La certeza del azar

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Todo está pasando ahora

La lluvia que debía limpiar la ciudad llegó en forma de fuego el demoníaco año de 1666. El primer paso para reconstruir Londres sería volver a elevar iglesias que se dirigieran al cielo. Para realizar tan sagrada labor, el elegido fue el científico Christopher Wren. El de San Pablo, como se le conoce popularmente. Y popular es. Pregúntesele a un londinense por el nombre de un arquitecto, y con toda probabilidad Wren será el primero que se cite. Si se pide una lista, quizá empiecen los titubeos, Norman Foster, Richard Rogers… Pero no tardará mucho en aparecer Nicholas Hawksmoor, olvidado durante doscientos años, y hoy en día uno de los arquitectos más famosos de Inglaterra.

Wren podía ser un genio, incluso más que eso (es difícil pensar en alguien más cercano a un dios que un arquitecto inglés), pero construir cincuenta y dos iglesias (mientras se ocupaba de otros asuntillos, como fundar la Royal Society), promueve el trabajo en equipo. Predecesor de los actuales arquitectos estrella, que firman diseños monumentales cada día par, Wren disponía de un equipo de colaboradores que le hacían la vida más sencilla. Y entre ellos se encontraba el joven Hawksmoor, quien se convertiría en su mejor pupilo gracias a su gran habilidad para el dibujo y a una creatividad que desde hace tres siglos ha venido intrigando a críticos y paseantes («su estilo único y original, su dimensión metafísica y telúrica, su gravitas eterna» vs. «¿pero eso qué coño es?»).

Tan bien hizo su trabajo como puntal de Wren, que cuando el dramaturgo y espía John Vanbrugh recibió el encargo de su amiguete Charles Howard (aka tercer conde de Carlisle) para que le diseñara una casa de campo así, de esas que causan impresión, el autor de The Provoked Wife y asiduo visitante de prisiones francesas, no dudó en elegir a Hawksmoor como asistente para que le ayudara a solucionar algunos problemillas, tipo cómo levantar un edificio. Porque toda la formación arquitectónica de Vanbrugh se podría resumir en que cuando le soltaron de la Bastilla estuvo unos meses paseándose por París admirando edificios, lo cual sin duda siempre es enriquecedor, pero pocas veces ha dado como resultado algo como Castle Howard. Conocido por todo el mundo como Brideshead (fue la localización elegida tanto para la famosa adaptación televisiva de la novela de Evelyn Waugh de los años 80 como para su más reciente versión cinematográfica), se trata de la primera (y una de los más esplendorosas) manifestaciones del barroco británico.

Por eso, cuando se cuestiona a Hawksmoor por no haber firmado un edificio emblemático, hay que empezar a cuestionarse los principios de autoría. Además de en San Pablo y Castle Howard, nuestro arquitecto dejó su huella en Blenheim, la abadía de Westminster, o el All Soul College. Es decir, muchos de los edificios más reconocibles y admirados de la arquitectura británica. El problema es que durante mucho tiempo el nombre de Hawksmoor desapareció de la historia. Pero no nos precipitemos, antes de hablar de su olvido póstumo, tenemos que celebrar su gloria en vida.

El juego psicogeográfico de la semana

En función de lo que busque, elija una región, una ciudad de población más o menos densa, una calle más o menos animada. Construya una casa. Elija los muebles. Saque el mejor partido de su decoración y de su tapicería. Elija la estación y la hora. Reúna a las personas más aptas, los discos y los licores que convengan. La conversación deberá ser evidentemente de circunstancias, como el clima exterior o sus recuerdos. Si no ha habido ningún error en sus cálculos, la respuesta debe satisfacerle.

El plan de reconstrucción de Londres llevado a cabo por Wren solo había sido el primer paso para recuperar la ciudad después de que casi desapareciera bajo las llamas. Así, en 1711 el Parlamento aprobó una ley que promovía la construcción de otras cincuenta iglesias, ambicioso proyecto que sería sufragado con un impuesto sobre el carbón. Se convocó un comité, formado por sabios (entre los que se encontraban Wren, Vanbrugh) y también por unos cuantos clérigos, y se eligió a Hawksmoor para que se encargase de la construcción (o al menos de la inspección de obras) de las cincuenta iglesias. Al final, como suele pasar, la ambición de las ilusiones se vio defraudada por las limitaciones de la realidad, pero aún así se consiguió completar una docena de iglesias, seis y media de ellas ideadas por Hawksmoor.

A menudo en la historia del arte los expertos se enzarzan en discusiones bizantinas sobre escuelas, influencias o estilos, pero en el caso de Hawksmoor la divergencia de opiniones llega hasta tal punto que su obra ha sido calificada tanto de gótica como de barroca, discrepancia que, más allá de ser un reflejo de su eclecticismo, no parece razonable hasta que se ven sus edificios. Pero este carácter genuino y a la vez amalgamado de sus edificios no es el único motivo de extrañeza que causan sus iglesias. Lo primero que llama la atención es su ubicación, en el East End londinense. Lo normal habría sido situar estas monumentales construcciones en la City, o en Westminster, emblemas del poder, pero en este popular barrio, cuna de los cockneys y origen de algunos de los más famosos delincuentes de la capital británica, su sombra produce una disrupción turbadora.

Además, el propósito de Hawksmoor era que bajo la égida de sus iglesias se sintiera la presencia de la religión como salvación. Aunque en realidad la sensación que producen es más bien de amenaza. Esta ambición, que pretendía que la arquitectura fuera algo más que un arte o un oficio, y que Wren sintetizó en su aforismo «el objetivo de la arquitectura es la eternidad», se combinaba en Hawksmoor con una intención moralizante y de reformismo social. Pero fue precisamente esta pretensión de trascendencia lo que labraría su desgracia. Ya se sabe que los ingleses no se toman nada en serio, y pronto las iglesias de Hawksmoor se convirtieron en motivo de burla. Ya antes de morir se había impuesto en Inglaterra el nuevo estilo neoclásico abanderado por el gran arquitecto italiano Andrea Palladio, frente a cuya sencillez y armonía la obra de Hawksmoor era vista como pomposa, grandilocuente y un punto ridícula. El tiempo no hizo más que ahondar en el desprecio, y para los circunspectos victorianos el estilo de Hawksmoor era directamente una abominación. No es de extrañar, pues, que su nombre cayera por completo en el olvido y que incluso se atribuyera erróneamente su obra a otros arquitectos. Pero si estoy escribiendo esto es porque algo pasó.

Es difícil resumir qué fue la Internacional Situacionista. Y ni aunque pudiera extenderme. En política, por ejemplo, llegó a definirse totalmente en serio (bueno, si los situacionistas podían hacer algo totalmente en serio) como anarco-trotskistas. Pero podemos acercarnos a su ideología reproduciendo algunos de sus eslóganes (después de todo, su momento de gloria llegó en mayo del 68, cuyo mayor legado se podría resumir en unas cuantas frases ingeniosas):

«Hay que buscar una nueva civilización, poniendo patas arriba la sociedad».

«La vida debe ser apasionante, y para ello hay que romper con toda restricción».

«Tenemos que liberar la vida, liberar la villa».

«El arte, la manifestación artística, no tiene ningún valor, solo vale como expresión de la vida».

«Nada de lo anterior vale la pena».

Pero no todo el legado de los situacionistas se borró cuando se pintaron las paredes. Es el caso de la psicogeografía, quizá su aportación más relevante, que últimamente incluso se podría decir que se ha convertido en una moda. Se trata de un concepto que funciona a varios niveles, para el que contamos con una sucinta descripción de Guy Debord, padre del situacionismo: «la psicogeografía es el estudio de los efectos precisos del medio ambiente geográfico, conscientemente organizados o no, actuando directamente sobre el comportamiento afectivo de los individuos».

Ahora podría disertar sobre cómo la Primera Guerra Mundial supuso un trastrocamiento de los valores, un cambio en los gustos estéticos, una nueva percepción sobre la vida y el arte que propiciaría el surgimiento de las vanguardias. Y todo eso. El caso es que si hasta entonces Hawksmoor había sido reivindicado en muy contadas ocasiones (aunque, eso sí, por artistas tan destacados como Soane o Turner), y no se podría localizar ni un solo discípulo que mantuviera vivo su estilo, a partir de los años 20 su figura empezó a popularizarse. Así, su nombre aparecerá en Tierra baldía, de T. S. Eliot, uno de los libros de poesía más influyentes del siglo, y también en ¡Noticia bomba!, la popular novela de, otra vez, Evelyn Waugh. Ha comenzado el runrún.

Pero habrá que esperar hasta los años 60 para que se produzca la verdadera eclosión. Gracias al libro monográfico que Kerry Downes dedicó a Hawksmoor, sus edificios son por fin correctamente identificados, y empieza a conocerse su verdadera importancia en la historia del arte. Aparecen más libros, se celebran exposiciones e incluso llega a formarse un Comité Hawksmoor que batalla por la preservación y rehabilitación de sus edificios. (Por cierto, este comité está presidido por el poeta laureado John Betjeman, mientras que el pionero hawkmoorista Eliot rechazó firmar un manifiesto en defensa del arquitecto porque estaba mal escrito y se negaba a poner su nombre en tamaño dislate, más todavía cuando su destinatario era nada menos que The Times).

Fue entonces cuando a Hawksmoor, hasta ese momento sin descendientes, empezaron a salirle hijos por todas partes. Arquitectos como Denys Lasdun o Robert Venturi comenzaron a reivindicar la pureza de sus edificios, el sentido casi abstracto de una arquitectura esencialista. Pero no solo los arquitectos empezaron a fijarse en su obra. Frente a la impersonalidad del nuevo Londres, los edificios de Hawksmoor señalaban la permanencia de su historia, la idiosincrasia de una ciudad que parecía haberse olvidado de sus raíces, pero que todavía, quizá de manera subliminal, aunque muy poderosa, tenía un carácter particular y orgulloso. Y qué más puramente londinense que el East End. O al menos eso pensaron numerosos artistas que en los años 70 eligieron este barrio (también por motivos económicos, no vamos a engañarnos) como lugar de residencia. Un barrio no solo marcado por las iglesias de Hawksmoor, sino por su largo historial de crímenes y misterios. Nuestro arquitecto ya había pasado a la historia, ahora iba a comenzar su mito.

La ciudad situacionista está poblada de edificios con un gran poder evocador y simbólico. Cada barrio debe representar un sentimiento: el Barrio Raro, el Barrio Feliz, el Barrio Noble y Trágico (para los niños sabios)… Se trata de una ciudad cambiante, que se transforma de hora en hora. En palabras de Henri Lefebvre (El derecho a la ciudad): «la ciudad ideal conlleva la obsolescencia del espacio: cambio acelerado de casas, emplazamientos, espacios preparados. Estamos hablando de la ciudad efímera, obra perpetua de los habitantes, a su vez móviles y movilizados por y para esta obra. En ella, el tiempo recupera su lugar, el lugar primordial».

Se trata, pues, del espacio ideal para la deriva, ese deambular sin rumbo fijo, sin objetivo alguno. Nada de ir todos los días de casa al trabajo y del trabajo a casa por los mismos sitios. No. Cuántas veces nos ha deslumbrado el descubrimiento de una edificio oculto que sin embargo habíamos visto miles de veces. Ese rincón oscuro que de repente se vuelve luminoso. Esa fuente escondida en el parque que nunca había llamado nuestra atención. Los situacionistas impelen a estar atentos, a quebrar la rutina, a descubrir los espacios mágicos de los que la monotonía del camino cotidiano nos priva.

Si hubiera que buscar al mentor intelectual del mito Hawksmoor, no haría falta contratar a ningún detective para descubrir al culpable: Iain Sinclair. Pese a su sólida formación universitaria y a su indiscutible talento, Sinclair decidió, por lo que sea, vivir la vida de la manera más sencilla posible, signifique eso lo que signifique, lo que le llevó a mudarse al East End y dedicarse a trabajos como la venta de libros o la jardinería. Y fue mientras ejercía este oficio cuando le llegó la iluminación, a través de una sombra. Estaba Iain plantando claveles (cosa bastante improbable en el East End londinense, es una forma de hablar), cuando, de repente, el sol desapareció, dejándole en penumbra. Se dio la vuelta y ahí estaba, proyectando su sombra, la fachada ominosa de St George-in-the-East. Bueno, esto es una dramatización, pero más o menos.

La cuestión es que Sinclair se obsesionó con Hawksmoor, y la que ha organizado. En Lud Heat, un libro bien raro de 1975, mezcla de poesía (en la que se deja ver la huella de T. S. Eliot), ensayo y diario, incluyó el capítulo «Nicholas Hawksmoor, sus iglesias» (incluido en la antología La ciudad de las desapariciones, publicado en español por Alpha Decay). El texto se abre con una cita de Thomas de Quincey, «todos los peligros, especialmente los malignos, son recurrentes», que será el leitmotiv de Sinclair: como señala Owen Hopkins en su libro sobre Hawksmoor, aquí se encuentra el génesis de todo lo que estaba por llegar.

Con las iglesias de Hawksmoor como eje central, Sinclair establece una genealogía de lo oculto y del mal que incluye la obra del iluminado William Blake, los crímenes de Jack el Destripador, los asesinatos de Ratcliffe Highway, los estragos de la peste de 1665, un cementerio romano e incluso la arquitectura egipcia. Hasta Fu Manchú tiene una aparición estelar, ya que era en esta zona donde vivía el malvado criminal chino, en cuyas novelas se retrata un Londres subterráneo que puede pasar desapercibido pero que es muy real, «un submundo criminal y donde todo está oculto». Al mismo tiempo que iniciaba el revival de Hawksmoor, Sinclair había dado una nueva dimensión a la psicogeografía, que se convertía nada menos que en la puerta de entrada para penetrar en un universo tan palpable como desconocido.

Para descifrar este mapa, nada mejor que utilizar los edificios de Hawksmoor como clave. Eso de las películas de trazar líneas que unen las iglesias y tenemos un perfecto plano en el que coinciden los crímenes más sangrientos con cada una de las obras de Hawksmoor, como si fueran un imán para el mal. Que todo esto esté cerca del disparate no evita que la narrativa sea fascinante, y si no que se lo digan a Peter Ackroyd, el afamado escritor británico que utilizó la intuición de Sinclair para firmar la absorbente Hawksmoor. Pero, ojo, que el nombre de la novela no hace alusión a nuestro arquitecto, sino a un detective de mediados de los 80 que investiga una serie de asesinatos que tienen lugar… no destriparé donde. Pero el libro, compuesto por dos partes situadas en siglos diferentes y que se narran en capítulos sucesivos, sí que incluye la figura de Nicholas Dyer, un arquitecto ficticio pero claramente basado en Hawksmoor (el nuestro, esto empieza a ser confuso). Solo que Ackroyd enriquece a su personaje con ciertas manías ocultistas y demoníacas. Con esta imbricada estructura, como señala Hopkins, el autor resalta el sincronismo «la conexión temporal entre diferentes sucesos en apariencia sin relación». Es decir, pura psicogeografía.

Con Sinclair y Ackroyd como referentes (además de una documentación abrumadora), Alan Moore ya tendría suficiente material de base para construir uno de los libros más relevantes de las últimas décadas: From Hell.

Pero no todo va a ser improvisación. Las situaciones también deben ser construidas. Por ejemplo, transformemos las iglesias en laberintos para el solaz de los trabajadores; cerremos los museos y repartamos las obras de arte entre los bares; establezcamos el libre acceso a las prisiones. Todo es un juego, así que divirtámonos. Que las calles no tengan nombre, que en las estaciones no sepamos el destino de los trenes. Convirtamos la vida en una obra de arte. La sorpresa puede estar en cualquier sitio, lo inesperado puede asaltarnos en cualquier momento. Pidamos a lo imprevisible que frustre a lo esperado.

Si te pones a leer La cuarta dimensión y cómo alcanzarla, del matemático Rudy Rucker, uno de los libros que Alan Moore estudió en profundidad cuando preparaba From Hell, lo más probable es que acabes boquiabierto y con dolor de cabeza. Porque, no nos engañemos, llega un momento en el que las explicaciones lógicas que da el autor para demostrar la existencia de múltiples dimensiones que se escapan a nuestra percepción, por muy bien explicadas que estén y mucho humor y dibujos que les meta, te superan. Intuyes, crees haber comprendido (hasta que una semana después intentas explicárselo a otra persona), pero a fin de cuentas no sabes muy bien qué te estaba contando. Por eso es mucho más sencillo dejar las explicaciones científicas de lado y dejarse llevar por las chorradas esotéricas. Que sí, no tendrán mucha credibilidad, pero al menos las comprende todo el mundo. Y si la conclusión es la misma, pues todos contentos.

Así que Moore, el mago, pudo tener muy en cuenta sesudas reflexiones sobre los universos paralelos, el mundo cuántico y tal, pero lo que junto a Eddie Campbell llevó a las páginas de From Hell fue un relato puramente novelesco, una amalgama de datos históricos mezclados con coincidencias más o menos forzadas, interpretaciones laxas de la realidad y pura, brillante imaginación. Es igual, no vamos a exigirle a un cómic (o a una novela, a una película) rigor científico. Sí entretenimiento. Y que te dispare las neuronas. Y eso Moore lo consigue como pocos. Hay tantas ideas, tantos hallazgos, tantas historias posibles e imposibles en From Hell, que se diría que es uno de esos libros que no se acaban nunca, un universo propio que puede llevar a una obsesión comparable a la de los gull catchers.

De hecho, a primera vista From Hell no es más que otra narración sobre la verdadera identidad de Jack el Destripador, pero en realidad las teorías conspirativas y los supuestos secretos desvelados, por muy atractivos que sean, no son más que una parte si no marginal sí colateral al verdadero corazón de la obra, que no es otro que la descripción de esa ciudad oculta que subyace bajo el aparente orden victoriano. Una ciudad regada por la sangre y cuyo pasado, marcado por la barbarie y el horror, sigue vivo. Los fantasmas no son almas vagantes que no tienen otra cosa mejor que hacer que pasearse por ahí dando sustitos, sino los muertos imponiendo su presencia sin que podamos hacer nada para evitarlos. De la misma manera, los lugares, los edificios, tienen una historia a la que no podemos sustraernos, un legado del que somos herederos involuntarios. Su indeleble presencia ejerce sobre nosotros, aunque sea de manera inconsciente, una atracción que se nos impone y que nos influye hasta más allá de lo que podríamos reconocer.

Todo esto lo explica Moore de manera insuperable en el cuarto capítulo de From Hell, cuando el doctor William Gull se lleva a su cochero de gira por los lugares más ignominiosos de la historia de Londres, con un protagonismo especial de las iglesias de Hawksmoor. En este tour de force (en más de un sentido), Gull-Moore descifra la mitología oculta de la ciudad, transformando la banalidad de lo conocido en trascendencia metafísica. Se trata de un viaje alucinado y febril, un descenso a los infiernos, como se suele decir, pero sin salir del barrio. Un recorrido simbólico pero muy real en el que coinciden Hawksmoor, Sinclair, la psicogeografía, la cuarta dimensión y una verdad profunda y poética.

Otra escena todavía más destilada, que resume de manera magistral todo este embrollo, es aquella en la que Gull-Jack el Destripador está arrastrando a una de sus víctimas por un callejón cuando, de repente, ve a través de una ventana a un tipo que está viendo la televisión en su casa. Un tipo que podríamos ser nosotros viendo Whitechapel. Se ha producido el cruce entre dos mundos coexistentes pero que habitualmente se dan la espalda. Ese chispazo que a veces nos sobresalta cuando tenemos la sensación de estar en otro lugar, aunque estemos donde siempre. Porque lo que ha cambiado no es el espacio, es el tiempo. Porque el tiempo no existe, todo está pasando ahora.

Ejercicio de la psicogeografía, por Guy Debord

«Piranesi es psicogeográfico en la escalera».

«El cartero Cheval es psicogeográfico en la arquitectura».

«Luis II de Baviera es psicogeográfico en la realeza».

«Jack el Destripador es probablemente psicogeográfico en el amor».

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