, con la pérdida de vigor de la aspiración republicano-democrática de diseñar un sujeto político mayoritario, sustituido por un proyecto revolucionario basado en la clase obrera. En la práctica, el corolario de esta nueva relación de fuerzas implicó que la mayoría de los partidos socialdemócratas suscribieran, de manera escasamente paradójica, algún tipo de pacto, más o menos sentido, con las fuerzas liberales y conservadoras que les permitiera acomodarse en un modus vivendi al mismo tiempo provisional e inamovible. La socialdemocracia rusa es una de las excepciones a esa norma, y Domènech argumenta que su triunfo tiene que ver con que la revolución bolchevique, en gran medida, se inspiró directamente en la tradición revolucionaria de 1848. Frente al obrerismo de la socialdemocracia europea (que rara vez aspiraba a convertir la retórica radical en praxis revolucionaria), los bolcheviques impulsaron una alianza entre la clase obrera, el campesinado, los intelectuales y la pequeña burguesía; es decir, intentaron constituir un Tercer Estado que se opusiera a los diversos despotismos de la autocracia zarista. El eclipse de la fraternidad explica a continuación las extremas circunstancias que condujeron al colapso de la experiencia radical democrática rusa y al ascenso del estalinismo, en relación con la reacción antisocialista europea que originó el fascismo y las tres grandes experiencias republicanas surgidas tras la Primera Guerra Mundial: la República de Weimar, la República de Austria y la  II República española que, «con su más famoso grito de combate, recordó al siglo XX, y por lo pronto, a miles de jóvenes hospicianos de todo el mundo que vinieron a pelear y, tantos, a morir con ella y por ella en las Brigadas Internacionales, que el viejo ideal de fraternidad republicana orgullosamente enarboladas por las también fracasadas Repúblicas francesas de 1793 y 1848 era un astro poderoso que, aun eclipsado, seguía determinando el campo de gravedad de la política democrática contemporánea».[8]

Hasta aquí se ha pretendido contextualizar alguno de los elementos que permiten acercarse a la tesis central del ensayo Domènech, sin afán de exhaustividad ni mayor objetivo que sugerir, mínimamente, la profundidad conceptual de esta obra. Merece la pena destacar también la calidad de la prosa de Domènech. Si aceptamos con Stendhal que el estilo consiste en «añadir a un pensamiento dado todas las circunstancias propicias para producir todo el efecto que ese pensamiento debe producir»[9], deberíamos concluir que el estilo de Domènech conjuga, como recomendaban las viejas preceptivas sobre el arte de narrar, profundidad con altura. La edición de Akal está a la altura en todos los aspectos, tanto en los formales y estéticos, particularmente pulidos y atractivos en su selecta colección Reverso, como en la acertada inclusión de un prólogo y un epílogo a cargo, respectivamente, de César Rendueles y Daniel Raventós, autores fundamentales para las ciencias sociales españolas cuya lectura es también obligada. Sería imprudente, en todo caso, dejar de mencionar que estamos ante un libro totalmente académico, sazonado con abundante aparato crítico de fuentes históricas, jurídicas y económicas; tanto el lector ocasional como el iniciado en estos temas harán bien en abordar la obra con la firme voluntad de adentrarse en un entorno intelectual polifacético y exigente. Aunque el principal objetivo de Domènech fuera convencer a sus lectores de que «para pensar políticamente, necesitan tener desde luego en cuenta su propia tradición política», creo destacable la lectura minuciosa de los argumentos de autores pertenecientes a tradiciones liberales o conservadoras. Como aconsejaba Perry Anderson en Spectrum, publicado en 2005, solo un año después de la obra que nos ocupa, en un mundo en el que la izquierda está en retirada es fundamental mirar a la cara a los adversarios teóricos, «sin indulgencia ni autoengaño», y estudiar a fondo sus argumentos, porque la derrota es una «experiencia difícil de dominar: siempre hay la tentación de sublimarla».[10]

Es difícil no percibir en estas páginas, siguiendo a Fitzgibbon Cella[11], un análisis aplicable a la actualidad; de la misma manera, cualquiera mínimamente familiarizado con los debates académicos de finales del XX recordará que el auge del posmodernismo favoreció que se extendiera, de forma generalizada, el acta de defunción de los «grandes relatos»; tantas misas se oficiaron por el marxismo que su impenitente obstinación en resucitar una y otra vez recuerda al mito de Ticio, castigado por Zeus a vivir eternamente mientras aves carroñeras devoran sus vísceras. Sería, sin duda, exagerado, imaginar el ascenso del fascismo del siglo XXI como la consecuencia directa de que unos incautos heterodoxos abrieran los grimorios del relativismo invocando, a su pesar, una pesadilla lovecraftiana que arrumbó toda certidumbre. La tradición intelectual de la derecha es lo suficientemente fecunda como para rastrear dentro de sus propias coordenadas los orígenes sociales e intelectuales de sus desarrollos políticos y podríamos incurrir, precisamente, en un ejercicio de relativismo posmoderno al igualar las obras (dispares, en méritos y planteamientos) de autores como Butler, Jameson o Lyotard, con las de escribas del fin de la Historia como Fukuyama o Huntington. Sin embargo, no cabe duda de que el zeitgeist de una época marcada por el arrollador triunfo del neoliberalismo, en la que el capitalismo se liberó de todo compromiso con un Estado social o democrático, destiló diversas escrituras de lo fragmentario que abonaron un escepticismo ante los principios universales consistente con la incapacidad de la izquierda para revertir su derrota en cualquier plano que no fuera el teórico. Domènech, como recuerda en su epílogo Raventós, fue particularmente duro con determinado tipo de posiciones relativistas, y celebraba tanto el retorno de Marx como detecta entre muchos estudiantes cierto hastío ante «las poses anticientíficas de una izquierda académica postmoderna cocida en el jugo de su propio narcisismo (…) y cierto desprecio, en el otro extremo, hacia los que se llenan la boca con la palabra ciencia (o con la palabra análisis) sin pretender aparentemente otra cosa que una rápida promoción académica a cuenta de estériles piruetas con conceptos y esquemas analíticos cuyo significado profundo ni siquiera tienen cabalmente entendido».[12]

El eclipse de la fraternidad, en definitiva, sigue siendo una herramienta de gran utilidad no solo para reflexionar sobre esta polémica, plenamente actual (podría afirmarse que la tensión entre lo particular y lo universal subyace aún en gran parte de los movimientos transformadores del panorama político español), sino para intentar proponer una síntesis que permita avanzar política e intelectualmente. Pocos argumentos más concluyentes hay para calificar una obra de clásico, especialmente cuando se trata de un trabajo científico, que constatar que el paso de los años no avejenta sus páginas ni diluye sus premisas, sino que acrecienta la utilidad de sus análisis. El eclipse de la fraternidad es un trabajo polifacético y erudito al que solo se puede hacer justicia invitando humildemente a disfrutar de su lectura y a dialogar a través de sus páginas con nuestro propio tiempo, pues Antoni Domènech posee la inefable cualidad de los augures verdaderos, que adivinan en las entrañas del pasado la sutil memoria del porvenir.


1 Silvia Federici, Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación primitiva (Madrid: Traficantes de Sueños, 2018), 27.
2 Antoni Domènech, El eclipse de la fraternidad. Una revisión republicana de la tradición socialista (Madrid: Akal, 2019), 28-29.
3 Ibid., 110.
4 Ibid., 148.
5 Arno J. Mayer, La persistencia del Antiguo Régimen (Madrid: Alianza Editorial, 1984), 267.
6 Domènech, El eclipse de la fraternidad. Una revisión republicana de la tradición socialista, 132.
7 Ibid., 28.
8 Ibid., 544.
9 John Middleton Murry, El estilo literario (México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1956), 99.
10 Perry Anderson, Spectrum. De la derecha a la izquierda en el mundo de las ideas (Madrid: Akal, 2008), 10.
11 Paul Fitzgibbon Cella, El eclipse de la fraternidad de Antoni Domènech: reseña de un clásico, Cuarto Poder (blog), [consultado el 15 de junio de 2020].
12 Ibid., 577.

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