Cine y TV

Miscelánea lovecraftiana y cthuloidea: «La ciudad sumergida», de Jacques Tourneur

La relación de H. P. Lovecraft con el cine destaca por ser bastante dura, siendo benévolos. Las mejores películas, seguramente, se deban a la cámara de John Carpenter, pero da la sensación de que nadie ha sabido coger realmente el testigo. Es cierto que, recientemente, recibimos Color Out of Space de Richard Stanley, pero es más bien la excepción que confirma la regla. De hecho, una curiosa práctica para adaptar a Lovecraft ha sido la de enmascarar sus historias como si fueran de otro autor, uno que curiosamente también vivió en Providence y que responde al nombre de Edgar Allan Poe.

La cinta que ejemplifica esa transmisión es El palacio de los espíritus (The Haunted Palace, 1963), una película que adapta El caso de Charles Dexter Ward, pero que se titula como un poema de Edgar Allan Poe que no tiene absolutamente nada que ver con la narración. Sin embargo, no fue la única, porque en un par de años más tarde, en 1965, Lovecraft se consiguió colar en otra película con título de Poe que, además, trataba de aprovechar el éxito de las adaptaciones de Julio Verne que Disney había ido facturando poco antes. Una cinta lovecraftiana con título de Poe y espíritu verniano… Poca cosa.

La película esgrime como justificación de su título un poema de Poe, The City in The Sea, y básicamente ahí se acaba la inspiración. Es cierto que, al principio, se lee parte del poema; acepto que, más adelante, se lee otro fragmento… Pero eso es todo. El resto del film se construye, básicamente, sobre la imitación de los modelos del cine verniano y las adaptaciones de Roger Corman de los relatos de Poe. Sobre esto, se añaden unos hombres pez que heredan su aspecto de La mujer y el monstruo (Creature from the Black Lagoon, 1954) y la esencia de los relatos lovecraftianos, con La sombra sobre Innsmouth a la cabeza.

Vamos a centrarnos primero en la cinta, que tiene interés por sí misma. La produjo la AIP, compañía mítica por su relación con Corman y Poe, y tiene el honor de ser la última película que dirigió Jacques Tourneur, legendario realizador que cuenta entre sus logros con La mujer pantera (Cat People, 1942), Yo anduve con un zombie (I Walked with a Zombie, 1943), Retorno al pasado (Out of the Past, 1947), El halcón y la flecha (The Flame and the Arrow, 1950) o esa obra maestra que es La noche del demonio (Night of the Demon, 1957). Un director, pues, de primera fila, pero que ya estaba de capa caída y había sido condenado a trabajar en el cine de género británico y en la televisión americana. Es cierto que se le notan los años y que la cinta no destaca entre su producción, pero también que consigue dar lustre al producto, consiguiendo que la película parezca más cara de lo que es y que el interés del espectador no decaiga mientras avanza la trama.

Entre los actores destaca, como no podría ser de otra manera, la enorme presencia de Vincent Price. El actor de Missouri (extraña procedencia para ser un icono del cine más terrorífico) acababa de terminar su paso por las adaptaciones de Roger Corman y estaba a punto de convertirse en miembro de ese terceto de intérpretes que fueron sinónimo del cine de terror británico: Christopher Lee, Peter Cushing y el propio Vincent Price; rostro de un género ya perdido, de un cine gótico en el que su presencia era capaz de elevar cualquier historia consiguiendo que el espectador supiese qué esperar en cada momento. En La ciudad sumergida Price no decepciona, con esa voz que solo él podía poseer y ese aspecto entre amenazante y entrañable. A su lado, un limitado Tab Hunter, abandonada su intención de convertirse en una gran estrella, parece más que nunca un pez fuera del agua. Susan Hart, por su parte, hace poco más que lucir palmito y David Tomlinson, recién salido de Mary Poppins (id., 1964) supone el elemento más flojo de toda la película.

Lovercraft Cthulu Jacques Tourneur

Esto último es muy importante, porque al parecer La ciudad sumergida empezó como una obra bastante diferente, mucho más seria dentro de su género, para después ser reescrita casi por completo y añadir todos los elementos realmente discordantes del conjunto final. El proceso de escritura es conocido y muy transparente: todo empezó con Charles Bennett, guionista de prestigio que contaba entre sus créditos con la ya mentada La noche del demonio o Los 39 escalones (The 39 Steps, 1935) de Alfred Hitchcock. Luego, su trabajo fue reescrito por Louis M. Heyward, un ejecutivo de la AIP bastante inexperto en estas lides, que admitió añadir todos los toques de humor y el personaje de Louis Tomlinson, un escocés cuya primera aparición incluye el uso de un kilt y que va acompañado de una gallina llamada Herbert metida en una cesta de picnic. Si suena surrealista, verlo lo es más, incluyendo algún momento en el que la ave consigue hacer avanzar la trama de manera bastante ridícula.

A pesar de que el reparto no esté a un buen nivel (excepción hecha de un Vincent Price), a pesar de que la dirección no esté entre lo mejor de su autor, la película consigue superar sus problemas y erigirse como una entretenida aventura en la que un turista estadounidense y un pintor escocés terminan llegando a una misteriosa y antigua ciudad sumergida frente a las costas de Cornualles. Allí, unos marineros llevan más de un siglo atrapados sin envejecer gracias al particular aire que respiran. Hasta aquí, nada demasiado lovecraftiano que reseñar; pero todo cambia cuando descubrimos que la ciudad fue creada por unos extraños híbridos de hombre y pez, unos seres decadentes de los que quedan unos pocos ejemplares y que, además, erigían extrañas esculturas para adorar a misteriosos dioses de los que nunca obtenemos más datos.

Ya hemos apuntado que, en realidad, el aspecto de los híbridos (así los llaman durante la cinta) es  más cercano a los de la criatura de la Laguna Negra que a lo que solemos entender por los clásicos monstruos de Lovecraft a los que llamamos profundos, pero todos los elementos que los forman están presentes en la construcción de las criaturas de la película. Recordemos, en la traducción de Francisco Torres Oliver y Juan Antonio Molina Foix para Valdemar, cómo nos describe el propio Lovecraft a estos seres en La sombra sobre Innsmouth:

«Casi todas eran de un color verde grisáceo, aunque tenían el vientre blanco. Eran en su mayor parte de piel reluciente y resbaladiza, pero sus dorsos tenían protuberancias escamosas. Sus figuras recordaban vagamente al antropoide, pero sus cabezas eran de pez, con enormes ojos saltones que nunca se cerraban. A ambos lados del cuello les palpitaban agallas, y sus grandes zarpas eran palmeadas. Brincaban de manera irregular, unas veces erguidas, otras a cuatro patas. No sé por qué me alegré de que no tuvieran más de cuatro extremidades. Sus voces eran una especie de gruñido o aullido, pero indudablemente constituía un lenguaje articulado con todos los enigmáticos matices de expresión que les faltaban a sus llamativos rostros».

Entendiendo la dificultad de adaptar estos seres a la gran pantalla en el pasado, cuando los efectos especiales tenían las posibilidades que tenían, es difícil no creer que sean esos seres los que están en el origen de los extraños híbridos de La ciudad sumergida. Es cierto que en la película se pierde uno de los principales elementos de Lovecraft, con la conversión del hombre en un otro por culpa de su herencia, pero en cierta manera la transformación de los antiguos marineros en reyes y señores de la ciudad bajo el mar se puede entender como algo lejanamente parecido, hasta el punto de que la locura del personaje de Vincent Price, su delirio monárquico sobre unos seres extraños que no comprende, puede llegar a convertirlo en una figura lejanamente emparentada con Obed Marsh, el legendario patriarca de la principal familia de Innsmouth en el relato lovecraftiano.

A pesar de ese detalle, que no deja de ser algo rebuscado, lo cierto es que la idea de unos seres híbridos de humanos y peces, viviendo en una ciudad submarina frente a una costa habitada y con una ciudad repleta extraños ídolos, le sonará a cualquier aficionado a Lovecraft como algo, al menos, inspirado en la obra del de Providence. La pena es que no se estudie la naturaleza de los híbridos más allá de una referencia cruzada, en una muestra de la facilidad del cine de aventuras y fantástico tradicional para lanzar ideas al aire e ir recogiendo solamente las que podía en base a su presupuesto, metraje y también, por qué negarlo, las ganas del director.

En resumen, La ciudad sumergida es una película interesante en su capacidad para conjugar cosas aparentemente muy distantes. Por un lado, tenemos una pulsión verniana de aventuras, con una fotografía tremendamente efectiva y unos decorados clásicos. Por otro, el aspecto más cercano al ciclo de Poe de Corman, con Vincent Price y el recitado de un poema del estadounidense. Para terminar el mejunje, algo de Lovecraft, con unos inmortales en una ciudad de profundos y dos de sus habitantes originales frente a las costas córnicas. Todo ello bien mezclado da para un buen divertimento, lo que no es poco.

Ismael Rodríguez Gómez

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