Arte y Letras

Lo que sé de los vampiros (I): anatomía del no muerto

Buenas noches, damas y caballeros; bienvenidos, pasen sin temor, pónganse cómodos y, por favor, acompáñenos en lo que pretende ser un viaje divulgativo por la figura del vampiro en la cultura popular. ¿Están preparados? Nada más liberador que dejarse seducir por la oscuridad. Pero tranquilos, no han sido los primeros, y, desde luego, tampoco serán los últimos. Los hemos invocado aquí, precisamente, para hablarles de cómo el ser humano lleva siglos desenterrando (no)muertos; de cómo, de forma insistente, ha escrutado lo que hacen en las sombras para constatar, una vez tras otra, que lo que allí se esconde es una versión (oscura) de sí mismo. El vampiro es una metáfora recurrente de nuestras preocupaciones e inquietudes, de ahí que haya ido cambiando, siempre flexible y receptivo a los cambios que la sociedad le ha ido demandando. Más que la sangre, su verdadera fuente de inmortalidad es la mutabilidad, la capacidad de adaptación; y para reflexionar sobre ello nos disponemos, a través de una serie de artículos, a recorrer las grandes etapas que ha experimentado su figura en la cultura popular. Están invitados.

En este viaje diacrónico veremos cómo el vampiro surge en el folclore europeo y se gotifica a manos de las almas románticas, que lo embellecen y lo convierten en modelo literario de reminiscencias casi ilimitadas. Repasaremos las personalidades clásicas que conoce en las letras del siglo XIX y cómo estas se condensan, con el cambio de siglo, en el vampiro definitivo: el conde Drácula de Bram Stoker, un personaje que a lomos de los medios de comunicación de masas catapulta el mito hacia el infinito. A partir de él repasaremos la multiplicación de reencarnaciones y significados que el vampiro conoce en una época tan convulsa como el siglo XX, hasta llegar a su deconstrucción definitiva de la mano de la cultura pop. El marco geográfico del periplo se restringirá esencialmente a la cultura occidental y especialmente a la anglosajona, dado que, en cierta manera, y como primer gran icono de la sociedad de masas, la figura del vampiro también representa el símbolo del paso del testigo cultural de Gran Bretaña (siglo XIX) a Estados Unidos (siglo XX) y, en última instancia, como representante de las nuevas mitologías de la sociedad globalizada (siglo XXI).

Pero antes de coger velocidad de crucero realizaremos una primera etapa a modo de introducción; una que nos acerque al propio concepto de vampiro, intentando restringirlo a su dimensión de icono cultural de masas pero teniendo en cuenta su maleabilidad y su polisemia; un primer periplo que, de paso, también nos ayude a entender por qué hoy se le otorga la condición de mito.

Arrancamos, pues. Agarren sus crucifijos.

Vampiro año cero

Empecemos por una pregunta inevitable: ¿Qué es un vampiro? Para el diccionario de la Real Academia Española, según su primera definición, se trataría de un «espectro o cadáver que, según ciertas creencias populares, va por las noches a chupar poco a poco la sangre de los vivos hasta matarlos». En esta misma línea lo describe David Pirie en el prólogo de El vampirismo en el cine (Cult Books) cuando dice que «es básicamente el producto de la fusión de dos supersticiones y terrores diferentes que, de vez en cuando, se siguen representando de forma separada. La primera característica esencial del vampiro es que se trata de una persona a la que se consideraba muerta y que vuelve de la tumba. La segunda es que bebe sangre humana». Es decir, hoy entendemos por vampiro a un ser redivivo que se nos aparece por las noches para chuparnos la sangre. Sin embargo, hasta llegar a esta idea de consenso el concepto y el término han protagonizado una andanza poco menos que alucinante.

Respecto a su origen y localización, la antropología ha rastreado al vampiro como mito de sangre (y sus derivados) en todo tipo de latitudes y momentos. Es más, puede encontrarse un perfil identificable en casi todas las culturas y épocas humanas. Su expansión es tan variada y diversa que ha dado lugar a una variedad tipológica prácticamente inabarcable. Baste decir, a modo ilustrativo, que se extiende en el tiempo desde creencias arcaicas como las de los sumerios, egipcios, griegos o hebreos, hasta más modernas como las del folclore eslavo. De hecho, identificar su origen y evolución se vuelve una tarea verdaderamente compleja si tenemos en cuenta que, a menudo, se han fusionado sus características con las de otras entidades concomitantes como los espíritus nocturnos, los demonios, los revinientes, las brujas o los hombres lobos.

Por lo tanto, podemos decir que el vampiro hunde sus raíces en el folclore y la mitología de forma tan extensa, profunda y alambicada que, inevitablemente, se nos impone la necesidad de perfilar y definir más nítidamente sus límites si queremos estudiar su evolución en la cultura popular. En ese sentido, hay que decir que tanto el término como el concepto actual de vampiro es heredero directo del folclore europeo, concretamente del centroeuropeo y oriental, y que es hijo de su intersección con el cristianismo, la Ilustración y el Romanticismo. Es entonces cuando adquiere en Europa una identidad propia y separada de otros mitos de sangre.

Mitos y arquetipos

Antes de continuar, convendría aclarar qué entendemos por mito, apelativo habitual con el que suele identificarse al vampiro en cuanto a icono de la cultura popular. Para responder podemos acogernos a los postulados de Joseph Campbell, quien establece que el mito nace para explicar lo inexplicable; y a los de Carl Jung, quien asegura que el mito se construye en el subconsciente y se trasforma en un arquetipo cuando es transferido a la mente consciente.

Para explicar la necesidad del mito, Campbell dice de este que es una «experiencia de vida», que te cuenta qué es la experiencia a través de un itinerario ya recorrido por otros, ayudándote a explicar el mundo y a ti mismo. El mito nos serviría, por tanto, de modelo, existiendo una serie de elementos temáticos recurrentes a lo largo del mundo y del tiempo; unas imágenes simbólicas comunes para la psique humana a las que Jung denomina arquetipos. Para el psicólogo suizo existiría un inconsciente colectivo humano, ciertas estructuras y predisposiciones comunes; unos esquemas de pensamiento y de experimentación trasmitidos a todos nosotros por herencia cultural y que nos ayudarían a percibir e interpretar las experiencias que nos ocurren como individuos. Este inconsciente colectivo estaría poblado por instintos y arquetipos y, estos últimos, darían forma a los mitos. Jung define los arquetipos como los pensamientos más antiguos, generales y profundos de la humanidad, teniendo tanto de sentimientos como de pensamientos y le arroga incluso la posibilidad de disfrutar de una especie de vida propia. Estas imágenes serían universales y podrían ser reconocidas en diferentes sociedades a través de los comportamientos, de los sueños y de las manifestaciones culturales. De esta manera, el planteamiento de Jung ayudaría a explicar la universalidad del mito del vampiro como proyección del inconsciente en la mente consciente; es decir, en cuanto a paso del propio mito a arquetipo, como transición del folclore a la cultura popular.

Calmet, el primer cazavampiro

La antes citada mayoría de edad del vampiro podemos situarla entre finales del siglo XVII y la primera mitad del XVIII. Es el momento en el que en el centro y este de Europa suceden las conocidas como plagas de vampiros, fenómenos registrados de múltiples y dispares casos referidos a muertos supuestamente regresados de la tumba pero que, en realidad, respondían a un fenómeno de histeria masiva. Europa occidental, como faro cultural, se va a apropiar de este mito exótico, redefiniéndolo, homogenizándolo y, finalmente, exportándolo al resto del mundo. Y lo hará sin darse cuenta. Porque para atacar a la superstición y para profundizar en el conocimiento científico, el racionalismo ilustrado someterá a un fenómeno como el vampirismo, caracterizado por la existencia de pruebas materiales y testigos, a un análisis empírico profundo. Y el resultado será su concreción y legitimación, así como la perfilación de un molde perfecto para que la literatura lo convierta en tema recurrente.

En este contexto va a jugar un papel decisivo el francés Augustin Calmet, personalidad en la que se unen los dos primeros vectores que ayudan a delimitar la figura del vampiro contemporáneo: el cristianismo y el pensamiento ilustrado. Calmet, monje benedictino del siglo XVIII, redactará la primera gran síntesis del mito bajo la denominación de vampiro. Con un objetivo teológico (demostrar que solo Dios tiene el poder de la resurrección) y una metodología empírica (recopila y analiza críticamente una extensa serie de relatos y supersticiones populares), el clérigo intenta probar la inexistencia de los vampiros con un tratado de dos volúmenes publicado por primera vez en 1746 y que, dado su éxito, se reimprimirá revisado en 1749, 1750 y 1751. A pesar de que las conclusiones de Calmet son inequívocas, el tratado será malentendido y el público abrazará con tanto entusiasmo el carácter fabuloso de sus historias que su popularidad dará carta de naturaleza al fenómeno.

Así, pese a que la discusión ya existía en Europa antes que él, será Calmet el responsable, paradójicamente, de la divulgación más importante de la figura del vampiro en Europa occidental. Como señala Carme Agustí Aparisi, sentará las bases del modelo del personaje literario al fijar tópicos como las características del vampiro en la tumba, su muerte o la succión de sangre a sus víctimas. Además, unificará los diferentes nombres que se le daban haciendo prevalecer de forma definitiva el término vampiro. Todo esto se aprecia en la definición que les aplica en su tratado: «los revinientes de Hungría, o vampiros, (…) son unos hombres muertos desde hace tiempo considerable, más o menos largo, que salen de sus tumbas y vienen a inquietar a los vivos, les chupan la sangre, se les aparecen, provocan estrépito en sus puertas, y, en fin, a menudo les causan la muerte. Se les da el nombre de vampiros o upiros, que significan en eslavo, según dicen, sanguijuela. Uno no se libra de sus infestaciones más que desenterrándolos, cortándoles la cabeza, empalándolos, o quemándolos, o traspasándoles el corazón».

Es decir, al igual que el profesor Ambrosius de Polanski, quien intentando combatir a los no muertos acaba provocando su expansión por el mundo, Calmet ancla en la realidad el mito folclórico del vampiro, le da un nombre y dice cómo combatirlo. Define al vampiro como un mito de sangre resucitado y, como señala David Remartínez, al concederle el poder de la resurrección de la sangre lo convertirá en una suerte de reverso oscuro de Jesucristo.

En el nombre del vampiro

Respecto al nombre, podemos decir que la mejor metáfora de la mutabilidad del vampiro la vamos a encontrar, precisamente, en la dificultad para descifrar su etimología, que ha sido rastreada dando forma a diferentes teorías que apuntan a una procedencia eslava o griega y a una variedad de hipótesis sobre su significado (volar, beber, sangre, bruja o entidad sobrenatural) que convierten la tarea en pocos menos que indescifrable. Más allá del indudable interés lingüístico y cultural de la cuestión, la dificultad de esta labor nos sirve aquí para evidenciar la proliferación de términos y acepciones que la idea de vampiro ha conocido.

De todos modos y siguiendo a Norbert Borrmann y a Javier Arries, podemos concluir que la voz vampir es anterior al siglo XVIII, pero que será entonces cuando se instaure definitivamente en Alemania para referirse a los muertos que abandonaban sus tumbas por las noches para chupar la sangre de los vivos. De ahí, saltaría a través de medios y publicaciones a las demás lenguas germánicas y románicas, lo que explica que Calmet, hombre culto y de nacionalidad francesa, la utilice de forma unificadora ya a mediados de ese mismo siglo. La voz vampir, de hecho, acabaría así imponiéndose a finales del XVIII en su lugar de origen, Europa oriental, exportada desde Occidente a modo de neologismo que se superpone a cognados como upiro y a otros sinónimos. De esta manera, podemos decir que a mediados del siglo XVIII ya tenemos cierta sistematización de la idea del vampiro bajo un término reconocible.

En ese sentido, los ilustrados seguirán en su tarea de enfrentar superstición y empirismo racionalista. En ello será clave la figura de François Marie Arouet, más conocido como Voltaire. El ilustrado francés, quien sería huésped del abad Calmet y conocería, por tanto, su extensa biblioteca, ridiculizó la obra de su anfitrión bajo el epígrafe «Vampiros» de su diccionario filosófico. Voltaire, aunque con intenciones sarcásticas, estaba ampliando sin querer el concepto de vampiro otorgándole una dimensión sociológica al darle cualidades vampíricas a los usureros: «agiotistas, mercaderes, gentes de negocios que chuparon a la luz del día la sangre del pueblo; (…) verdaderos chupones [que] no vivían en los cementerios, sino en magníficos palacios».

Pese al tono a boutade de su reflexión, el filósofo estaba, sin saberlo, ampliando el significado de un término que, desde entonces, en su uso habitual pasaría también a aludir a cualquier forma de existencia parasitaria o carroñera. Tómese como ejemplo que, un siglo más tarde, Karl Marx erigiría una de las corrientes de pensamiento más importantes de la época contemporánea aludiendo al carácter vampírico de la sociedad capitalista. De esta manera, la hematofagia (método de alimentación de aquellos que se nutren con sangre), una característica ya inequívoca del no muerto, quedaba ligada a otros drenajes vitales compatibles, demostrando que la idea del vampiro estaba destinada a gozar de una flexibilidad metafórica vastísima. De hecho, así lo atestigua, hoy, la segunda acepción de la RAE: «persona codiciosa que abusa o se aprovecha de los demás».

La sombra del vampiro

De esta manera, podemos decir que en la segunda mitad del siglo XVIII ya tenemos una imagen más o menos perfilada del vampiro; una imagen que estaba preparada para dar el salto desde las penumbras del folclore a las luces de las manifestaciones artísticas más populares.

La narrativa gótica y el movimiento romántico, en su oscuro periplo por lo irracional y lo sobrenatural, van a encontrar en la figura del vampiro un modelo perfecto para explorar la belleza del terror. A fin de cuentas, no es difícil identificar su siniestra figura con el arquetipo de la Sombra de Jung, el cual, al contrario de su opuesto luminoso, la Persona, representaría aquello de nosotros mismos que queremos mantener en secreto al ser moralmente reprobable o demasiado íntimo. Así lo corroboran Cartmill y McFadden cuando aseguran que «el arquetipo del vampiro más temprano es innegablemente un monstruo. Vacía la fuerza vital de sus víctimas, chupando su sangre y devorando su carne. No conoce otra senda que el camino a la perdición. Este monstruo representa la naturaleza oscura de la humanidad». En esta misma línea iría la reflexión de César Alcalá cuando asegura que «los vampiros reúnen tres terrores básicos del ser humano: la muerte, el diablo y la oscuridad. (…) el vampiro es un ser oscuro que solo aparece por las noches, es inmortal y necesita de la sangre humana para sobrevivir. De ahí la fascinación que ha ejercido desde siempre».

Sin embargo, el arquetipo de la Sombra se nos va a quedar corto para identificar la evolución posterior del vampiro en la cultura popular. Y es que, a través de su concreción consciente en la cultura popular, el vampiro va a ir evolucionando y tomando diferentes formas que reflejarán, como ya dijimos, las preocupaciones y anhelos de cada época. Pero ese ataúd, damas y caballeros, lo profanaremos en nuestra siguiente velada.


  • Bibliografía:
    • Agustí Aparisi, C. [Carme] (2018). La aportación de Calmet a la creación de tópicos en la literatura vampírica. Cédille, revista de estudios franceses, Nº 14, 15-45.
    • Alcalá, C. [César] (2009). Todo lo que debe saber sobre los vampiros. Belacqva.
    • Arries J. [Javier] (2007). Vampiros. La historia de nuestra eterna fascinación por el señor de la noche. Zenith.
    • Borrmann, N. [Norbert] (1999). Vampirismo. El anhelo de la inmortalidad. Timun Mas.
    • Calmet, [Augustin] (2017). Tratado sobre los vampiros. Reino de Cordelia.
    • Campbell, J. [Joseph]. Moyers, B. [Bill] (1991). El poder del mito. Emecé Editores.
    • Cartmill, M. [Michael]. McFadden, M. [Mary] (2021). Una historia de vampiros y su transformación de ser solo monstruos a figures monstruosas, trágicas y románticas. Curiosity: Interdiciplinary Journal of Research and Innovation.
    • Jung, C. G. [Carl Gustav] (1979). Arquetipos e inconsciente colectivo. Paidós.
    • Jung, C. G. [Carl Gustav] (1988). Lo inconsciente. Losada.
    • Pirie, D. [David] (2021). El vampiro en el cine. Cult Books.
    • Real Academia de Española (2022). Real Academia de la Lengua Española.
    • Remartínez, D. [David] (2021). Una historia pop de los vampiros. Arpa editores.
Marcos García Guerrero
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2 comentarios

  1. Buenísimo. Pero creo recordar que antes que en Europa ya existían cuentos de vampiros en Extremo Oriente, aunque no creo que provenga de ahí nuestra afición por los colmillos… (De hecho, yo me tomaría en serio que Drácula es un conde, puesto que todo noble fue y es sin duda un chupasangre).

    1. Claro. Existen cuentos o historias circundantes a la idea del vampiro en todas las latitudes y cronologías. Pero lo que aquí se entiende es que la idea del vampiro actual (clásico) es europea (algo, por otro lado, más que sabido).

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