Pobre rico, anarquista lleno: Rafael Barrett

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Un día un joven rico, pendenciero, abusón, camorrista, borracho y putero, se dio de bruces con la realidad. Aquel niño bien y mejor relacionado perdió su fortuna, se le dio por muerto y aprovechó para huir de Madrid al nuevo mundo, donde conoció la necesidad. Aquel ilustrado perdió lustre y pasó hambre, entendió y compartió la pobreza, fue encarcelado y varias veces exiliado. Nada más entrar en la treintena, el otrora dandi se convirtió en un viejo enfermo, redimido, y acabó muriendo solo, enterrando consigo mismo, con su nombre y sus escritos florecientes su yermo paso por este mundo. Perteneciente por derecho a la Generación del 98, fue desterrado de la corriente, por anarquista o porque sí.

«Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada.

La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llena para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.

Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas al intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en la casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté a uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver.

¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí. Antes era un hombre. Ahora soy un propietario».

Adaptarse al presente es renunciar al futuro

Cuando en 1902 se quiso batir en duelo con el Duque de Arión, el noble quiso evitar el enfrentamiento alegando que no se enfrentaría a un homosexual: Rafael Barrett, tremendamente ofendido, acudió a seis médicos diferentes y obtuvo los mismos certificados de virginidad anal, y con ellos fue en búsqueda del cobarde duque. Lo encontró sentado entre el público del Circo París, en plena sesión, y sin oportunidad de defensa lo atacó. Tras el incidente, ni Pío Baroja ni Valle Inclán, sus amistades más profundas, ni la sociedad madrileña que antes le reía las gracias, consentía sus excentricidades y aplaudía sus amoríos con señoras casadas, ni tan siquiera su íntimo compinche Rodrigo de Maeztu, tan diplomático, volvió a aceptar a Barrett en los círculos intelectuales, ni mucho menos a prestarle (con las fiestas e invitaciones y la arrogancia por la que había obtenido fama) una gorda cuando los litigios postreros le dejaron en la más absoluta de las miserias.

Para Barrett la necesidad y la impopularidad eran figuras literarias sobre las que escribía y debatía, pero que nunca había experimentado: además de ser hijo de un influyente inglés, incluso el físico había sido agradecido con él. «Erguía su estatura no común un hombre de ojos celestes, cabello rubio, frente muy alta y de perfecto trazo, sobre la que caían dorados mechones, y rastro alargado que afirmaba su expresión enérgica en su mentón rotundo».

Rafael Ángel Jorge Julián Barrett y Álvarez de Toledo era, con sus cuatro letras, un pijo de finales del XIX. Hijo de George, un industrial inglés, y María del Carmen, de la nobleza berciana, nació en 1876 en Torrelavega y entre algodones. Al comienzo de su adolescencia fue enviado a estudiar a París y para el principio del siglo ya era un dandi que ocupaba su tiempo entre los casinos, las tertulias de la incipiente Generación del 98 y las casas de putas de una creciente, ilustrada, casquivana y pronto republicana Madrid.

El cruce del primer umbral: se teme, se espera

«No pasarán muchos años antes de que hayamos puesto el pie o la quilla en los últimos rincones del planeta, ni antes de que nuestra palabra se oiga a un tiempo, semejante a la del dios cristiano, en todas partes».

Tan solo seis meses después del incidente y escarnio, solo, avergonzado, empobrecido y rechazado en cualquier empleo apto para un hombre de su virtud, vio cómo cinco periódicos nacionales publicaban la noticia de su suicidio (que a nadie importó): aún en Madrid, impactado tanto por la noticia como por la indiferencia de su ficticio destino, empleó sus últimos favores en conseguir un pasaje a Buenos Aires. Era 1903 y, tras trabajar precariamente para varios periódicos de la capital de la República Argentina, aceptó un destino que otros rechazaban, por mal pagado, de corresponsal en Asunción para el diario El tiempo.

En Paraguay se le empezó a tener en cuenta por cronista agudo, filoso y sin pelos en la lengua: conoce en la capital sudamericana la verdadera esencia de la sociedad mayoritaria, no la de los terciopelos parisienes o el boato madrileño minoritario, sino la del ir a la fuente de la plaza por agua para enjuagarse, cuidar a la gallina ponedora que vive en la azotea más que a la esposa, patear ratas de la casa en días de lluvia y cuidar el último mendrugo de pan. Conocía la pobreza a través de sus investigaciones y charlas entre copas de coñac, pero nunca había convivido con ella, y esto cambiará su forma de ver el mundo, de comportarse ante él. En 1906, recién casado con una oriunda de la región, tiene la mala (o azarosa) suerte de contraer tuberculosis y conoce también, por primera vez, la enfermedad.

Pretendía volver a establecerse en Argentina, pero en una breve estancia en Buenos Aires tuvo una grave discusión con su compatriota Juan de Urquía, diputado por el Partido Conservador Español, y lo apalizó de gravedad en un céntrico hotel por defender a otro compañero republicano español, Ricardo Fuente (y cuando decimos apalizar queremos decir que le dio una panadera con su sangre, nariz y costillas rotas). Esta acción le hizo ganarse el destierro de la antigua capital del virreinato de La Plata y plantar, desterrado otra vez, raíces en Paraguay.

El vientre de la ballena: cuando la humanidad está de parto

«El cimiento innumerable y retorcido sale de tierra en el desorden de una desesperación paralizada. Los troncos, semejantes a gruesas raíces desnudas, multiplican sus miembros impacientes de asir, de enlazar, de estrangular, la vida es aquí un laberinto inmóvil y terrible; las lianas infinitas bajan del vasto follaje a envolver y apretar y ahorcar los fustes gigantescos. Un vaho fúnebre sube del suelo empapado en savias acres, humedades detenidas y podredumbres devoradoras. Bajo la bóveda del ramaje sombrío se abren concavidades glaciales de cueva donde el vago horror del crepúsculo adivina emboscada a la muerte y tan sólo alguna flor del aire, suspendida en el vacío, como un insecto maravilloso, sonríe al azar con la inocencia de sus cálices sonrosados».

En julio de 1908, con el nacimiento del que sería su único hijo, un golpe de Estado derroca al electo presidente paraguayo Emiliano González Navero. Para ese entonces Rafael Barrett es director del periódico anarquista Germinal, además de trabajar en la Oficina de Estadística Nacional y, cuando es capturado por socorrer a unos heridos durante el asalto a las comandancias y publicar denuncias sobre abusos y torturas, se le encarcela como enemigo militar, a pesar de ser civil y extranjero.

Tras tres meses en prisión, antes de ser sometido a un tribunal marcial y gracias a la intervención consular británica dada su condición de hijo de inglés, se le traslada al norte y es abandonado en la frontera con Brasil, en el Matto Grosso amazónico. Consigue mendigar hasta llegar a Uruguay, y en Paysandú se reúne con su familia. Establecido al poco en Montevideo, colaborará con varios periódicos hasta que en Marzo de 1909, levantado el estado de sitio, concreta que regresará al Paraguay.

La humanidad es hoy un caos, sí, pero un caos fecundo

«La vida es un arma. ¿Dónde herir, sobre qué obstáculo crispar nuestros músculos, de qué cumbre colgar nuestros deseos? ¿Será mejor gastarnos de un golpe y morir la muerte ardiente de la bala aplastada contra el muro o envejecer en el camino sin término y sobrevivir a la esperanza? Las fuerzas que el destino olvidó un instante en nuestras manos son fuerzas de tempestad. Para el que tiene los ojos abiertos y el oído en guardia, para el que se ha incorporado una vez sobre la carne, la realidad es angustia. Gemidos de agonía y clamores de triunfo nos llaman en la noche. Nuestras pasiones, como una jauría impaciente, olfatean el peligro y la gloria. Nos adivinamos dueños de lo imposible y nuestro espíritu ávido se desgarra».

Barrett vivirá poco más: enfermo grave de tuberculosis viajará a Francia, donde en una clínica de Arcanchon prometían curarlo. Solo viviría para ver un libro publicado, Moralidades actuales, que cosechó un gran éxito en Montevideo, pero su obra, plasmada en su mayoría en artículos, no será descubierta al mundo hasta casi ochenta años después. Un 17 de diciembre del año 1910, a las cuatro de la tarde en el Hotel Regina Forêt, Rafael Barrett dijo adiós al mundo. Tenía 34 años.

Su legado, su ser, sus escritos, murieron figuradamente con él, hasta que en los años sesenta su nieta Soledad Barrett tuvo una presencia destacada como dirigente estudiantil. Murió asesinada en 1973, comprometida con el legado de su abuelo, por los Escuadrones de la muerte en Recife (Brasil), y en el homenaje por su brutal asesinato Mario Benedetti escribió el poema Muerte de Soledad Barrett y Daniel Viglietti compuso la canción Soledad. Gracias a ella, al caro pago que los compromisos sociales que su abuelo le inculcara, Rafael Barett comenzó a ganar relevancia a través de su nieta hasta ser considerado uno de los grandes precursores de la literatura social americana. En su país natal, España, ni se le conoce ni se le espera. Como a tantos.

Viviste aquí por meses o por años
trazaste aquí una recta de melancolía
que atravesó las vidas y las calles

Hace diez años tu adolescencia fue noticia
te tajearon los muslos porque no quisiste
gritar viva Hitler ni abajo Fidel

Eran otros tiempos y otros escuadrones
pero aquellos tatuajes llenaron ele asombro
a cierto uruguay que vivía en la luna

y claro entonces no podías saber
que de algún modo eras
la prehistoria de ibero

Ahora acribillaron en Recife
tus veintisiete años
de amor templado y pena clandestina

Quizá nunca se sepa cómo ni por qué

Los cables dicen que te resististe
y no habrá más remedio que creerlo
porque lo cierto es que te resistías
con sólo colocárteles en frente
sólo mirarlos
sólo sonreír
sólo cantar cielitos cara al cielo

Con tu imagen segura
con tu pinta muchacha
pudiste ser modelo
actriz
miss Paraguay
carátula
almanaque
quién sabe cuántas cosas!

Pero el abuelo Rafael el viejo anarco
te tironeaba fuertemente la sangre
y vos sentías callada esos tirones

Soledad no viviste en soledad
por eso tu vida no se borra
simplemente se colma de señales

Soledad no moriste en soledad
por eso tu muerte no se llora
simplemente la izamos en el aire

desde ahora la nostalgia será
un viento fiel que hará flamear tu muerte
para que así aparezcan ejemplares y nítido
las franjas de tu vida

Ignoro si estarías
de minifalda o quizá de vaqueros
cuando la ráfaga de pernambuco
acabó con tus sueños completos

por lo menos no habrá sido fácil
cerrar tus grandes ojos claros
tus ojos donde la mejor violencia
se permitía razonables treguas
para volverse increíble bondad

y aunque por fin los hayan clausurado
es probable que aún sigas mirando
soledad compatriota de tres o cuatro pueblos
el limpio futuro por el que vivías
y por el que nunca te negaste a morir

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1 comentario

  1. Impresionante. No conocía a Rafael Barret y su historia me ha fascinado. Sentir esa marginación, vivir lo dos polos de la vida y su punto de vista de la realidad.
    Me quedo con la última frase del texto, ¨ En su país natal, España, ni se le conoce ni se le espera. Como a tantos.¨

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