Dios salve a la reina

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España acaba de celebrar sus cuartas elecciones generales en cuatro años y está en el mismo sitio donde estaba, por no decir en uno peor. Hace muchos años, el italiano Sandro Pertini dijo que a nuestros políticos les faltaba finezza. Los últimos acontecimientos le han dado, por desgracia, toda la razón. Nadie se salva, ni tirios ni troyanos. En medio de la desazón que inspira la permanente inutilidad de nuestros representantes, tal vez no esté demás volver la vista a una reciente serie televisiva, The Crown, en busca de algo de luz que ilumine tanto desastre.

Confieso que no estaba muy animado a ver este producto de Netflix, erróneamente convencido que sería otra ficción vulgar «basada en hechos reales». Nada más lejos de la realidad. Nos hallamos ante un auténtico lujo: el guion es inteligente, se han derrochado medios y los actores están inmensos. A destacar una bellísima Claire Foy como Isabel II y un formidable John Lithgow en el papel de Winston Churchill. No nos encontramos ante un panfleto monárquico ni antimonárquico, sino ante una recreación hecha desde la honestidad intelectual. Los personajes están llenos de matices, con sus luces y sus sombras. El duque de Windsor, por ejemplo, aparece como un redomado hipócrita, pero también como un hombre inteligente de lucidez poco común. Es él quien dice que la monarquía no se basa en la transparencia sino en la magia porque… ¿quién desea tener prosa pudiendo tener poesía? Es el ceremonial lo que transforma a una jovencita cualquiera en la diosa de un pueblo.

Pues bien, vista desde España, The Crown llama la atención, en primer lugar, por el respeto a las instituciones. Cuando un miembro del personal de Downing Street acude al líder de la oposición, Attlee, para ofrecerle documentos con los que desacreditar a Churchill, este no acepta la propuesta. Piensa antes en el bien del país que el de su partido. La reina, a su vez, se niega a intervenir en un plan para echar al primer ministro porque eso iría contra su deber constitucional: no inmiscuirse. Antes, Jorge VI había reaccionado exactamente de la misma forma. Ambos, de esta forma, cumplen exactamente con su obligación. Porque, como dice la abuela de Isabel II, la reina María de Teck, no hacer nada es el oficio más pesado del mundo. La realeza puede hacer muchas cosas, pero no expresar una posición. En cambio, en España, todos se decepcionan si el monarca no sigue su particular línea política.

Churchill nos impacienta, nos exaspera… Pero le acabamos admirando. Más allá de su conservadurismo a ultranza, es una fuerza de la naturaleza que tiene criterios propios, no un líder oportunista que se mueve a golpe de encuesta. En un principio, reacciona ante la niebla tóxica que cubrió Londres en 1952 de una manera obtusa. Piensa que es solo cuestión de meteorología. Sin embargo, cuando rectifica, lo hace a fondo. Se presenta en un hospital sin previo aviso, conoce de primera mano el horror y la muerte, y entonces se produce el milagro: el país ha recuperado al gran líder de los tiempos oscuros de la Segunda Guerra Mundial. En esa situación crítica, Winston da la medida de su propia grandeza. ¿Serán los políticos españoles capaces de hacer lo mismo o seguirán enfangados en sus mezquindades interminables?

En otra gran escena, Anthony Eden, el secretario de Exteriores, le pide a un envejecido Churchill su retirada porque ya no está en condiciones físicas de gobernar. Le dice entonces que un político debe considerar si aporta algo al país o le quita algo. Winston no tardará en presentar su renuncia a la reina. En España, las dimisiones de nuestros dirigentes son todavía noticia por lo excepcionales. Todos deberían preguntarse si su presencia constituye o no algún tipo de valor añadido, más allá de las ambiciones de poder que suelen caracterizar a los servidores públicos.

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