Apuntes para una historia breve del fútbol francés (3)

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Capítulo 3: cuando Saint-Étienne fue la capital del fútbol

La historia del Saint-Étienne se sustancia en unos postes cuadrados. Son un símbolo de la mala suerte que tranquiliza. No fuimos nosotros, fue el destino. No pudimos hacer nada. Unos palos cuadrados en unas porterías en Escocia. El Saint-Étienne abrazaba así el espíritu de Raymond Poulidor, el eterno segundo, el perdedor con estilo.

En la década de los setenta continuó la tradición del Stade Reims, aquel equipo elegante que cayó dos veces contra la maquinaria europea del Real Madrid, un equipo que ya era leyenda en su propio tiempo y anticipó la de la selección francesa de los ochenta, semifinalista constante y ganador, esta vez sí, de su propia Eurocopa en el 84.

Los stéphanois habían dominado la Liga en la segunda mitad de la década de los sesenta con cuatro títulos consecutivos del 67 al 70. Antes había discutido la superioridad del Mónaco, arrebatándole la Liga del 64 que supuso no solo al ruptura del pulso entre los monegascos y el Stade Reims en la primera mitad de la década, si no la caída de estos últimos a 2ª división, víctimas de una de las crisis económicas que azotó la débil estructura del fútbol francés hasta entrados los ochenta.

El Stade Reims comenzó entonces un recorrido de ida y vuelta entre 1ª y 2ª que en su último descenso, en 1979, lo mantuvo apartada de la élite durante 33 años. La dificultad de la grandeza en Francia expresada en toda su crudeza. Como el Stade Reims, iban a conseguir trascender las fronteras francesas, significarse en Europa. Como con el Stade Reims, eso supuso una revitalización en el alicaído interés por el fútbol en el país, semi-olvidado tras el declive de la gran generación de Raymond Kopa y Jules Fontaine.

El Saint-Étienne, además, establece su más brillante recorrido europeo en la era del fútbol televisado y su joven estrella, el extremo Dominique Rocheteauparecía diseñado para esos nuevos tiempos. Fue, tal vez, el primer jugador pop francés, el ídolo mediático transversal, el jugador-rock’n’roll. Los medios lo abrazaron entusiasmado y lo bautizaron como el ángel verde. Sería fundamental no solo en el Saint-Étienne, también ya en la década de los ochenta en el gran Girondins de Burdeos de Tigana y Girese y, claro, en la Francia champán.

En la Copa de Europa de 1976, Rocheteau se había lesionado contra el PSV Eindhoven en semifinales y, tocado, tardó demasiado en entrar al campo en Glasgow. Antes se había llevado por delante al Dinamo de Kiev de Valery Lobanovsky, uno de los equipos más modernos del momento, en unos espectaculares cuartos de final que habían necesitado prórroga. Antes todavía, al Glasgow Rangers y al Copenhage, pero el Bayern de Munich era demasiado. Ya lo habían experimentado el curso anterior, cuando un 2-0 en el partido de vuelta de semifinales en Alemania había cortado de cuajo la sorpresa stéphanois. Era como una larga venganza por otra eliminatoria anterior, la primera ronda europea del 70, donde Les Verts habían remontado con un espectacular 3-0 un mal resultado en Baviera.

Entonces el gran Bayern estaba en formación y el Saint-Etienne era una conjunto efervescente. Venía a representar a los herederos ortodoxos del fútbol total del Ajax de Amsterdam, pero el Bayer era una evolución de ese mismo juego, una mutación específicamente diseñada para contrarrestarlo. Franz Beckenbauer había ido dando pasos atrás en el campo con el objeto de verlo todo mejor, de pensarlo todo mejor, y dirigía aquella estructura perfecta desde su posición de líbero.

En 1976 ganaba su tercera Copa de Europa consecutiva. Saint-Étienne se unía a la lista de nuevos aspirantes junto a Atlético de Madrid y el Leeds que dirigía Don Revie. Al año siguiente el Dinamo de Kiev cortaría la racha en cuartos de final; era otra mutación, otro diseño inteligente del mismo patrón de fútbol.

En Glasgow, el Saint-Étienne fue el equipo romántico que muere con sus ideales. Atacó incansable y tocó madera dos veces… pero los postes eran cuadrados y sus esquinas escupieron el balón. El Bayern era el malo de esta historia. El equipo duro y despiadado que no se pone nervioso ni tiembla. Masticó el partido con la paciencia del que acumula copas y en un gol de falta de Franz Roth se acabó lo que se daba. Al Saint-Étienne le quedaba el consuelo-Poulidor. Ser querido por todos, la compasión por el derrotado valiente, entrañable.

La primera vez que el Saint-Étienne ganó era 1957. Antes había rondado un par de semifinales coperas e incluso levantado un extraño título de consolación, la Copa Charles Drago, pero en el 57 fue la Liga. Aquella victoria nueva relegó al Lens del joven valor Maryan Wisnieski, quien jugará entre el 64 y el 66 en el Saint-Etienne, al subcampeonato por segunda vez en dos brillantes años.

Antes lo había hecho el Niza, el otro gran equipo de la década. La primera Liga; nadie supuso entonces lo que vendría una década más tarde, aunque allí se pusieron las bases históricas de algo que ni tan siquiera el Stade Reims había conseguido: establecer una saga.

El Reims fue el equipo a batir durante todos los cincuenta y primeros sesenta, pero nunca logró ni tan solo repetir título.  El último en hacerlo había sido el Niza entre el 51 y el 52, cuando jugaba para ellos el gran delantero Just Fontaine, y el siguiente sería el Nantes entre el 65 y el 66. Entre medias, un campeón por curso, cinco de ellos ganados por el Stade Reims.

Fontaine cambió Niza por Reims en el 56, el mismo años en el cual Raymond Kopa dejaba Reims para firmar por el Real Madrid. Di Stefano, Puskas, Kopa, Gento… era mucho más que un equipo, era una constructora de historia del fútbol. La Copa de Europa existe gracias a aquel Real Madrid. Todo el mundo quería verlos; todo el mundo quería vencerlos.

El Stade Reims lo desafió dos veces, en 1955, la primera disputada, y en 1959, la cuarta ganada por el Real Madrid. Kopa jugó una final con cada equipo. Aquellos partidos, aquel equipo que se medía con los más impresionantes rivales, hizo a Francia volver la mirada hacia el fútbol. Como sucedió con el Saint Etienne en los setenta y luego con el PSG y el OM en los noventa, sus victorias en casa eran el anticipo de sus aventuras fuera.

Eran protagonistas de un folletín futbolístico, un relato por entregas donde aquellos Arsenio Lupín del balón trataban de robarle la Copa de Europa al Real Madrid, al Bayern de Munich o al Milan. Se alzaban en su modesta medida contra gigantes, contra equipos que eran los dueños del torneo. Solo el Olympique de Marsella completó el golpe con éxito, pero perder ya era hacer historia; ya era ser memorables.

Kopa regresó a Reims tras esa cuarta Copa de Europa y allí se reunió con Just Fontaine y Roger Piantoni, formando la legendaria tripleta atacante de la selección francesa del mundial del 58. En el de Suecia, que fue el de Brasil y Pelé, Fontaine marcó 13 goles, una cifra todavía por superar, y Francia llegó a semifinales, donde fue arrasada 5-2 por los brasileños tras la lesión del central del Reims, Robert Jonquet. Fontaine y Piantoni marcaron, pero no sirvió. En la consolación, Fontaine le clavó 4 (de 6) a Alemania para cerrar un excelente tercer puesto. Un par de años después, en 1960, la lesiones le machacarían las piernas.

En aquella selección solo figuraba un jugador del Saint-Étienne, el portero Claude Abbès. El resto estaba dominado por las figuras del Stade Reims, que incluso aportaba al seleccionador, Albert Batteux. Es la personalidad vertebral de esta historia, la unión que permite la continuidad histórica entre dos clubes dispares. Había sido jugador del Reims y nada más retirarse se convirtió en su entrenador y en el técnico más influyente de la historia del fútbol francés hasta entonces.

Permanece en Reims hasta el 63, justo antes de la debacle del descenso del año siguiente y bien como jugador, bien como entrenador, está en todas las ligas y títulos mayores del equipo entre el 48-49, su primera Liga, hasta la última en el 61-62. Tras unos años en el Grenoble, a quien no logra ascender, recibe la llamada del Saint-Étienne.

El club se había embarcado en una profunda reestructuración, volcándose en una política de formación de jugadores con el objeto de resistir la crisis de la década de los sesenta que se había llevado por delante al Reims y casi al Niza, transformado en un club comparsa de la 1ª división con puntuales excursiones a 2ª.  El equipo que se había conformado a lo largo de los cincuenta llegaba al cambio de década notablemente debilitado.

La guerra colonial en Argelia había apartado a diversas figuras de la Liga como muestra de reivindicación nacional. Ben Tifour y Zitouni del Mónaco, el portero del OM, Ibrir, y la gran figura argelina, héroe nacional y estrella del Saint-Étienne, Rachid MekhloufiÉl lideró el movimiento de los futbolistas argelinos y llegó a desertar de la concentración de Francia en el 58 para integrarse en el reivindicativo Front Liberation National Team, los Fennecs, la selección argelina apócrifa. El equipo giró por todo el mundo hasta 1961, cuando la llamada a filas se hizo masiva a las puertas de los acuerdos de Evian, la sanción de la independencia de Argelia en 1962.

Ese año, el gran capitán René Domingos levanta la Copa de Francia frente al Nancy al tiempo que el equipo desciende. Domingos se retira en 2ª con 35 años, después de que una brutal carga del lateral del Valenciennes, Kocik, le rompa ambas piernas. Mekhloufi regresó a 2ª y bajo la dirección de Jean Snella, otro antiguo jugador del club, el equipo se disparó con dos títulos consecutivos: el del ascenso y el de 1ª al curso siguiente en una proeza inusitada.

Mekhloufi dejaría el equipo en 1968, tras participar en dos de los cuatro títulos ligueros del primer ciclo triunfal, para retirarse tranquilamente en el Bastia. En el 82, como seleccionador, logró colocar a su país en un Mundial por vez primera, y solo un biscotto escandaloso entre Austria y Alemania Federal, a quienes los argelinos habían derrotado en el primer encuentro de su grupo, sacó de la competición a aquel excelso equipo de los Rabah Madjer, Faouzi Mansouri, Nouredine Kourichi,  Mustapha Dahleb o Djamel Zidane, tío de Zinedine.

Domingos y Mekhloufi representan la noción de continuidad, de permanencia, que se había forjado en el Saint-Étienne y en la misma ciudad. Una sensación de identificación, de pertenencia. El equipo, como por ejemplo el Sochaux respecto a la Peugeot, tenía su origen en un club amateur de las galerías comerciales Casino. Un equipo de empresa creado con la idea de vincular lugar, marca y trabajadores. De articular un estrato social y una ciudad entera de tradición trabajadora. Profesionalizado en la década de los treinta, esta vinculación, simbolizada en el color verde de la camiseta, nunca se disolvería del todo como denota la figura de su presidente hasta 1961, Pierre Guichard, hijo de Geoffroy Guichard, fundador del grupo Casino en 1898.

En el 61 la presidencia pasa a otra figura capital, Roger Rocher. Un antiguo minero en el Loira que había hecho fortuna junto a su padre en la empresa de herramientas Forézienne tras la Segunda Guerra Mundial, y que llevaba desde esa época dirigiendo diversas asociaciones de fútbol amateur en la zona.

Obrero, empresario, futbolero, Rocher es la encarnación del  stéphanois, del orgullo del trabajador que triunfa con sus propios medios. Permanecerá en el club hasta 1982, cuando sus propios escándalos financieros, una medida de todos los presidentes célebres del fútbol francés, se lo lleven a él y la lo que queda del Saint-Étienne por delante. Entre medias, los años gloriosos y un epílogo en 1981 con el superlativo Michel Platini.

La travesía dura del cambio de década, los ajustes a la nueva realidad económica y la decisión de sus jugadores bandera de permanecer o regresar, también fue clave en la forja del gran equipo que de todo ello surgiría. Un joven futbolista que será luego joven entrenador lo resume: Robert HerbinPelirrojo carismático, hizo de su pelo encrespado y su energía sobre el campo la seña de identidad de todo un equipo. Sus compañeros podían jugar libremente porque sabían que Herbin estaba detrás de ellos. Siempre. Promocionado desde el equipo filial, comenzó jugando como centrocampista defensivo en un esquema de cuatro atacantes.

Era duro y laborioso y rápidamente se hizo con un puesto. Cuando fue perdiendo motor, Batteux lo movió al centro de la defensa, junto a Boresquier. Cuando ya no tuvo motor fue él mismo quien sustituyó a Batteaux en el banquillo. Tenía solo 33 años. El Saint-Étienne no se había agotado tras su retirada, solo había recomenzado. Mejor, capaz de mirar a Europa.

Junto a él, otros jugadores fundamentales en la formación del carácter del equipo, algunos que permanecían desde mediados de los cincuenta en el club, como el veterano lateral Juan Casado, nacido en Marruecos al igual que Just Fontaine, el central Roland Mitoraj o los medios Georges Peyroche (que se marchará en el 63 al RC Estrasburgo), René Ferrier o Richard Tylinski, quienes contaban sus partidos con la camiseta verde por cientos. Junto a ellos incorporaciones como la del propio Herbin, el lateral Gérard Farison, el poderoso delantero Hervé Revelli y su hermano Patricko el centrocampista Aime Jacquet, presente en cuatro títulos de Liga y tres de Copa y formado aquí no solo como futbolista, sino como entrenador que exportará la filosofía de juego al Girondins de los ochenta y llevará a Francia a conseguir un Mundial.

Poco a poco, sistemáticamente la primera mitad de los sesenta ve la construcción de una escuadra dominante, de gran calidad técnica, velocidad y elegancia que gravita entorno a la inteligencia y el pie preciso de Jean-Michel Larque, integrante del primer equipo desde 1966, y la voracidad goleadora del delantero malí Salif Keita, fichado desde el As Real Bamako y capaz de marcar la pasmosa cifra de 125 goles en 149 partido de liga en su periodo en el club entre el 66 y el 72. Keita es parte del intento de salto de calidad tras el título del 64, pensado para sobreponerse a la fortaleza del otro gran conjunto del periodo, el Nantes del legendario entrenador José Arribas. Otro equipo de alta escuela y política de cantera.

Inmigante vasco huido de la Guerra Civil junto a su familia, Arribas había sido interior en el modesto US Le Mans, pero más que futbolista quería ser profesor de futbolistas. Entrenó a equipos de las inferiores sin mayor suerte, hasta que como parte del staff del Rennes coincidió con Henri Guérin, exjugador y entrenador entonces del club (y por una temporada, 61-62, de Saint-Etienne) que recomendó su nombre al presidente del Nantes, que entonces penaba en 2ª división.

Arribas no solo llegó, vio e hizo vencer, sino que instauró un modelo de juego, de estructura y de comportamiento que se convirtió en la identidad del club. Su ejemplo en todo fue Bill Shankly, el entrenador socialista del Liverpool que amaba más que nada el respeto, la modestia y el balón por el suelo. El Liverpool y el Nantes como familias, como ejemplos de y para la comunidad. El Saint Etienne proponía algo muy similar casi al mismo tiempo.

Arribas personalizó esa influencia con su «énfasis en el espacio, un aspecto que ya nunca se separaría de la vida del Nantes. El espacio, más que la pelota, como tuétano de un estilo. En esta línea, borró el cuerpo a cuerpo e impuso un marcaje zonal. Desde esos cimientos formales, elaboró un discurso: movimiento y flexibilidad, juego corto y veloz, naturaleza ofensiva y tacto agradable con el fútbol.

Había nacido el juego a la Nantaise. El término tardaría en consolidarse 40 años, que fue lo que tardó en tomarse consciencia en Francia del linaje y los rasgos comunes entre aquel equipo de Arribas y el que en 1995 sometiera la Ligue 1.» (cita de Chema R. Bravo en Ecos del balón)

El elegante extremo Jacky Simon y el goleador Philippe Gondet eran las figuras, pero también sumaban otros como los centrales internacionales Gabriel De Michèle y Robert Budzynski, procedente del Lens y convertido tras su retirada en entrenador de cantera, el delantero argentino Ramón Muller, el mediocentro argelino Sadek Boukhalfa o, por supuesto, el medio defensivo Jean-Claude Suaudeau, quien al igual que Herbin en Saint-Etienne era prolongación de su entrenador sobre el campo y futuro heredero del banquillo, aportando como técnico dos Ligas en el 83 y la ya mencionada del 95.

El Nantes se impuso dos temporadas consecutivas, ambas sobre el Girondins de Burdeos que por aquella época entrenaba otra personalidad de leyenda: el futbolista y aviador Republicano Salvador ArtigasJugador del Barcelona, huido tras la guerra hizo carrera en Francia, en especial en el Rennes, e incluso regresó a España para jugar unos últimos años en la Real Sociedad en el cambio de década del 40 al 50. Entre la multitud de equipos que manejó tanto en Francia como en España (donde llegó a ser seleccionador) fue en Burdeos, donde había jugado nada más llegar al país, donde tuvo más arraigo permaneciendo entre el 60 y el 67.

Nantes y Saint-Etienne rivalizaron de modo directo en el 66, primer año del ciclo de cuatro Ligas consecutivas, pero Les Canaries se diluyeron en los siguientes y nunca pudo establecerse ni una rivalidad duradera, ni una alternancia. Se enfrentaron directamente en una final copera, además, la del 69-70, donde Les Verts cerraron un formidable doblete mediante una arrolladora victoria por 5-0.

El cambio de dominio, en cierto modo, estaría más cerca de suceder en la siguiente década, la de los setenta, y parte de la de los ocenta, periodo en el cual el Nantes alza cuatro Ligas y otros tantos subcampeonatos, siendo extraña la temporada donde baja del quinto puesto. Todo lo cual lo confirma como uno de los más consistentes (si no el que más) equipos de la historia moderna del fútbol francés. Tal vez por tener esa idea a la cual regresar. Una que el Saint-Etienne compartió durante un periodo que pareció iba a durar para siempre, desafiando el rigor de los ciclos triunfales del fútbol francés al extenderlo en dos décadas diferentes.

Tampoco el Girondins, que le discutió la competición en el 69, dio el salto, algo que si hará en la década de los ochenta, permitiendo la aparición de aspirantes como el clásico Niza, el Metz, el Sochaux, el Angers o el Sedan. Será el Olympique de Marsella quien rompa el ciclo stephanois en 1971, tras haber sido subcampeón ya el año antes, estableciendo un breve dominio que como el anterior del Nantes solo duró dos temporadas.

Era un sólido entre las tenedurías de Lucien Leduc, histórico técnico del Mónaco, y el pied noir Mario Zatelli, jugador del OM en los años treinta y cuarenta, a donde llegó procedente de Marruecos y técnico en diversas etapas. La estrella era el delantero croata Josip Skoblar, en su segunda etapa en el club, que ganaría la Bota de Oro del 71. Junto a él un ex de Saint-Etienne como el central Bernard Bosquier, el sueco Roger Magnusson, pareja de Skoblar en la delantera, y el excepcional medio camerunés Jean-Pierre Tokoto, quien limitado por la presencia de los dos atacantes ya extranjeros buscará mejor acomodo primero en Burdeos y luego en el Paris FC.

Es cuando pareció haberse acabado que el Saint-Étienne recomienza. Son años de barbecho donde llega a desaparecer de entre los cinco mejores. Años de reformación, donde la nueva escuadra cuaja poco a poco bajo las ideas del ahora entrenador Herbin, quien releva a Batteux en el 72 pese a seguir siendo jugador hasta el 76. En ese periodo se unirán a los ya conocidos Revelli, quien regresa de una cesión al Niza, López, Repellini, Farison, Santini (otro futuro seleccionador nacional y entrenador, del gran rival Lyonnes, además) o Larque, el potente Janvion, un multiusos de Martinica que lo mismo actuaba de central, lateral y centrocampista de brega, los mediocentros Christian Synaeghel y Dominique Bathenay, ambos formados en la cantera y perfectamente complementarios en su mezcla de técnica y precisión el uno y abnegación y coraje, además de bravura en la llegada, el otro, el portero yugoslavo Ivan Curkovic, medalla de oro olímpica, y el central argentino Oswaldo Piazza procedente de Lanús.

Piazza se convertirá en un icono del club y uno de los mejores jugadores de su historia, sostén de la elegante estructura construida por Herbin en torno a la clase de Larque. Su intimidante presencia, de semblante adusto, pelo alborotado y cuerpo musculoso, su altura, decisión y calidad eran una píldora de tranquilidad para sus compañeros y un recordatorio constante para sus rivales. Líder callado, hombre de respeto instantáneo, Piazza encajó en la sobriedad de Les Verts como un guante.

En el equipo comienza a entrar también un joven de 17 años, Dominique Rocheteau, que a la larga será el lazo del equipo, la guinda, el jugador desequilibrante, distinto y libre que a va a dar sentido y veneno al fútbol stephannois. El equipo está en perfecta consonancia con las corrientes de los setenta. El fútbol total del Ajax que personalizarán en diversos lugares el Borussia Mönchengladbach de Udo Latek o el Dinamo de Kiev de Valeri Lobanovsky. El Sait-Etienne es un equipo tan definitorio de una estética futbolera, de un modo de interpretar el juego tan absolutamente setentero como todos ellos.

Los setenta son el esplendor futbolístico del equipo y además lo ponen en disputa directa contra su rival directo, el Olympique Lyonnais, que despierta en este periodo logrando dos terceros puestos consecutivos en el 73-74 y 74-75. Es el equipo a donde ha ido a recalar Jacquet, y donde se encontrará con Raymond Domenech, a quien años después tendrá bajos sus órdenes en Burdeos y que, más tarde todavía, será también seleccionador. Es el contrario en todo. La ciudad burguesa frente a la proletaria. Más de medio millón de habitantes, la tercera más grande de Francia, frente a la pequeña capital del Loira, que por entonces tenía algo más de 150.000 habitantes.

El Lyon estaba entrenado por Aimé Mignot, un central de los cincuenta y sesenta con más de 400 partidos a sus espaldas y contaba con algunos futbolistas de categoría, como el delantero Bernard Lacombe que haría el camino inverso de Jacquet para fichar por el Saint-Étienne en el 79 y luego se reencontraría con el Burdeos para establecer otro gran ciclo. También Serge Chiesa, un interior nacido en Marruecos que se convertirá en el jugador con más partidos en Lyon, el ex-Partizan Ljubomir Mihajlović, el medio uruguayo Ildo Maneiro, el central italiano Robert Cacchioni o el veterano lateral Alan Thiry, en el club desde 1964.

El Saint-Étienne, imparable en las competiciones domésticas, firma sendos dobletes entre el 73 y el 75 derrotando en la final copera a Lens y Mónaco y sucediendo en el palmarés a, precisamente, el Olimpique Lyonnais que había levantado la del 72-73 frente al Nantes. Parecía que el Saint-Étienne era inagotable. Había ganado su primera Copa en el 62 y para el 77, iba acumular ya seis. Lo mismo con las ligas, que en la campaña 75-76 harían 8 y en la inesperada prórroga del 81, la de Platini, sumarían una extra. Era, ya entonces, el equipo más laureado de Francia. Pero como al Stade Reims, le faltó Europa.

Al curso siguiente, en 76-77, Les Verts comenzaron un lento declive. Era lo que parecía un plácido otoño, el fin del ciclo vital de los ganadores franceses. En Europa hubo de nuevo gloria, pero no títulos. Esta vez se encontró con el Liverpool, a quien obligó a remontar en Anfield una excepcional eliminatoria que arrastró a una marea del aficionados stephanoisReciente ganador de la Copa de la UEFA, el Liverpool sería el siguiente gran dominador europeo tras el Bayern de Munich. El Saint-Étienne, definitivamente, no tenía suerte. Al Bayern, curiosamente, los defenestraba el Dinamo Kiev en la misma ronda. Un cambio de ciclo se escenificaba. Los de Lobanovsky se midieron al otro equipo de moda en Europa, el ‘Gladbach, y salían derrotados.

Lo alemanes, a su vez, cedían ante el equipo de Bob Paisley que abanderaba Kevin Keegan, de inmediato camino de Hamburgo. Entre tanto, algo sucede en Saint-Étienne. Larque ha dejado el equipo, seducido por el dinero parisino del PSG primero y del Racing Club después, los primeros intentos artificiales de crear una jerarquía centralizada. El Saint-Étienne parece desorientado en el nuevo contexto en formación y comete un erro fatal: cambia su política, su identidad.

Nada de esto sucede de un día para otro, e incluso la transición hacia el último Saint-Étienne campeón fue natural. La cantera aporta los repuestos necesarios y se tiene paciencia, como se tuvo entre el equipo de mediados de los sesenta y el de mediados de los setenta. Así, ascienden jugadores como Jean-Louis Zanon, el delantero Laurent Roussey, el delantero Thierry Oleksiak o el gélido mediocampista Jean-François Larios, epítome de la sobria escuela stepahnois a quien se recupera tras una cesión al Bastia donde llegó a disputar la final de la UEFA del 78 frente al PSV Eindhoven.

Fue la mejor época del equipo corso, entre un tercer puesto en el 77 y una Copa en el 81, frente al Saint-Étienne, precisamente. Les Verts habían fichado al poderoso delantero de Nueva Caledonia Jacques Zimako y un par de años después harán lo mismo con el holandés Johnny Rep, leyenda del Ajax que se había rehabilitado en Francia tras su paso por Valencia. Junto a ellos el extremo zurdo del Estrella Roja Dragan Džajić, uno de los mejores balcánicos de todos los tiempos, o el defensa ex-Feyenoord Wim RijsbergenLos mejores jugadores de la historia del club arropaban a estos talentos de paso, los centrocampistas Charles Orlanducci y Claude Papi, cerebro del equipo muerto de un aneurisma a los 33 años después de vestir la camiseta azul casi quinientas veces. Los entrenaba el veterano Pierre Cahuzac, quien había desarrollado toda su carrera de técnico en Córcega, pasando del Ajaccio, donde fue entrenador-jugador al Bastia en el 71, curiosamente el año de su retirada oficial.

En el 79 el Saint-Étienne firma a un 10 formidable que había colocado al Nancy en los puestos de arriba y vencido en la Copa del 77 frente al Niza, el único título del club hasta ese momento. Era uno de esos jugadores que a la vez comienza y termina un equipo. Nombre: Michel Platini.

El mejor futbolista francés desde Raymond Kopa, era una figura sobre la cual levantar un gigante. Un jugador marcado para cambiar la retórica perdedora europea de las escuadras francesas. Sucedió, que no estuvo el tiempo suficiente y que, en cierto momento, su propia estatura como jugador precipitó la caída del club como institución. Con Platini el Saint-Étienne cambió sus aspiraciones. La Liga continuaba sin domesticar pese al empeño de un Nantes que luchaba a brazo partido por hacerlo logrando dos campeonatos separados por dos años en los cuales fue relegado al segundo puesto por el Mónaco y un sorprendente Estrasburgo.

Les Verts se colocaban poco a poco y en el 80 tenían un equipo que ya solo podía ganar. Así lo hizo. Por dos puntos se impuso al Nantes en Liga, pero la Copa, esta vez, le esquivó dos veces consecutivas: primero contra el Bastia, donde ya militaba el genial camerunés Roger Milla, y después contra el PSG en el 81, en una legendaria final que los parisinos vencieron por penalty frente a un Saint-Étienne que ya estaba muerto entonces. Al final, resultó que aquello no era el principio de un nuevo ciclo, sino el final de toda una historia. Una epílogo que el fútbol concedió a un gran equipo. Uno no exento de crueldad, como esa ronda previa de Copa de Europa en el 81 donde el Dinamo de Berlín, el gran equipo de la Oberliga, finiquitó con 3 goles la nueva aventura internacional. El Saint-Étienne sufre además la traición del padre.

Roger Rocher, la figura familiar que encarna los valores stephanois, es cazado por la prensa y la judicatura. Tras el funcionamiento impecable del club se esconde un chanchullo de dinero negro y cajas b que estalla en mitad de la consecución del último título. Ingresos por entradas, por ventas de material, etcétera, eran desviados en contabilidades opacas y servían tanto para pagos de los jugadores con contratos más altos como de fuente de ingresos para el propio presidente o el entrenador, Herbin, quien dejaría el club en el 83. Durante dos años se ocupará del Olympique de Lyon, pero ambos se irán a la 2ª División.

La decepción fue mayúscula. La política de contrataciones, que había traído al club a Platini primero y luego a Rep o a los defensas internacionales Battiston y Mahut desde el Metz, rebotó con violencia. Se había tratado de acelerar el proceso, convirtiendo al Saint-Étienne en uno de los caníbales de la Liga. Era ir contra la naturaleza del club, contra aquello que había funcionado y las consecuencias fueron devastadoras. Asfixiado y con la amenaza de sanciones pendiente, el club desciende a 2ª división en 1984. Volverá tres años después, pero como una sombra de lo que llegaron a ser.

Son años duros para los equipos clásicos, con Olimpique de Marsella, Niza, Stade Reims, Montpellier o Rennes peleando por el ascenso en una durísima 2ª organizada en dos grupos. El Lyon sufrirá por ascender hasta la 88-89, sus grandes rivales lo conseguirán antes, en la 85-86.

En la mitad de estos sucesos sus mejores jugadores se han desbandado. En el 80 ya había tenido que vender a Rocheteu al PSG. Después será Platini quien se despida hacia una Juventus demoledora en un Calcio que comienza a alzarse como potencia económico-futbolística. Larios firmará con el Atlético de Madrid en el 83 pero no llegará a jugar, iniciando un peregrinaje por diversos equipos hasta su retiro en Montpellier ya en 1988.

También Rep se marcha de vuelta a Holanda. Pocos se quedan, en realidad. Tampoco existen los medios para mantenerlos. Zanon resiste hasta última hora, pero termina por aceptar una oferta del Marsella. Oleksiak, el central, y Jean Castaneda, el portero, son el vínculo que queda en 2ª, los vestigios del último gran equipo que pudo ser y no fue. Uno se irá al Niza en el 86, el otro, carismático ídolo de la afición, resistirá en el club hasta el 89.

El playoff de ascenso se atraganta el primer año, perdiendo contra el Rennes. Pero el segundo se impone en su grupo frente al Arlés y al Lyon, y logra la plaza directa. Para las aspiraciones al regreso será fundamental un viejo rival del Bastia, Milla, quien disputa estos dos años en el purgatorio para Les Verts. Tenía ya 34 años y anota más de 40 goles.

Pese a que fue el polaco Henryk Kasperczak quien cerró el ascenso, el retorno a 1ª es también el retorno de Herbin. Kasperczak, que había sido parte de la gran selección Polaca de los setenta, se hizo un nombre en Francia entrenando al Metz, volvió a la 2ª para ascender también al Estrasburgo, a quien luego no pudo salvar de un rápido descenso tras el cual se embarca en el naufragio del Racing Club, por entonces Racing Paris 1, con quien también desciende pero conel cual disputa una final de Copa frente al Montpellier.

El Saint-Étienne, en definitiva, había vuelto, pero todo había cambiado a enorme velocidad. El Girondins de Burdeos cerraba su propio ciclo, con el Nantes como alternativa eterna y cuando parecía llegar el turno del Mónaco, campeón en la 87-88, la historia misma de la liga francesa da un vuelco: llega el gran dinero. Un nuevo modelo de negocio, una superestructura que se fragua en el cambio de década entre el Olympique de Marsella de Bernard Tapié y el Paris Saint Germain de Canal +. Un intento de suprarrivalidad artificial rota solo (y de nuevo) por los escándalos de corrupción.

Lo que ocurre es que cuando la burbuja explotó, el Saint-Étienne ya no estaba allí. Permanecían, siempre, Nantes y Mónaco, incluso el Girondis más tardíamente, pero el lugar de Les Verts fue una vacante que rápidamente ocuparon Auxerre, Metz, Lens… e incluso un Olympique de Lyon embarcado en un ambicioso plan de reestructuración que a largo plazo eclosionaría en la mayor saga del fútbol francés.

El Saint-Étienne se diluye. Pierde lo especial y se convierte en un equipo más. Se instala en mitad de la tabla y a veces mira un poco más arriba pero enseguida se acostumbra a hacerlo más abajo. En la 94-95 se asoma al descenso. Al año siguiente, se cae por el hueco. Exjugadores como el delantero Christian Sarramanga o Jacques Santini intentan desde el banquillo dar sensación de continuidad, sucedidos por un técnico como Elie Baup, fomado en las inferiores, quien en unos años ganará la Liga con el Girondins. Hay algún jugador interesante, caso de Laurent Blanc, o formados en la casa pero triunfadores fuera, caso del excelente portero Grégory Coupet, en Lyon, o el histórico del Bayern Willy Sagnol. Ellos usan al equipo como estación intermedia.

Pero ni con ellos u otros ascendidos al primer equipo como el delantero Titi Camara, o el medio tunecino Adel Chedli, hay nada que hacer. El equipo no permanece junto lo suficiente para sustanciar en algo y con otro ex, Dominique Bathenay, el club regresa a 2ª para caer todavía más bajo. En una Ligue 2 ya unificada termina decimoséptimo dos años consecutivos, salvado primero por los goles del senegalés Samba N’Diaye, de inmediato traspasado al Nantes, y luego por los de Didier Thimothée, a quién había reclutado del Red Star parisino y a su vez venderán al Montpellier. Las aspiraciones del Saint-Étienne se han recalibrado de nuevo; ahora la cuestión es sobrevivir.

El equipo asciende finalmente, como campeón de la Ligue 2, en la 98-99. Es Robert Nouzwet, seleccionador de Costa de Marfil hasta poco antes y jugador del O. Lyon en los sesenta, quien ocupa el banquillo. La trayectoria, de nuevo, será corta y amarga. Un sexto puesto y unas semis coperas en la reentrada, y un descenso directo al curso siguiente. Al parecer esa es la nueva categoría del equipo con el mayor palmarés de Francia: ser un conjunto ascensor. El equipo ofrece muy poco y el nuevo ecosistema va conformándose. Veteranos de mil equipos y jóvenes de origen centroafricano.

Rudi García, luego campeón con el Lille, tiene su primera oportunidad, promocionado al puesto de técnico desde la cantera. En 2003-04 un nuevo ascenso como campeón. Si en su anterior regreso la Ligue 1 vivía uno de sus pasajes sin dueño, ahora está sometida al imperio del Olympique Lyonnais, pronto relevado por el del PSG tras otro periodo de libertad.

Pasa dos temporadas al filo entre 2008 y 2010, pero esta vez resiste al viento y al fin se estabiliza. Está muy lejos de competir, pero tampoco lo reduce todo a la supervivencia. Es un equipo modesto, una gloria ajada que se ha acostumbrado a otra cosa. A los futbolistas juveniles de paso, a vender, a trabajar con lo justo.

En 2011 firma desde el decaído Mónaco al delantero Pierre Emerick Aubameyang, hijo de un gabonés que había jugado profesionalmente en Colombia y una española. Formado en el Dijon es un delantero feroz, rápido y elástico y el salto de calidad es inmediato. En compañía de jugadores como los mediocampistas Jeremy Clement, Josuha Guilavogui y el argentino, también ex-Mónaco, Alejandro Alonso, el volante rumano Bănel Nicoliţă o el veterano delantero brasileño Brandão, el Saint-Étienne llega a liderar brevemente la liga en 2011, aunque terminan décimos con el Lille campeonando, alcanzan un nuevo título en 2013 con la victoria en la Copa de la Liga (competición creada en 1994) frente al Rennes, y se mete en UEFA como cuarto al año siguiente, ya sin un Aubameyang traspasado al Borussia Dortmund.

El artífice fue el entrenador desde 2009 Christophe Galtier, un antiguo defensa del Marsella formado como asistente en diversos equipos, el Lyon entre ellos, que solo contaba con la escasa experiencia de un año en el Aris de Salónica. En el banquillo hasta 2017, donde ha dejado al equipo octavo y despedido del club tras suceder con dignidad a Herbin como entrenador con más años dirigiendo los colores verdes.

Galtier puso camino a Lille, reorientándose el club tras el extraño paso interrumpido de Marcelo Bielsa y mantuvo al equipo en 1ª con dificultades, mientras el Saint-Étienne arriesgaba con la llegada de Óscar Junyent. El ex de Barcelona, Albacete o Espanyol. Se había curtido como entrenador en Israel, pero fue su paso por el Red Bull Salzburgo, donde acumuló dos Bundesligas y dos Copas, así como la promesa de un tipo de fútbol asociado a la identidad del Saint-Étienne, lo que decantó su fichaje.

La cosa se desbarató pronto, no tanto por los resultados, oscilando entre la rachas triunfales y las derrotas dolorosas, como el 0-5 frente al Lyon, y peleado con la gerencia, Óscar dejó el club con apenas una docena de partidos. No es algo extraño en un equipo que viene de largas tenedurías, donde las costumbres han arraigado fuerte y la sangre nueva, aunque parezca una buena idea, termina por mezclar mal.

El antiguo capitán, Julien Sablé, se hizo cargo brevemente del equipo, pero la temporada la terminó el veterano Jean-Louis Gasset, quien había entrenado a Montpellier o Caen y había sido asistente en banquillos como el de la selección francesa o PSG. Esa era su labor original, como segundo de Sablé, pero rápidamente se cambiaron las tornas y Gasset pasó a encargarse plenamente del equipo. Séptimos clasificados, y con la continuidad garantizada, parece que el club encuentra en él la estabilidad familiar habitual, sin demasiada ambición, pero con suelo sólido, confortable.

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