Opinión

Los orígenes de la desigualdad en España: una genealogía de la pobreza

Vivimos en una especie de día de la marmota económico. Desde que tengo uso de razón las encuestas de la EPA y los datos del paro son un eterno retorno al punto de salida. Tal vez por eso, no recuerdo un septiembre bueno ni un mayo malo (por qué será). La realidad es tozuda porque en España tenemos un inmenso problema económico estructural. Es cierto que no existen fórmulas mágicas ni respuesta sencillas, pero no deja de extrañarme que una parte muy humillante de todo este asunto aparezca tan poco en los grandes titulares. A la hora de la verdad, nadie aborda en profundidad que tenemos un tejido económico deficitario, muy desigual y, sobre todo, injustamente dispuesto. Aquí, como en tantas otras cosas, la historia viene de lejos, así que vamos a repasar los orígenes de la desigualdad en España.

Partamos de la situación de hoy: España tiene un mercado laboral deficiente. El histórico de desempleo es bochornosamente malo en comparación con nuestros vecinos europeos. Los datos presentan esta tendencia desde finales de la década de los setenta. Y no es que antes la cosa fuera muy diferente. Salvando los años del desarrollismo, los datos macro de España durante las primeras décadas del siglo XX no dejaban margen al optimismo. En España siempre hubo menos empresas, porque en general se dispuso de menos capital y este cuando llegaba muchas veces era foráneo. Además, el capital disponible para invertir siempre ha estado concentrado en poquísimas manos. Aunque se ha escrito mucho sobre el tema, algunas de las mejores páginas sobre la industrialización en España se las debemos al genial Jordi Nadal y Gabriel Tortella. Ambos denunciaron la alarmante falta de iniciativa privada y la ausencia de instituciones financieras que suplieran la falta de capital inversor. Una buena forma de abordar la cuestión está en la ecuación propiedad agraria=capacidad de ahorro. La principal fuente de capital en las primeras fases de la industrialización fue la propiedad. Pues resulta que en aquellas zonas donde la propiedad estaba mejor repartida, la capacidad de acumulación de capital ha sido históricamente mayor. Y en el caso de España este ha sido un fenómeno casi exclusivo del tercio norte peninsular (con alguna excepción como Galicia). Por eso, no es de extrañar que las regiones mejor posicionadas en los índices de pobreza de hoy día estén casualmente en esas latitudes.

Pero ¿por qué? ¿Qué ha hecho la buena gente del sur para heredar un sistema de propiedad tan injusto? Pues la cosa viene de lejos. Este asunto del mal reparto de la propiedad era algo de sobra conocido por ilustrados y ministros del XVIII como Pablo Olavide, que ya lo denunciaba en su Informe sobre la ley agraria. Incluso algunos liberales como Flórez Estrada se rebelaron contra la pobreza de los jornaleros no propietarios en plena tormenta política durante las desamortizaciones. Pero la cuestión tuvo un origen mucho más profundo y del que difícilmente tenían conciencia entonces, pues para comprender el asunto debemos remontarnos a la Edad Media. Los profesores Daniel Oto y Diego Romero demostraron en un reciente estudio que la velocidad a la que se reconquistaron los territorios peninsulares durante el siglo XIII, marcó de forma determinante el modo en que se repartió la propiedad y, a larga, la distribución de la riqueza. Demostraron que los sistemas de repoblamiento aplicados en el norte peninsular promovieron una propiedad pequeña y mediana. Mientras que en el sur tuvieron como protagonistas a las grandes casas nobiliarias que heredaron gargantuescos latifundios. Esta tendencia provocó que en el norte más familias tuvieran acceso a la tierra y por tanto a cierta acumulación de rentas derivadas de la producción. Mientras en el tercio sur se imponía el jornalerismo, lo que dejaba a la mayor parte de las familias sin más fuente de riqueza que la derivada de su trabajo. Con estos mimbres es lógico que a través del sistema de herencias una familia media andaluza no reciba de sus abuelos más que la artrosis, mentras que la cuantía de las herencias sube a medida que nos alejamos de Despeñaperros.

No es este un fenómeno (el de la riqueza por herencia) reciente en la investigación; hay muchos estudios que alertan de que el sistema de herencias merma la movilidad social y es un lastre al desarrollo económico. En esa línea los investigadores Pedro Salas y Juan Rodríguez presentaron un estudio que afirmaba que el sesenta y ocho por ciento de la desigualdad española tenía su causa en la herencia (un setenta y seis por ciento si hablamos de riqueza no financiera). Esta tendencia es una buena base para explicar por qué los municipios más pobres, las comarcas con más paro, las provincias menos industrializadas e incluso las áreas con menos nivel cultural siempre están en los mismos sitios. Y sí, ya sé que correlación no implica necesariamente causalidad. Ya sé que para demostrar esto habría que hacer estudios de genealogía de la propiedad y tal, pero permitidme que os diga que creo que los resultados no albergarían demasiadas sorpresas. No en vano, muchos expertos ya piensan en esta línea. El famoso economista Thomas Piketty considera tan alarmantemente injusto el modo en que las rentas heredadas influyen en la riqueza de un individuo, que en su ensayo El capital en el siglo XXI propuso una especie de herencia universal para corregirla. En el fondo de todo yace la cuestión capital de que las herencias perpetúan el nivel social de forma abrumadora. Las repercusiones de este principio son palpables a nivel comarcal y regional en España. No es necesario ser un experto para notar que la situación socioeconómica de un entorno es resultado de entre otros factores del nivel económico de partida.

Así que volvamos al inicio. Los orígenes de la desigualdad en España tienen unas raíces históricas muy profundas que nos muestran unos injustos métodos de reparto de la riqueza del país. Esa tendencia no ha sabido corregirse adecuadamente ni con las políticas reformistas del XVIII, ni en los procesos desamortizadores del XIX, ni con las grandes políticas económicas del XX. Hoy día, una parte muy importante de la riqueza familiar proviene de la herencia y sus inercias se nos muestran como un garante de la desigualdad. Sin los mecanismos de compensación adecuados y sin una política de redistribución real, esta histórica tendencia se muestra muy tozuda. Por eso volveremos a ver los mismos datos una y otra vez. Seguiremos en el día de la marmota del paro mientras no nos demos cuenta de que por desgracia, necesitamos más y mejores mecanismos igualadores de la riqueza, le pese a quien le pese.

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