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Niños robados en Chile – 6 de junio

La dictadura de Pinochet robó a niños y niñas de familias pobres para darlos en adopción en Suecia. El Parlamento sueco lleva meses investigando y las víctimas presionan para que se aceleren las gestiones. Calculan que fueron dos mil cien. Varios cientos, hoy adultos, han descubierto que a sus madres les dijeron que habían nacido muertos, o que fallecieron después del parto, para secuestrarlos y llevárselos a Suecia. Allí los distribuyó una asociación de ultraderecha. El objetivo era político: el fascismo chileno quería que hablasen bien de Pinochet repartiendo un botín infantil.

Los investigadores Karen Alfaro y José Luis Morales estudian el secuestro masivo de niños durante la dictadura de Pinochet. Los raptos y adopciones, escriben, eran «estrategias para limar asperezas con Suecia», país que criticaba con dureza a la dictadura. Identifican a dos responsables: el ultraderechista Ulf Hamacher, director del Centro de Adopción de la Sociedad Sueca para el Bienestar del Niño chileno; y Anna María Elgrem, sueca residente en Chile. Ulf está muerto. Anna María vive a sus ochenta y ocho años y defiende que tenía una «misión moral».

Las adopciones forzadas también sirvieron al Chile de Pinochet para maquillar los datos de pobreza infantil, revelan las investigaciones. El shock neoliberal de la dictadura no estaba pensado para eliminar la miseria, así que se hacía desaparecer a los niños. Como a los adultos rebeldes. La dictadura chilena recurrió aquí a tácticas parecidas a las del franquismo, cuyas víctimas también eran pobres, y de izquierdas: los comunistas (decía la derecha) se comían a los niños, mientras las monjas patriotas comerciaban con los infantes de los perdedores.

La guerra, la propaganda y la fe nunca se han detenido ante los niños. Las matanzas entre grupos humanos prehistóricos se ejecutaban contra comunidades enteras, mujeres y niñas incluidas: no había piedad intrínseca en los primeros hombres. Ni en los ya civilizados, como Herodes en aquella «noche de vidrios y manecitas heladas», cuando «los senos se llenaban de leche inútil», escribe Lorca. Pinochet y sus secuaces no mataron a los niños, pero sí enterraron en vida a sus madres: y a las niñas las enviaron al otro lado del mar, para hacer amigos y mejorar las estadísticas, patria y matria de la infamia.


Extramuros es una columna informativa de Efecto Doppler, en Radio 3. Puedes escucharla aquí.

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