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Cinefórum CCXVI: «El silencio de un hombre»

El silencio de un hombre (1967), título referencial del polar francés y obra maestra indiscutible del cine policíaco, comienza con una frase, supuestamente extraída del Bushido (en realidad inventada por su director, Jean-Pierre Melville), que visto el film se nos antoja toda una declaración de intenciones: «no existe mayor soledad que la del samurái, salvo tal vez la del tigre en la jungla…».

Tanto el papel de samurái moderno, como el de tigre enjaulado (en una jungla, sí, pero de asfalto), será el que represente Jef Costello (Alain Delon), asesino a sueldo de la mafia parisina, tan austero en su vida privada como perfeccionista en sus quehaceres profesionales, cuya existencia de asceta salta por los aires cuando deja un cabo suelto en uno de sus encargos y sus propios jefes y la policía comienzan a perseguirle.

Melville, del que se dice que era el más americano de los directores europeos y el más europeo de los americanos, partirá de su admiración por el clasicismo estadounidense para sentar los cimientos narrativos de una historia basada en una novela de Joan McLeod. Sin embargo, tomará esas coordenadas conocidas (las del cine negro americano) para reinventar su propuesta a través de una planificación experimental, decididamente moderna en lo visual y en su tratamiento del tiempo cinematográfico. Así, todo será reconocible y, a la vez, todo será contado de forma diferente a lo que era habitual hasta entonces.

La falta de diálogos, la austeridad visual, la fría fotografía o la minuciosidad con la que contemplamos las acciones del protagonista, además de otorgar una dimensión enigmática y fantasmagórica a lo que vemos, supone un ejercicio de estilo que hace de la soledad y su silencio el poético leitmotiv del relato: un silencio opresivo, palpable, casi sonoro; un silencio tan poderoso que solo puede sustentarse en el magnetismo sobrenatural de un Alain Delon que hace del hieratismo el mejor embajador de su corporeidad. Porque es difícil pensar en otro actor al que quiera más la cámara, el espectador o el propio director que a ese Delon treintañero ataviado con la elegante vestimenta del hampón clásico, encarnación pluscuamperfecta de un ronin urbano cuyo fatal destino es tan definitivo como honorable su camino hacia él.

Y es que El silencio de un hombre, como el más preciosista de los western crepusculares modernos, nos remite desde su propio título (tanto el original, Le samouraï, como su sugerente traducción española) a la soledad callada del hombre enjaulado en la sofocante prisión que a veces es la gran ciudad.

Marcos García Guerrero
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