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Pensamiento crítico y libertad política: asignaturas pendientes de la juventud

Advertir un cambio requiere mayor atención conforme más paulatino es, por lo que el deterioro parsimonioso es menos susceptible de suscitar oposición. Así como el sapo acabó cocido en la fábula del agua hirviendo, nos asemejamos en que tendemos a aclimatarnos a las transiciones graduales, pero nos distinguimos del anfibio en que somos conscientes de estas. No obstante, la anestesia de carácter indolente que caracteriza a una generación criada entre algodones impide que los comentarios en Facebook y análogos se materialicen en agente de cambio real y efectivo.

Pensamiento crítico

Dado que el orden de los factores sí altera el producto en las ciencias sociales, aclaremos que no es la escuela quien cambia la sociedad sino la sociedad quien cambia la escuela. La función manifiesta resulta clara; es la latente o el efecto colateral la que ha de ser objeto de nuestra atención. Consecuencia inevitable de rebajar la exigencia, que se materializa con la última ley educativa, es aumentar la incompetencia e incapacidad del alumnado. El poder ha establecido en las diferentes fases de la Historia un sistema educativo diseñado para producir ciudadanos afines a sus creencias y necesidades. Nuevamente, España es claro ejemplo de la dinámica y basta remitirse a los bandazos partidistas a nuestras espaldas: LOECE (1980), LODE (1985), LOGSE (1990), LOPEG (1995), LOCE (2002), LOE (2006), LOMCE (2013) y LOMLOE (2020).

En este contexto de mediocridad debemos evitar la inercia de proyectar carencias y echar culpas, y señalar que este fenómeno es resultado tanto de la negligencia del docente como del desinterés del discente. Falta absoluta de curiosidad intelectual por todo aquello que no resulte en un título, una mayor remuneración o que no esté en formato audiovisual.

Leer, esa práctica que nos hace más libres, ha sido devorada por las nuevas tecnologías. La deseada literofilia, aun asumiendo que la virtud está en el punto medio, jamás llegó a medrar en este país; y cosa contraria ocurre con la literofobia, una de nuestras más acalladas idiosincrasias. Tan español resulta un bar como una estantería vacía.

«No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe»

 Ray Badbury, Farenheit 451.

«España es un país que ha pasado pasado de la edad sin libros a la edad de la televisión»

Raymond Carr

Cuanto menos estudiamos más propensos somos a fantasear, y si acaso nuestra creatividad es ya tan yerma como para alcanzar tales cotas, aún somos fértiles para la siembra de catecismos. Un conocimiento anecdótico es vulnerable a la adulteración propagandística, sencillamente porque como ocurre en dinámica de gases, todo el espacio ha de ser ocupado. La cuestión radica en si consumes autodidácticamente y alcanzas a ser tu propio líder de opinión o eres embutido como un pato en la producción de foie gras con las memeces del portavoz de turno.

El déficit racional cronifica una conducta basada en pulsiones y en esta ebriedad emocional el mesías mediático encuentra el marco idóneo para que la aversión prevalezca sobre el juicio.

Noticiario y compañía, tan reacios a que el televidente saque conclusiones propias, inculcan el espejismo de que ver es comprender. Pero estar entretenido no es estar informado, estar informado no es estar formado y estar formado no implica un uso adecuado de la formación. Por ende, incurrimos en un ingenuo error al creer comprender los vaivenes del mundo al ver el telediario matutino, que adquiere el rol de juglar, priorizando las historietas emotivas y las metáforas a los datos objetivos. Y esta dinámica, regida en parte por la ley de la oferta y la demanda (Si Sálvame perdura es por su audiencia), es consecuencia de la aversión al esfuerzo de estudiar, pues adquirir un volumen ensayístico para comprender, por ejemplo, las causas de la actual inflación, se torna un monumento a la aridez.

Y me resigno a admitir que lo comprendo, dado que estudiar es un catalizador al estupor para una población anestesiada hace tiempo y que percibe como soporífera cualquier actividad ajena a Netflix o las stories de Instagram.

Como resultado de la carencia de conocimiento y la ausencia de interés, nos volvemos dependientes de un Estado terapéutico (definido en 1963 por el psiquiatra Thomas Stephen como «principal implicación de la psiquiatría como institución de control social») que crea o magnifica problemas a los cuales luego brinda solución, previa sumisión del demos, eterna víctima a la que hay que asistir y que por tanto, se vuelve dependiente. Así como no interesa saldar la deuda pública en su totalidad, porque es más rentable el control del deudor que el pago de lo adeudado, el que crea un dependiente no busca su independencia si saca rédito (control) de lo primero.

«Lo llamativo del siglo XXI es el gran salto atrás. Hemos bajado los niveles de exigencia en educación y por tanto la gente vuelve a querer ser masa. Renuncia a acercarse con criterio y objetividad a la realidad, y cual dulce borrego, busca un pastor que le guíe hacia vete tú a saber dónde»

Florentino Portero.

Donde todos piensan igual nadie piensa mucho y así, los núcleos discrepantes son silenciados por un maremágnum de analfabetos funcionales que vertebran el mutismo deliberado de un pueblo cuya ilustración ni está ni se la espera. Aceptar la diversidad de ideas (que no ideológica) y someterlas a una verificación de su validez (así como el racionalismo crítico en ciencia) constituye un marco aversivo para las verdades absolutas, tan predispuestas a valorar dicotómicamente y obviar la obviedad, de que la verdad es más cercana a la escala de grises que al dogma.

Libertad política

Existe una recurrente confusión entre libertad política y régimen de libertades. La libertad política es la capacidad del pueblo para constituir, controlar y disolver el poder. El régimen de libertades son las concesiones que otorga el poder a los ciudadanos, lo que permite o no permite hacer. En el caso español ampara la libertad de movimiento, reunión y expresión, entre otras, pero dado que no podemos controlar al que nos da esas libertades, tan pronto como se han concedido pueden recortarse o restringirse.

El pueblo no elige a sus representantes.

Mediante el voto, el ciudadano ha de elegir un partido de entre los disponibles, y será este el que elija a dedo a través del régimen de listas quién será líder del partido y quiénes los diputados. No podemos elegir uninominalmente a nuestros representantes; ese poder lo ostentan los partidos, no la población. ¿Qué votante del PSOE escogió a un filósofo como ministro de Sanidad?

Así mismo, el mandato imperativo que la Constitución prohíbe en su artículo 67.2 («los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo»), constituye el modus operandi habitual en el Congreso.  El alzamiento de la mano con un dedo significa voto afirmativo; si son dos, negativo; y si son tres, abstención. La desobediencia suele acabar en destitución.

«Si usted quiere hacer con su voto lo que quiera hacer en conciencia entonces no se meta en un partido. Si usted se mete en un partido y va en la lista de un partido y gracias a ello usted sale elegido diputado, usted hace lo que diga el partido»

Pablo Iglesias

No existe separación de poderes

Montesquieu señalaba la necesidad de separar el poder en compartimentos estancos que se vigilasen entre sí, dado que «todo hombre con poder se inclina a abusar de él». Los americanos entendieron y aplicaron esta premisa y es por ello que en Estados Unidos puede tener lugar algo inconcebible en el marco español, como que el veto migratorio de Trump fuese bloqueado por un juez.

En España existe un poder y división de funciones, puesto que el poder ejecutivo nombra al legislativo y al judicial. No existe separación de poderes en origen, sino posterior, en funciones. Si el ejecutivo delinque y no hay responsabilidades penales porque el judicial lo ampara, no hay democracia. Para aquel que quiera profundizar, resulta ineludible la consulta de la obra de Antonio García Trevijano.

«La Transición fue una transacción»

Julio Anguita

Si cabe extraer una moraleja de lo expuesto es que conocimiento y libertad van de la mano. Un pueblo ignorante e indolente es fácilmente manipulable y su libertad, artificiosa y falaz, no difiere de la res que elige su metro cuadrado de pasto dentro de un cercado. Quisiera concluir transmitiendo la máxima que vertebró la vida de Antonio Escohotado, fallecido el 21 de noviembre de 2021: «Quise ser valiente y aprendí como estudiar».

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