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La crisis de la España del 78, capítulo II: del catalanismo hacia el bloque popular

Escribió un buen amigo, al calor de los acontecimientos del pasado 1 de octubre, que lo vivido ese domingo en Cataluña alteraba profundamente las coordenadas políticas del proceso independentista. En unas horas, la pugna en torno al referéndum había dejado paso a la confrontación de un bloque popular contra otro, siempre opuesto al primero, que pasaba a definirse entonces como el antipopular. No pude estar más de acuerdo. Creo que merece la pena explicar por qué, y que para ello es imprescindible repasar brevemente nuestra propia historia.

No importa, para ello, cuándo queramos establecer el nacimiento de España. Incluso si nos decidimos por la unión dinástica de los Reyes Católicos, descubriremos un proyecto pronto sometido a una fuerte presión por parte de diversos regionalismos y nacionalismos periféricos, entre ellos (y sobre todo) el catalán. El actual proceso independentista, no es sino el último episodio de una larga historia que transcurre en paralelo a la del Estado español.

Durante mucho tiempo, y también tras la aparición del nacionalismo romántico en la Historia Contemporánea, estos movimientos no han sido siempre homogéneos: algunos han tenido una inspiración progresista y otros conservadora; unos fueron monárquicos, otros republicanos. Debido a estas discrepancias, la colaboración entre ellos no ha sido, en absoluto, una constante histórica. La comunión de intereses entre sensibilidades tan distintas es, en cierto modo, una rareza. Por ello, cabe preguntarse qué ha llevado a la burguesía catalana y las clases populares a establecer una alianza capaz de haber soportado hasta ahora la presión generada por un proceso como el actual. Y no deja de sorprender el empeño de unos y otros (en esto coinciden de nuevo, curiosamente, sensibilidades muy diferentes que alcanzan desde los militantes de izquierda hasta Mario Vargas Llosa) en entregar la hegemonía de este movimiento a sus fuerzas más conservadoras; a la protección de los privilegios económicos de la burguesía catalana. Ese es el sentido del relato que establece que la enorme masa de ciudadanos movilizados ha caído en el viejo engaño de la patria. Una explicación demasiado sencilla para un proceso muy complejo.

La cuestión de las sinergias internas del catalanismo merece mayor reflexión. Para contextualizarla, cabe recordar el excelente trabajo de Pere Gabriel, que demostró que, desde mediados del siglo XIX, el liderazgo del catalanismo correspondió, en muchos momentos, a las clases populares; singularmente fue así durante una fase de la Restauración Borbónica y, por supuesto, a lo largo de la Segunda República y la Guerra Civil. El desenlace de todas ellas, el Franquismo, castigó sin rubor durante cuarenta años cualquier desviación de la España hegemónica y con ello abonó el terreno que todavía impulsa el actual consenso catalanista.

También la Transición ofrece varias claves para comprender lo que está sucediendo: la izquierda aceptó en aquel momento un acuerdo de mínimos, asumiendo el espacio de posibilidad ofrecido por el resto de actores políticos y colaborando en la transformación de las instituciones franquistas en otras homologables a las de nuestro entorno. El problema, como tantas veces se ha señalado, no estuvo tanto en las arriesgadas decisiones de aquellos días, como en la inacción de los siguientes. Tras demasiadas décadas, no ya de inmovilismo, sino de una lenta pero inexorable deriva en una determinada dirección, el arranque del siglo XXI presenció el estallido de una crisis ante la que las clases populares buscaron vehículos para su frustración. En toda España surgió entonces el 15M, poética marea horizontal (que alumbró otras más verticales y prosaicas). Pero, en Cataluña, superada esa fase, las reivindicaciones de los indignados regresaron al terreno en el que siempre habían sido atendidas: el soberanismo.

Este movimiento incomoda a buena parte de la izquierda española, que sufre una recaída en el viejo dilema que empuja a escoger entre la soberanía de los pueblos y la defensa de un cierto internacionalismo que recuerda lo absurdo de las patrias, las banderas y las fronteras. De eso, ya discutieron Lenin y Rosa Luxemburgo hace ya mucho tiempo. Un siglo más tarde, los grandes bancos y empresas de Barcelona trasladan su sede lejos del procés y la calificación de la deuda catalana se acerca a la del bono basura. Al borde del abismo que supondría proclamar la DUI apoyándose exclusivamente en una movilización popular, ¿alguien puede pensar aún que este proceso es solo resultado de un órdago mal calculado de la burguesía catalana?

El politólogo Lluis Orriols lleva semanas explicándole a todos los que le quieren escuchar, que diversas investigaciones apuntan que el proceso independentista hace tiempo que responde, sobre todo, a la iniciativa popular. Ayer mismo, el propio presidente del gobierno, Mariano Rajoy, se refirió al desafío de un nuevo nacionalpopulismo. Llegados a este punto, si la hoja de ruta nació como una estrategia de unos cuantos alfiles o no, es irrelevante: los peones han tomado el control y ello está influyendo claramente en la actitud de algunos líderes independentistas en las últimas jornadas. Desde la perspectiva que imponen las reivindicaciones del bloque popular catalán (que fue también la que asumió Lenin para desarrollar su argumentación contra Rosa Luxemburgo), la posición de la izquierda ante el proceso comenzaría a pivotar. Ante la pugna entre un frente que reclama el ejercicio una nueva soberanía y otro que defiende el actual (e insostenible) estado de la cuestión, muchos ciudadanos podrían tomar partido, recoger parte de las reivindicaciones del catalanismo y tender, de este modo, nuevos puentes hacia Cataluña.

La crisis territorial se convertiría, por tanto, en una crisis de Estado. La respuesta del gobierno al referéndum del 1-0 ha sido el mejor regalo que podía recibir el proceso independentista: el sujeto pueblo catalán (es así como se denomina a sí misma la parte de la sociedad catalana que se ha movilizado) se ha terminado de definir en contraposición al desatino del Ejecutivo y ahora se siente legitimado para hacer una declaración unilateral de independencia. En la respuesta que pueda dar el Estado a este nuevo desafío, pero, sobre todo, en la del pueblo español (siguiendo con la analogía) a sus posibles consecuencias, se juega el futuro común de aquello que hasta ahora ha integrado el proyecto español. No obstante, ante la profunda brecha social que revela cualquier conversación cotidiana (también fuera de Cataluña), surgen dos grandes dudas: no sabemos si hay suficiente pueblo español dispuesto a escuchar la llamada catalana, por un lado, ni conocemos las opciones del catalanismo si no logra extender su perímetro hacia el resto de la Península.

No quisiera concluir sin explicar por qué he incidido tanto en la enorme influencia del Franquismo en esta serie de acontecimientos: si se siente ofendido por esta mención o considera que lo más responsable es no reabrir las viejas heridas de la dictadura, es usted un insensato. Rehúso aceptar una sola vez más el absurdo mantra que invita a «mirar juntos hacia el futuro». El olvido impuesto a la sociedad española ha dado forma a los raíles que han traído al Estado al borde del precipicio: después de cuarenta años de amnesia, los partidarios de la desmemoria deberían revisar el escaso éxito de su estrategia y reflexionar sobre lo que en realidad esconde la negativa a revisar muchos aspectos de nuestra democracia, sobre los que un pueblo verdaderamente soberano podría alcanzar nuevos consensos. Hasta que no hablemos de España, seguirá habiendo más de una y cada envite salvado por el régimen del 78, por más que aparente reforzar a sus actores más conservadores, debilita nuestra democracia.

En la respuesta del gobierno al desafío secesionista y su acogida por buena parte de la ciudadanía española, se revela un profundo problema: demasiadas líneas rojas limitan (y amenazan) el ejercicio e incluso la comprensión de nuestra propia soberanía.

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6 comentarios

  1. Los acontecimientos de los últimos días suponen un hecho irreversible en la historia de España: la GC o la legión, o vete a saber quién podrán mantener la supuesta legalidad en Cataluña y en otros rincones de la península, pero esta semana España ha dejado de ser ese país monolitico que se pretende desde Madrid.

  2. Este artículo, sumado al anterior sobre el referéndum, resume perfectamente un proceso muy complejo. Se agradece que haya medios que permitan sintetizar opiniones que cuesta llegar a leer incluso en las nuevas cabeceras actuales.

  3. El artículo se plantea dos grandes dudas: intentaré, modestamente, responder a las dos.

    1-No, no hay suficiente pueblo español dispuesto a aceptar la independencia de Cataluña. Ni la mayoría del «pueblo (primero deberíamos definir este concepto, pero eso es harina de otro costal, y por ahora lo dejaremos) español» está a favor, basta sacar el tema en cualquier situación más allá de personas que puedan pensar igual que uno mismo para darse cuenta. Ni sus representantes políticos en Congreso y Senado lo están tampoco. La suma de los diputados de PP, PSOE y C’s es mayoritaria y no tienen dudas al respecto en su defensa de la Constitución del 78.

    2-Las opciones del independentismo catalán (el catalanismo puede tener más acepciones más allá de posiciones independentistas), ahora mismo son nulas, tanto en el contexto europeo como en el internacional, porque ¿qué países apoyan la independencia catalana?. Las respuesta es simple; ninguno. ninguna separación se puede llevar a término sin apoyo de otras naciones políticas. Ejemplos, todos los que se quieran: tanto las independencias de Eslovenia como la de Croacia en 1991 fueron apoyadas por Alemania firmemente, y por otros países europeos de la entonces CEE. Qué decir de la de Kosovo en 2008, dirigida desde EEUU, y así podemos seguir hasta el infinito.

    Otra cosa será en el futuro, que ya se verá, pero a día de hoy, no es factible la independencia de Cataluña. Otra cuestión diferente es como se resuelve el problema. Quizá la respuesta esté en aquella frase de Ortega y Gasset: «El problema catalán no se puede resolver, sólo se puede conllevar». No obstante, este sería otro debate, que si se quiere podemos tener.

    Un saludo.

    1. En tu respuesta veo que quizá no me he explicado con claridad: mi artículo no versa tanto sobre la independencia catalana, como sobre la posibilidad de que otras reivindicaciones concretas que viajan ahora mismo «dentro» del vehículo independentista pasen al pueblo español (expresión que efectivamente uso alegremente, pero creo se puede entender).

      Por la misma razón, las posibilidades del independentismo a las que me refiero, tampoco versan sobre la independencia, sino sobre su capacidad para extender dichas reivindicaciones. Son esas las que creo que serán protagonistas en el futuro del Estado español (y otros de nuestro entorno). No tanto el independentismo.

  4. Mi respuesta anterior era en relación a este párrafo del artículo:

    «No obstante, ante la profunda brecha social que revela cualquier conversación cotidiana (también fuera de Cataluña), surgen dos grandes dudas: no sabemos si hay suficiente pueblo español dispuesto a escuchar la llamada catalana, por un lado, ni conocemos las opciones del catalanismo si no logra extender su perímetro hacia el resto de la Península.»

    De ahí mi respuesta a esas dos dudas planteadas.

    Centrándome en otras cuestiones del artículo, al respecto de la supuesta iniciativa popular del independentismo catalán, niego la mayor, solo hay que ver el desarrollo de la sesión de ayer en el Parlament de Catalunya; ¿han sido 5 o 6 en su despacho, después de negociar, los que han decidido la estrategia de la independencia unilateral pospuesta 15 días?, ¿o ha sido el «pueblo catalán» (o una parte de él, mejor dicho) el que lo ha decidido?. Está clara la respuesta, tan solo basta con observar a la gente situada en el Parc de la Ciutadella ayer en la tarde barcelonesa, mirando por la pantalla gigante instalada, para ver que habían decidido los que dirigen todo el proceso, como si de una final de un Mundial de fútbol se tratara: a ver si había algo que celebrar o todo lo contrario.

    En líneas generales decir que mi impresión es opuesta a la expuesta en el artículo. Considero que lo que está por llegar está más cerca de lo siguiente:

    -Por una parte habrá una pequeña reforma de la Constitución de 1978 pactada entre los partidos llamados constitucionalistas (PP, PSOE y C’s) a la que quizá se incorporen otros partidos también, y que irá en el sentido de cambiar el sistema de financiación de comunidades autónomas que llevan tiempo queriéndolo modificar hacia sus intereses, por ser más ricas y con balanza fiscal deficitaria (Cataluña, C.Valenciana, Baleares, C.Madrid, etc), para que paguen algo menos al conjunto de España (de esto va en esencia el asunto, aunque después de siete años el «procés» dirigido, haya tomado otras formas, y esté para mucha gente ya en un plano sentimental y no racional). Entiendo que los cupos vasco y navarro serán conservados en la futura reforma constitucional para sumar el apoyo del PNV. Dicha reforma tampoco será en profundidad y no podrá en cuestión ninguno de los pilares de la nacida en el 78.

    -Por otra parte, habrá un aumento del españolismo (llámese patriotismo, nacionalismo o como se considere, aún no siendo sinónimos) a todos los niveles. Por ahí van los tiros en la mayoría de las naciones políticas europeas y aquí no será menos. De hecho, con el tema catalán ya se están viendo claramente estos síntomas, que bajo mi opinión irán a más en los próximos años. Lo que hay en el trasfondo de todos estos movimientos es una reacción al fenómeno globalizador emprendido por ciertas élites mundialistas con el cambio de siglo.

    Veremos.

    Un saludo.

    1. Con respecto a lo primero, dado que la premisa del artículo era que la reivindicación popular toma la forma del independentismo, también en el fragmento que citas considero que la respuesta del pueblo español y las posibilidades de estas reivindicaciones de calar en él, son la clave de este proceso.

      Por lo demás, me parece evidentemente que sin el concurso del pueblo catalán habría dado igual la estrategia de los cinco o seis directores de orquesta. Ellos ya no habrían querido siquiera llegar hasta aquí, pero aquí están, y tampoco es que vayan a poder desandar el camino mágica o gratuitamente. Curiosamente, no veo en absoluto incompatible tus últimas conclusiones con lo expuesto por mi artículo. Al contrario. Creo que es muy posible que la resolución del proceso vaya en la dirección que señalas pero incorporo una cuestión: en España el nacionalismo de Estado no podrá responder como en otros países a los efectos de la globalización. Habrá diferencias y tendrá una propuesta de otro modelo enfrente. Yo también soy muy escéptico con respecto a su capacidad de movilización, pero será más fuerte que en otros lugares. Ya lo está siendo.

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