Sagrado Coluna

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Hay una foto de Mario Coluna que me gusta en especial. Es una imagen de síntesis de todo lo que aquello que he leído y visto de él ha significado para mi. Pertenece a una final de Copa de Europa, la del año 63, que el legendario Benfica de la década de los sesenta jugó contra el Milán. Una final que, paradojas, perdieron. En esa foto aparecen Coluna y otro mito: Cesare Maldini.

Los dos, capitanes, están en el centro del campo durante el ritual de sorteo observados por el árbitro. Impecables todos. Se intercambian los banderines y estrechan las manos. Entonces, la imagen captura algo mayor: Maldini inclina levemente la cabeza durante el apretón y mira al suelo como cuando se saluda a la realeza. No es un gesto servil, en cambio, sino de puro respeto ceremonioso, de reconocimiento; es, en todos los sentidos, una reverencia. Coluna la recibe con naturalidad y dignidad principesca, sin sorpresa. Era ya O Monstro Sagrado, el jugador al cual todos trataban de usted.

Un año antes, durante otra final de Copa de Europa ganada por 5-3 al Real Madrid, Eusebio se acercó a Coluna antes del lanzamiento de la falta que significaría el último gol, segundo del delantero, y le  dijo: «Por favor, señor Coluna, ¿Puedo tirar la falta?». O Monstro Sagrado lo miró un segundo y asintió con la cabeza, al tiempo en que prolongaba suavemente el balón para el zapatazo de Eusebio.

Puskas, ya cañoncito pum, había marcado los tres goles del Real Madrid en la primera parte. El Benfica había ido a remolque hasta que al poco de comenzar la segunda mitad Coluna enganchó un tremendo derechazo que entró pegado a la base del poste.

Fue el gol que rompió el partido y permitió que la superioridad física de un conjunto emergente terminase por arrollar al viejo, venerable, Real Madrid en la escenificación de un cambio de paradigma para el fútbol europeo. El Benfica ganaba su segunda Copa de Europa consecutiva, la anterior la había levantado frente al FC Barcelona con Coluna marcando el tercer gol benfista para una victoria por 3-2.

Portugal iba a ser el protagonista de la primera mitad de los sesenta, logrando el Benfica dos subcampeonatos más en 1963 y 1965 e incluso una prórroga otoñal cuando en otra escenificación, otro cambio, fue aniquilado por el Manchester United de George Best en 1968.

Los éxitos del fútbol portugués provenían de una singular fusión de la escuela táctica húngara, con el entrenador Bela Guttman como gran arquitecto, y la importación revolucionaria de los futbolistas africanos que Mario Coluna representaba en plenitud y perfección.

Aquel Benfica, al cual se llegó a conocer como Mozambique FC, alineaba jugadores coloniales como el tremendo portero Costa Pereira, al exquisito interior derecho Joaquim Santana, el potente delantero José Aguas, ambos angoleños, y, claro, los estelares Coluna y Eusebio. De entre ellos, estos dos últimos y Santana eran negros.

Aguas, hijo de colonos, había sido uno de los pioneros en trasladarse a la metrópoli en 1950, pero el color de piel  hacía que esta novedad quedase en mera anécdota. La gran ruptura, el punto de giro original para el fútbol portugués, sería el fichaje de Matateu en 1951 por Os Belenses. Delantero atlético y espectacular, fue el precursor de Eusebio, pero llegó demasiado pronto al esplendor del fútbol nacional y en 1960 se retiró de una selección que disputó los títulos grandes en esa misma década.

No le ocurriría lo mismo al tercero de los astros negros del fútbol portugués del periodo: Hilario. Defensa central, duro y sobrio, del Sporting de Lisboa entre 1958 y 1973, formaba la espina dorsal de la selección de Otto Glória, tercera (injusta tercera) en el mundial de Inglaterra en el 66. Aquel Portugal de las colonias que era la mejor selección de su tiempo nunca pudo igualar lo hecho por el Benfica.

Eusebio fue la perla del fútbol colonial, el ejemplo del jugador africano aplicado al contexto europeo. Superior físicamente a cualquier rival, elegante de movimientos, elástico y puro, en su manera de jugar no había dobleces ni engaño. Su trascendencia histórica es, en consecuencia, enorme. Pero Eusebio se puso de pie sobre los hombres no de un gigante, sino de un monstruo.

Mario Coluna, a petición de la madre de Eusebio, le tomó como protegido. Y nadie discutía lo que hacía Coluna. Era uno de esos hombres que habla poco, pero cuando lo hace es mejor escuchar; de esos que cuando se ponen en movimiento significa que algo va a pasar. Es tan bueno que no necesita demostrarlo, decía John Wayne del personaje de pistolero encarnado por Ricky Nelson en Río Bravo: Coluna era ese personaje, pero interpretado por Wayne.

Eusebio acababa el equipo, aquella obra maestra capaz de doblar la Copa de Europa, pero Coluna lo sostenía. Era la camiseta y era el escudo, simbolizaba con su autoridad natural la grandeza de todo un club. Si el Benfica tenía a un jugador como Coluna, entonces no era un advenedizo. Aquel equipo había llegado al fútbol para significar algo, para ganar y ser recordado; no solo para ganar. Los contrarios lo sabían nada más verlo enfrente.

Coluna se plantaba en la mitad del campo y empujaba a los propios hacía arriba y a los contrarios hacía atrás. Era Mauro Silva jugando en tres cuartos de campo con la elegancia de Zidane, un prodigio táctico con un físico de atleta a lo cual sumaba una llegada demoledora y la apariencia de que todo aquello que hacía no le suponía un esfuerzo. Era un atacante que defendía y viceversa. Era el cerebro y el pulmón. El ejemplo y la realeza.

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